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4 de noviembre de 2013

Amos Oz: el día que fui groupie

Habrán visto que uso este espacio para permitirme excesos como hablar reiteradamente de alguien, ponerle "ídolo" como etiqueta y linkearlo con mis propias menciones de su nombre una y otra vez, en cadena. Bueno, dentro de esa modalidad suelo citar a Amos Oz -- ahí tienen, ya lo linkié. 
Resulta que este año Amos ganó el premio Franz Kafka y lo fue a recibir a Praga justo cuando yo llegaba. Así es que el 23 de octubre dio una lectura pública en la Franz Kafka Society (can't stop linking), que es una librería chiquita en la calle Sĭroká -- si preguntás a media cuadra mucha gente ni te sabe indicar;la atravesás, cruzás un patio y bajás unos escalones, hay una sala angosta, oscura, llena de libros.


Fui temprano y con ansias. Tuve el impulso de abrazarlo cuando llegó y me pasó por al lado sin que nadie notara que había llegado.
Después habló en inglés y se fue dejando trasladar al checo, leyó en hebreo una parte de Una historia de amor y oscuridad y del primer cuento de Escenas de la vida rural (que yo hipercanchera seguí desde mi edición en castellano) y contestó varias preguntas de las que sólo, claro, entendí la respuesta.

Dijo entre otras cosas que debajo de la oscuridad siempre hay humor y debajo del humor más oscuridad. Que su abuela le decía: cuando no te queden más lágrimas para llorar, empezá a reirte.
Dijo: si me piden que explique en una sola palabra sobre qué escribo, digo: familias. En dos palabras: familias infelices. En tres: lean mis libros.
Porque, agregó, las familias felices -- si es que existen, que lo duda (apenas puede creer que sigan existiendo las familias, "casi nadie es monógamo por naturaleza") -- no necesitan una historia.

Contó lo culpable que se sentía en el kibbutz por tener asignado un tiempo semanal para escribir -- y ni siquiera lograrlo -- mientras que los demás "trabajaban en serio". 
Y obviamente habló sobre Israel y Palestina, esos vecinos que "tienen que dividir la casa en dos departamentos más chicos y no intentar quererse, sino respetar pactos".

Al final se sentó pacientemente ante una larga fila a firmar libros. 

"Nice to see the Spanish edition", me dijo con una sonrisa, levantando la vista para hablarme. 
Yo le dije que tenía muy buenas traductoras al castellano. Y que estaba muy emocionada de verlo. Y le di una notita medio arrugada que le escribí mientras esperaba que llegara, aclarándole que yo nunca, pero nunca, me había comportado como semejante groupie.



21 de julio de 2013

Arrivati là, ti darò un bacio


4 de febrero de 2012

Quiero expresarlo así

"Me gustaría pensar que los objetos inanimados están sometidos a un ritmo distinto porque no tienen capacidad de pensar.
De una de las ramas de la higuera del patio, por ejemplo, estuvo colgada durante muchos años una escudilla oxidada. Tal vez un inquilino que falleció hace tiempo la arrojase alguna vez por la ventana de la planta alta y al caer fuese atrapada por las ramas. Cuando vinimos a vivir aquí, la escudilla ya estaba cubierta de óxido al otro lado de la ventana de la cocina. Cuatro, cinco años. Ni siquiera los fuertes vientos del invierno conseguían tirarla al suelo. Y resulta que la mañana de Año Nuevo estaba junto al fregadero de la cocina y vi con mis propios ojos cómo la escudilla caía del árbol. El viento no soplaba, ningún gato ni pájaro sacudió las ramas. Tan sólo unas fuertes leyes desconocidas para mí maduraron en ese preciso instante. El metal se deshizo y el cacharro cayó al suelo. Quiero expresarlo así: durante todos esos años vi un absoluto reposo en algo agitado durante todo ese tiempo por una corriente interior oculta."

Amos Oz, en Mi querido Mijael.


(Traducción de Raquel García Lozano; agradézcanle a ella las escudillas y los fregaderos. No, pero traduce muy lindo Raquel. Me encantan sus traducciones de Amos Oz. Además, andá vos a traducir del hebreo...).

