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8 de noviembre de 2016
5 de septiembre de 2016
19 de abril de 2016
El idioma puertorriqueño
Claro que fui con esa idea previa generalizada y purista en vano: que el castellano de Puerto Rico blá, que el inglés blá... Resultó que cualquiera que me hablara en Puerto Rico parecía celebrar conscientemente el castellano, y ahondarlo y expandirlo en múltiples direcciones. Me recitó un poema el cuidador de un estacionamiento junto a la cascada, y otro el vendedor de dulce de coco en la playa (él era dominicano pero puertorriqueño por adopción). España todavía resuena en el idioma puertorriqueño, y resuena, claro, el inglés, pero fagocitado, y el resultado para mí fue encantador. Todo esto es una impresión fugaz de siete días, sin ninguna base bibliográfica. Sin embargo, en el vuelo de vuelta leí a Juan Ramón Jiménez explayarse sobre el tema, sin duda con conocimiento real, ya que vivió muchos años en Puerto Rico. Y acordamos en todo. Y encima ¿no va y pone como ejemplo la palabra que yo había fotografiado días antes en el baño de la librería AC, de Santurce?
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4 de abril de 2016
30 de marzo de 2016
Bitácora de Puerto Rico: precuela
Borrosos pero felices: John Galán Casanova, la chica, Antonio José Ponte, José Antonio Mazzotti, Germán Carrasco y Alexis Díaz-Pimienta, que no leyó con nosotros pero nos deslumbró al día siguiente. Supongo que en la cámara estará el querido Luis Felipe Fabre. ¿Si no por qué no está en la foto? Ya pondré por acá poemas de todos ellos, ya van a ver.
Ah, y el director de lo que él mismo llamó "el circo latinoamericano": from Venezuela, París: Gustavo Guerrero.
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Fui a Puerto Rico y necesito hablar de eso durante meses
Pero por ahora voy a dejar que hablen otros: acá Juan Ramón Jiménez y Mara Pastor.
Variaciones sobre la imperfección.
Variaciones sobre la imperfección.
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20 de enero de 2016
8 de diciembre de 2015
11 de septiembre de 2015
28 de mayo de 2015
Sobre ser niño y que te lean y sobre leerle a un niño
Este año, en la Feria del Libro, la Secretaría de Cultura de México me invitó a participar de una charla llamada "Pibes y chamacos: nuevos lectores", junto al simpatiquísimo Francisco Hinojosa. Esto que copio es el texto que llevé para leer, ya que improvisar en público es lo que menos me sale después del salto en alto y el fliflá.
El otro día en la puerta de la escuela
(perdón pero cuando uno tiene hijos hay un montón de reflexiones que empiezan
con “El otro día en la puerta de la escuela”) la madre de una compañera de mi
hija me preguntó: “¿Cómo hacés para que a Amelia le guste leer?” (siendo Amelia
mi hija). Me causó un poco de gracia la estructura semántica de la pregunta,
que además fue formulada en un tono casi quejoso, casi como un “ya hice de todo
pero”, porque desconfío de la noción de “hacer que a alguien le guste” algo. No
veo cómo el gusto podría surgir de algún voluntarismo, y mucho menos de ningún
autoritarismo. Volví a pensar en ese pequeño diálogo cuando me invitaron a esta
mesa, y entonces recordé eso que dice Daniel Pennac: “El verbo leer no tolera
el imperativo”.
La propuesta de este encuentro es discutir
de qué manera se escribe para los nuevos lectores de nuestra época o, tal vez,
cómo son estos nuevos lectores. No soy capaz de responder ninguna de las dos
preguntas. Ante todo porque nunca escribí con los lectores en mente: para mí la
tarea de escribir, en una primera instancia, es un acto puramente egoísta, que
hago conmigo misma en la mayor intimidad. En ese momento la recepción de lo que
estoy escribiendo es una posibilidad lejana, fuera de cuadro – de hecho, muy pero
muy lejos del cuadro.
