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19 de abril de 2016

El idioma puertorriqueño

Claro que fui con esa idea previa generalizada y purista en vano: que el castellano de Puerto Rico blá, que el inglés blá... Resultó que cualquiera que me hablara en Puerto Rico parecía celebrar conscientemente el castellano, y ahondarlo y expandirlo en múltiples direcciones. Me recitó un poema el cuidador de un estacionamiento junto a la cascada, y otro el vendedor de dulce de coco en la playa (él era dominicano pero puertorriqueño por adopción). España todavía resuena en el idioma puertorriqueño, y resuena, claro, el inglés, pero fagocitado, y el resultado para mí fue encantador. Todo esto es una impresión fugaz de siete días, sin ninguna base bibliográfica. Sin embargo, en el vuelo de vuelta leí a Juan Ramón Jiménez explayarse sobre el tema, sin duda con conocimiento real, ya que vivió muchos años en Puerto Rico. Y acordamos en todo. Y encima ¿no va y pone como ejemplo la palabra que yo había fotografiado días antes en el baño de la librería AC, de Santurce?




30 de marzo de 2016

Bitácora de Puerto Rico: precuela




Borrosos pero felices: John Galán Casanova, la chica, Antonio José Ponte, José Antonio Mazzotti, Germán Carrasco y Alexis Díaz-Pimienta, que no leyó con nosotros pero nos deslumbró al día siguiente. Supongo que en la cámara estará el querido Luis Felipe Fabre. ¿Si no por qué no está en la foto? Ya pondré por acá poemas de todos ellos, ya van a ver.

Ah, y el director de lo que él mismo llamó "el circo latinoamericano": from Venezuela, París: Gustavo Guerrero.


10 de mayo de 2012

Sobre una idea de Nanni Moretti*

La muerte de Artemio Cruz, de Carlos Fuentes, lo leí en mi primer viaje sola en micro, rumbo a Miramar, a los 14 o 15. De vez en cuando me servía un cafecito de la máquina del fondo. Casi todos dormían. Debo haberme sentido mil.


Los cuentos y diarios de Anaïs Nin los leí a los 30 en el noveno piso de la biblioteca de NYU, traducidos al inglés, ante el inmenso ventanal, sin nadie con quien compartir la sensación de zarpe.


Katy va a la escuela lo leí a los 10, boca abajo en el triángulo de sol que caía sobre el parquet de mi cuarto a la tarde. Muriéndome de ganas de que me pusieran pupila en un lugar así para sufrir primero y desafiar después. La secundaria, años más tarde, me demostró que no habría sido buena idea.


El otro lado del dólar, de Ross Macdonald, lo leí a los 13 en un hotel de Torres, Brasil. Me quedé dormida con el libro en las manos y la cara sobre la pared, y cuando me desperté y abrí los ojos contra el blanco total tuve un instante de pánico: creí que me había quedado ciega.


Viajar de noche, de Claudia Prado, lo leí a los 39 en el bar El Torreón, en una horita de recreo de la maternidad, cuando Amelia tenía pocos meses. Me pedí un café doble y un strudel de manzana y no sé si alguna cosita más. Me tiré de cabeza a los poemas y nadé hasta el fondo, porque sabía que podía faltar mucho para el recreo siguiente.



Las travesuras de Naricita, de Monteiro Lobato, lo leí a los 6, pocos meses después de haber aprendido a leer. Mayormente en el balcón de la casa de mis abuelos, sobre la calle Carril, en una de esas reposeras plegables de tres cuerpos que siempre quedaban chuecas por algún lado.


Therapy, de David Lodge, lo leí a los 28 en colectivos, yendo y volviendo de mi propia terapia. Lodge me hacía reir y me permitía, por un rato, respirar. Aquella terapeuta gustaba de decirme que yo no diferenciaba muy bien entre vida y ficción. Latiguillo que nunca me sirvió de mucho.


Long Day's Journey Into Night, de Eugene O'Neill, lo leí a los 19 en la Biblioteca Lincoln. Era para Literatura Norteamericana. Costa Picazo me había dicho: "Usted, Wittner, podría leerlo directamente en el original". Fue el primer libro entero que leí en inglés y me sentí muy orgullosa. Gracias, Rolando.


Retrato del artista adolescente, de Joyce, lo leí a los 22 o 23 en el bar del Club Villa Crespo, después de nadar, con café y medialunas mazacote. El bar tenía un gran ventanal que daba a la pileta, con lo que se filtraba un poco de ese olor a encierro clorificado, y yo conservaba, mientras leía, la sensación de blandura y bienestar, los ecos indefinidos de debajo del agua. Me parecía que ese estado me acercaba a la posibilidad de ser Stephen.


*Vi el minicorto Diario de un espectador, de Nanni Moretti, y al principio creí que era parte de un largometraje y me ilusioné muchísimo. En realidad es sólo una parte de una película colectiva que se llama Chacun son cinéma. Moretti cuenta dónde y con quién vio algunas películas; habla de la circunstancia, no de la película en sí. Me habría quedado escuchándolo horas. Por eso después me puse a invocar circunstancias de lecturas. Recuerdos que tuvieran más que ver con la circunstancia que con el libro. Claro que viene todo junto. La textura del recuerdo, digo.




Yo escribo esto y pienso: a quién le puede interesar. Sólo sé que a mí me encantaría leer párrafos así escritos por otros. Aun por gente que no conozco, que leyó libros que no conozco. Así como me gusta ver fotos de desconocidos.



9 de marzo de 2012

Papiro escaneado


La Lucila del Mar, Ángeles de Charlie. Circa 1990.

8 de marzo de 2012

Habilidades perdidas

La iniciación: Villa Gessell, los '80.




Entrenamiento intensivo: La Lucila del Mar.




Días de gloria: llegan los flippers a Villa Crespo.



Acercándome a la cima de mis capacidades con estos dos. Saliendo a por fichines a toda hora.





Con éste llegamos al doctorado.




Ahhh... la felicidad era una hilera de flippers.


(Pero no te me pongas tan cerca que no puedo mover bien los codos).

9 de noviembre de 2011

Un brillito biográfico: To begin at the beginning



Cuando era young and easy under the apple boughs y limpiaba mi casa los sábados a la mañana o hasta, a veces, los sábados a la noche, lo hacía musicalizada por extremos así: I'm Free en versión de los Soup Dragons o Dylan recitando bajo su bosque lácteo, que tenía en cassette.


Ay, qué adolescente cool, gestualizando con la escoba al ritmo del subeybaja enunciativo de su ídolo de bucle en la frente.


Hoy volví a escuchar ese comienzo después de tantos años.

19 de septiembre de 2011

Un brillito biográfico: 109




Volvía del centro con el aire entrando por la ventanilla: pensaba un cuento entero y lo anotaba en cuanto llegaba a casa. De noche me tocaba el interno 25, decorado con lenguas rollingstone hechas de foquitos rojos, musicalizado con Happy a volumen festivo (hoy se llamaría irrespetuoso). Me acuerdo perfecto de la cara del chofer del interno 25.