7 de enero de 2012

Lo del ruidito del teclado me llevó a este poema

De James Schuyler que traduje y será parte de un libro con poemas suyos.

"Desde el cuarto..."

Desde el cuarto de al lado
el amigable golpeteo
de una máquina de escribir eléctrica. 
Zumban moscas en el vidrio
de la ventana. Es la época
en que mueren. La casa
está pintada de gris. Los campos
se empelusan de
algodoncillo. Junto al
estanque, un castor roe
un árbol. Esos dientes, tan
filosos. El camino serpentea
colina abajo hasta llegar acá
después se aleja serpenteando.
El bosque está marrón.
El cielo es gris. Qué
silencio increíble en
esta colina rodea
el amigable golpeteo,
el zumbido de la muerte.

12 de diciembre de 2011

Haciéndolo durar

Cuando fui a leer a El Ateneo me regalaron unas tarjetitas para cambiar por libros que yo ya había predestinado mentalmente a Jugar el juego de las formas, de mi ídolo entre ídolos Anthony Browne. 
Es una especie de autobiografía artística. Anthony se reunió con su hijo Joe (porque no podría, explica, escribir sobre él en primera persona) y le contó muchas cosas sobre su infancia, su juventud y, en especial, su relación con cada uno de sus libros. Cómo surgieron, cómo fueron avanzando, por qué terminaron siendo como son. Señala detalles que uno (yo) ya había notado y otros que no; cuenta el detrás de escena. 
El libro está lleno de ilustraciones de los diversos libros, que me hacen ir a releer a cada rato y desear tener todos los que no tengo.
Es un libro grande y en papel ilustración, con lo cual es pesado y se me clava en la panza cuando lo leo en la cama. Le tengo que poner un almohadoncito debajo. Esto, y el olor satinado que suelta, contribuye a crear una sensación de ritual cada vez que avanzo unas páginas. Y sí, voy avanzando de a mordisquitos, porque no quiero que se me acabe la golosina.
Acá está Anthony con su libro nuevo:




A él no se le clava en la panza porque tiene apoyabrazos.

22 de julio de 2011

Salvando las distancias

Aunque son insalvables. Quisimos tanto a Lucian. Seguiremos queriéndolo.


 Sus durmientes



Los míos

3 de julio de 2011

El desenlace


Y finalmente ocurrió.
OK, Justo Navarro: ganaste.
Que lo disfruten.

22 de mayo de 2011

Allá en Gales y hace tiempo

Estaba traduciendo unos artículos biográficos sobre Augustus John, y quise ver su cara, porque parece que tenía una pintusa impresionante. Tiré el anzuelo gugleador y lo primero que pesqué fue este hermoso retrato que hizo Augustus de su amigo Dylan Thomas. Se me alegró la mañana de inmediato.




Porque Dylan Thomas supo ser (supo ser!) el ídolo literario de mi adolescencia, y cómo siguen irradiando luz los ídolos de la adolescencia, no? Desde su cielo frío y cada vez más lejano -- oh, dios, basta ya. 
El primer libro que robé en mi vida fueron los poemas completos de D. T., Corregidor, Azcona Cranwell, en una feria del libro.

27 de marzo de 2011

Vení, mamita, que te traduzco toda

Psé, estoy un poco stalker con Lydia Davis. Pero también... fijate cómo escribe. Fijate lo que escribe. Levanten la mano los que nunca terminaron solos junto a la ventana del living a altas horas de la noche.

Distraída
El gato lloriquea en la ventana. Está queriendo entrar. Pensás que vivir con un gato y con los requerimientos de un gato te hace pensar en cosas simples, como la necesidad de un gato de entrar a la casa, y lo bueno que es eso. Pensás en esto y estás demasiado ocupada pensándolo como para dejar entrar al gato, así que te olvidás de dejarlo entrar, y sigue lloriqueando en la ventana. Ves que no dejaste entrar al gato, y pensás en lo raro que es que mientras pensabas en las necesidades del gato y lo bueno que es vivir con las necesidades básicas de un gato, no lo hacías entrar sino que seguías dejándolo lloriquear en la ventana. Después mientras pensás en esto y lo raro que es, dejás entrar al gato sin saber que lo estás dejando entrar. Ahora el gato se sube a la mesada y lloriquea porque tiene hambre. Ves que el gato tiene hambre pero no pensás en darle de comer porque estás pensando en lo raro que es que hayas dejado entrar al gato sin saberlo. Después ves que lloriquea de hambre y no le estás dando de comer, y mientras lo ves y pensás que es raro que no lo hayas oído lloriquear, le das comida al gato sin saber que se la estás dando.