Sin embargo, ahora que describí ese momento
de intimidad, de soledad y silencio que es la situación de escritura, me di
cuenta de lo complicado que se está poniendo preservar estas cápsulas: la
capacidad de estar solo frente a una hoja o una pantalla en blanco, o frente a
una pintura o una foto e incluso frente a otra persona. Estar solo con una
persona, prestándose mutua atención y sin atender al llamado ancestral y
visceral del mensaje de texto, el whatsapp, los mails o twitter es ya una
situación poco común. No enuncio esto como una defensa desgarradora de lo que
fue y ya no es sino sólo para pensar si esa relación simbiótica y pasional que
conocimos algunos entre una persona y un libro sigue y seguirá existiendo.
Por lo que pude observar como madre, los
chicos conservan esa cápsula de atención
hasta cierta edad, cuando juegan solos. Aunque al lado les resuenen las
alarmas, aunque tengan tele, Play Station y computadora y el Ipad les avise que
“alguien está arrasando tu aldea” en el Clash of Clans, si tienen hasta 8 o 9
años los chicos pueden seguir alimentándose de la escena imaginaria que se han
planteado como juego o, en algunos casos, de la lectura. Tal vez a las niñas les
dura un poquito más, pero la verdad es que estoy guiándome por la observación
de sólo dos sujetos y algunos sujetitos esporádicos: mi hijo, mi hija y sus
amigos.
Entonces acá vuelvo a las cuestiones
anteriores: cómo a un chico llega a gustarle la lectura y cómo leen los que
están empezando a leer en esta época. No es que vuelva porque haya encontrado
respuestas. Pero lo primero que se me ocurre es que la actitud de mostrarle a
un niño que leer puede dar placer no tiene tanto que ver con escribir como con
leerle. Leer junto con los chicos en esa época en que todavía son capaces de
pasar ratos en la cápsula. Leerles como padres, o tíos, o abuelos, o maestros,
o incluso como hermanos mayores. Hay una intimidad en el acto de leer y
escuchar leer que casi parece crear penumbra alrededor. O como dice, nuevamente,
Pennac (en ese ensayo hermosísimo que se llama Como una novela): “En el límite entre el día y la noche, nos
convertimos en su novelista”. Y después agrega algo que también me resulta muy
iluminador: “Le enseñamos todo sobre el libro en esos tiempos en que no sabía
leer”. Entonces pienso: no sabía leer pero sí sabía hablar. ¡Y cómo!
Que los niños son capaces de generar
argumentos inesperados y desprejuiciados para sus historias viboreantes e
infinitas es algo que casi todos, escribamos o no, pudimos comprobar si tuvimos
suficiente contacto verbal con alguno de ellos. Pero como yo escribo más poemas
que historias, y mi atención suele fijarse en esa misteriosa relación entre
percepción y lenguaje, las conversaciones con los niños suelen tenerme de
asombro en asombro. Lo que está ahí es el nudo de la poesía. Hay una densidad
de temas vitales y un desconocimiento de los lugares comunes del lenguaje que
hace que la poesía surja con más facilidad en la conversación de un niño –la
mayoría de las veces sin intención, claro– que en los intentos de escritura de
un adulto. Me parece que esto es así ahora y lo fue antes, acá y en México y en
cualquier parte, entre pibes o entre chamacos. Por eso me da la impresión de
que no es difícil que a un chico chiquito le guste leer, o que le lean: todavía
está muy cerca de esa relación casi táctil, casi gustativa con el lenguaje.
En su Gramática
de la fantasía, Gianni Rodari vuelve sobre la famosa imagen del guijarro
arrojado en el estanque y todos los movimientos y efectos que va produciendo
mientras cae. “Cuando finalmente toca fondo”, dice, “remueve el limo, golpea
objetos caídos anteriormente y que reposaban olvidados, altera la arenilla
tapando alguno de esos objetos y descubriendo otros”. Este fenómeno, que Rodari
describe para referirse a la invención literaria, creo que también explica lo
que producen las lecturas tempranas. Y cuando digo “tempranas” me refiero a
tempranísimas, en esa edad que mencionaba Pennac: cuando todavía no se sabe
leer y todavía se sabe escuchar.
Antes de que yo aprendiera a leer mi papá
nos leyó a mi hermana y a mí, durante muchas noches, Las doce hazañas de Hércules de Monteiro
Lobato. Es un libro de 567 páginas con alguna que otra ilustración. No sé si es
cierto o si es sólo parte de mi mitología personal pero yo creo que fue ese
libro el que me instaló en esta relación íntima con el lenguaje que me sigue
acompañando hasta hoy, por más que la cápsula inicial se haya desbaratado y ya
no pueda pasar más de media hora sin tuitear o sin mirar los mails si estoy en
mi casa. Aunque en verdad, ¿qué es tuitear sino seguir moldeando lenguaje?
A los nueve años, después de haber leído
varias novelas de Monteiro Lobato y haberme familiarizado con Naricita,
Perucha, Emilia, el Vizconde de la Mazorca y sus demás personajes, leí otra
vez, pero ahora sola, y durante muchísimas noches también, Las doce hazañas de Hércules. Como el guijarro que va cayendo hacia
el fondo, esas palabras regresadas modificaban todo. Siempre recuerdo la noche
que terminé el libro: lo cerré y me puse a llorar. No aguantaba la idea de
quedarme fuera de ese mundo. “¡Adiós, Hércules, gran amigo!”, saludan los
personajes de Monteiro Lobato antes de abandonar la Grecia mitológica para
volver a su presente y su Brasil. La frase, inscripta debajo de la ilustración,
me hacía llorar todas las veces que la leía.
Antes de la despedida, Hércules les había
dicho:
“Amigos míos, no sé hablar. No recibí la
educación que transforma a la criaturas. Mi educación fue solamente física
(...). Me criaron al aire libre; me enseñaron a desarrollar solamente los
músculos y la agilidad. En cuanto a lo demás, quedé tal como nací: un terreno
baldío, como dice Emilia, en el que las plantas crecen sin disciplina. (...)
Con vosotros aprendí mucho. Mis conversaciones con Emilia, Perucho y el Vizconde
fueron verdaderas lecciones de las que jamás me olvidaré”.
Hace dos o tres semanas mi hijo, de
tendencia eminentemente deportista, me manifestó su gusto por la mitología
griega. Viene leyendo una saga de ésas interminables que mezclan fantasía con
mitología (de ésas en traducción ante las que fruncimos instintivamente el
ceño), pero ahora además lo están viendo en la escuela. Claro que
los nombres no le eran ajenos, y claro que los he hostigado a los dos esgrimiendo
inesperadamente el Pierre Grimal o la Ilíada
semideshecha en medio de la cena desde que eran chicos, pero nunca hasta ahora mi
hijo había sacado voluntariamente el tema y mucho menos con semejante
entusiasmo.
A los pocos días agarramos Troya en la tele, ya empezada. La vimos
los tres: un chico de 12, una nena de 8 y esta tonta que habla lagrimeamos por
Patroclo, por Héctor y por Aquiles.
Como el guijarro que se hunde no deja nunca
de producir ondas y sacudones, esa primera lectura en la penumbra, que me llevó
a leer por mí misma apenas pude y casi al mismo tiempo a escribir, sigue, en
palabras de Rodari, “apartando algas y asustando peces”. Y así fue que la
semana pasada, tras décadas de darlo por perdido, interrogué a mi padre sobre
el mítico libro y resultó ser que, disfrazado con un contact blanco, había
estado todo el tiempo ahí, en su biblioteca.
Rodari sigue diciendo después que “De forma
no muy diferente [a la del guijarro] una palabra dicha sin pensar, lanzada en
la mente de quien nos escucha, produce ondas de superficie y de profundidad,
provoca una serie infinita de reacciones en cadena, involucrando en su caída
sonidos e imágenes, analogías y recuerdos, significados y sueños, en un
movimiento que afecta a la experiencia y a la memoria, a la fantasía y al
inconsciente, y que se complica por el hecho de que la misma mente no asiste
impasible a la representación”.