Mano
Más allá de la mano que sostiene este libro que leo, veo otra mano que yace ociosa y ligeramente fuera de foco – mi mano extra.

Lo que siento
Últimamente trato de decirme que lo que siento no es muy importante. Ya lo leí en varios libros: lo que siento es importante pero no es el centro de todo. Tal vez lo entiendo, pero no me lo creo tan profundamente como para actuar en consecuencia. Me gustaría creérmelo más profundamente.
   Qué alivio podría llegar a ser. No tendría que pensar todo el tiempo en lo que siento, y tratar de controlarlo, con todas sus complicaciones y consecuencias. No tendría que tratar de sentirme mejor todo el tiempo. De hecho, si no creyera que lo que siento es tan importante, probablemente ni siquiera me sentiría tan mal, y no sería tan difícil sentirme mejor. No tendría que decir: Ay, qué mal me siento, éste es mi fin, aquí de noche en el living a oscuras, afuera la calle oscura bajo los faroles, estoy tan pero tan sola, todos los otros de la casa están dormidos, no hay consuelo en ningún lado, nadie más que yo, sola, acá abajo, nunca voy a poder calmarme como para dormir, nunca dormir, no voy a llegar hasta mañana, no voy a poder seguir, no puedo vivir, no llego ni al próximo minuto.
   Si me creyera que lo que siento no es el centro de todo sino sólo una de muchas cosas, no lo sería; sería sólo una de muchas cosas, a un costado, y yo sería capaz de ver y prestar atención a otras cosas igualmente importantes, y entonces me aliviaría un poco.
   Pero es curioso cómo uno puede ver que una idea es absolutamente cierta y correcta y aun así no creérsela tan profundamente como para actuar en consecuencia. Así que sigo comportándome como si mis sentimientos fueran el centro de todo, y esto sigue conduciéndome a terminar sola junto a la ventana del living a altas horas de la noche. Lo diferente, ahora, es que tengo esta idea: tengo la idea de que pronto ya no voy a creer que mis sentimientos son el centro de todo. Esto es un verdadero consuelo, porque si uno se empieza a desesperar, pero al mismo tiempo se dice que tal vez esa desesperación no sea tan importante, se deja de desesperar o bien se sigue desesperando pero al mismo tiempo empieza a darse cuenta de que también esa desesperación puede correrse a un costado, una entre muchas cosas.


(Ah, y encima anduve balbuceando sobre ella acá).


10 de diciembre de 2010

¿Sabés lo que escuché?


Por la calle o desde la ventana o desde un árbol, un sonido. Que por alguna razón transforma el momento. Tratar de pasarlo a la escritura y ver si logra también transformar el momento escrito; si logra correrlo de dimensión, o redimensionarlo, como hizo --seguramente por muy poquito tiempo--, con el momento vivido.  Cuando sale bien, está buenísimo. Para mí no es muy fácil. Por eso me voy armando mi galería de maestros del sonido textual, a ver si me enseñan cómo lo hicieron, aquella vez, en aquella línea.



Fabio Morábito, Amos Oz, Antonio Di Benedetto, Víctor Gaviria. Sonríen porque les sale bien.

1 de septiembre de 2010

Igual, si hablamos de series...

The one and only


18 de agosto de 2010

Hay humo en tus ojos


Lo que más se dice sobre Katherine Bigelow es que filma "cosas de varones". Todo el temita de la adrenalina, y ya con esta última de soldados que desarman bombas en Irak supongo que la habrán etiquetado como varonera sin retorno. Por lo que leí, que es poco, ella no se hace mucho cargo y declara que simplemente es "filmmaker", aprovechando que su idioma se lo permite.
A mí sus películas -- las tres que vi -- me hicieron experimentar. Sensaciones poderosas. Creo que Katherine te nubla los sentidos, te mete en una de nube de fuego, de humo, de papel picado o de rocío marino. Te ves la película desde ahí adentro y no sé, la ves como con un sexto sentido. Después salís a la calle y sos un núcleo de partículas vibrantes.
No, no tomé nada (aunque me siento medio afiebrada).
¿Viste cuando discute una pareja y ella empieza a llorar y él le dice "no llores", porque considera que desde las lágrimas el razonamiento se va a desvirtuar, que así no se puede hablar, que mejor hablar cuando ella se tranquilice? Y nosotras sabemos que no es así, que perfectamente se puede llorar y hablar, que incluso a veces la película acuosa te devela en el mundo una profundidad que no estabas advirtiendo.

11 de agosto de 2010

Lydia, sigo penando por ti

Es que vuelvo a leerla y vuelvo a amargarme por no estar traduciendo sus cuentos completos. Ahora, lo único que le encuentro de bueno a este desengaño amoroso es que cuando tengo un rato libre traduzco algunas cosas suyas sin presiones, especialmente sin presiones lingüísticas. Por eso verán que los textos que siguen han sido traducidos bastante a la argentina. Total...

Gente de ciudad
Se mudaron al campo. El campo es bastante lindo: hay codornices sentadas en los arbustos y sapos asomando en los pantanos. Pero están inquietos. Discuten más seguido. Lloran, o llora ella y él baja la cabeza. Él ahora está siempre pálido. Ella se despierta en pánico durante la noche porque lo oye gemir. Se vuelve a despertar en pánico porque oye que está entrando un auto. Por la mañana tienen sol en la cara pero los ratones charlan en las paredes. Él odia los ratones. Se rompe la bomba. Cambian la bomba. Envenenan a los ratones. Ladra el perro del vecino. Ladra y ladra. Ella sería capaz de envenenarlo.
“Somos gente de ciudad”, dice él, “y no hay lindas ciudades donde vivir”.

Cosas perdidas
Están perdidas, pero también no perdidas sino en algún lugar del mundo. La mayoría son pequeñas, aunque dos son más grandes, una un saco y una un perro. De las cosas pequeñas, una es un anillo valioso, una un botón valioso. Están perdidos respecto a mí y al lugar donde estoy, pero al mismo tiempo no desaparecieron. Están en algún otro lado, y están allí para algún otro, tal vez. Pero si no está allí para algún otro, el anillo, de todas maneras, no está perdido para sí mismo sino que sigue allí, sólo que no donde estoy yo, y el botón, también, allí, sólo que no donde estoy yo.

Nietszche
Ay, pobre papá. Perdón por haberme burlado de vos.
Ahora yo también escribo mal Nietszche.

Mejorando
Volví a sopapearlo porque estando a upa mío me arrancó los anteojos y los lanzó a la reja del pasillo. Pero no me lo habría hecho si no hubiera estado ya tan enojada. Después de eso lo llevé a dormir.
Abajo, me senté en el sofá a comer y leer una revista. Me quedé ahí dormida una hora. Me desperté con migas en el pecho. Cuando entré al baño, no pude mirarme al espejo. Lavé los platos y volví a sentarme en el living. Antes de irme a dormir me dije que las cosas estaban mejorando. Era verdad: ese día había sido mejor que el día anterior, y el día anterior había sido mejor que casi toda la semana anterior, aunque no mucho mejor.

2 de agosto de 2010

La velocidad de la infancia en los espacios abiertos...



...pocos la describen como Hayao Miyazaki.




¿O será que los dos nos acordamos de esa sensación inexplicable entre el esternón y la boca del estómago?

12 de julio de 2010

Así como Koethe homenajea a Wallace Stevens...




... se ve que yo también homenajeo a mis ídolos (ya que no maestros, qué lástima, che), sin talento alguno y de forma totalmente inconsciente.








Los de arriba son Rosa y su hermano Juan, del libro El túnel, de Anthony Browne. Éstos de la derecha son mis hijos, fotografiados por mí, bajo influencia. ¡Oia! Juro que fue sin querer. Bueno, sin tratar.