Así la palabra dicha, recitada, leída de
forma no premeditada, por diversión, por amor, por ayudar a un niño a dormirse,
probablemente permanezca iluminando y modificando todas las palabras que vengan
después, de manera sutil, densa pero liviana, como la conversación de cualquier
chico.
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29 de abril de 2015
8 de abril de 2015
Ésta soy yo contenta
y extrañamente con las uñas sin pintar. El libro lo editó Limonero, las ilustraciones son de Carlos Junowicz y pronto, en mayo, andará por las librerías. Si quieren leer algo (elogioso, claro, pero además preciosamente escrito) sobre Eso no se hace les recomiendo esta reseña de Germán Machado en su blog Garabatos y Ringorrangos.
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12 de febrero de 2015
1 de octubre de 2014
1 de septiembre de 2014
9 de junio de 2014
Es mi blog y hago lo que quiero
Por ejemplo esto que me había propuesto no hacer: poner un poema mío. Y muchísimo más vergonzante: poner un poema escrito por mi hija de 7 años. Y qué, me encantó. Claro que le corregí las faltas de ortografía y la "ayudé" con los cortes de verso. Sólo eso. Pero juro que nunca le sugerí que escribiera. Ni poemas ni nada. Bueno, creo. Poemas no, eso seguro. Buen, basta. Acá van.
El de Amelia:
A veces con el agua no se escucha
A veces con el agua no se escucha
y bueno, qué se le va a hacer.
Ruidos de cadenas, de piletas
cuando se lavan las manos,
la bañadera y con el bidet.
Y bueno, decís qué de nuevo
y ahí por fin escuchás.
El mío:
Gestualidad del malestar difuso
El dedo toca apenas la garganta,
el inicio: es acá. ¿Qué?
Quema. Ligeramente. ¿Arde? No.
Hacia acá irradia.
Está acostumbrado al recorrido
de bajo las costillas: es acá.
¿Dolor? ¿Fuerte? Ni fuerte ni dolor
exactamente. A veces da la vuelta
así, y se conecta con acá. Éste es el punto.
Y después, claro, ya sabemos:
toda esta parte, perpetua inflamación.
Se siente como algo... así, un movimiento;
no es lindo, no. ¿Pura deixis?
Bueno. Perdón. ¿Cómo hacen todos
para no señalarse a cada rato
y explicar: me molesta acá y así?
El de Amelia:
A veces con el agua no se escucha
A veces con el agua no se escucha
y bueno, qué se le va a hacer.
Ruidos de cadenas, de piletas
cuando se lavan las manos,
la bañadera y con el bidet.
Y bueno, decís qué de nuevo
y ahí por fin escuchás.
El mío:
Gestualidad del malestar difuso
El dedo toca apenas la garganta,
el inicio: es acá. ¿Qué?
Quema. Ligeramente. ¿Arde? No.
Hacia acá irradia.
Está acostumbrado al recorrido
de bajo las costillas: es acá.
¿Dolor? ¿Fuerte? Ni fuerte ni dolor
exactamente. A veces da la vuelta
así, y se conecta con acá. Éste es el punto.
Y después, claro, ya sabemos:
toda esta parte, perpetua inflamación.
Se siente como algo... así, un movimiento;
no es lindo, no. ¿Pura deixis?
Bueno. Perdón. ¿Cómo hacen todos
para no señalarse a cada rato
y explicar: me molesta acá y así?
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25 de abril de 2014
28 de marzo de 2014
El libro oculto en la foto anterior
El libro del que sólo se ve una esquinita en la foto del post anterior: este libro hermosísimo que me regaló Gastón Sironi el último día del Festival de Poesía de Córdoba. Lo empecé en el avión de regreso. Me dio un poco de esa calma imposible de lograr en los aviones. Lo estoy marcando con lapicera, ¿está mal? Con tinta azul lavable. Porque es mío. Conversan María Teresa Andruetto y Circe Maia, lo más tranquilas, como podemos conversar vos y yo. Y cuando nombran un poema de Circe, remiten a la página correspondiente. Voy, leo el poema, leo lo que charlan sobre ese poema, que nunca es exhaustivo, son sólo ideas al pasar. No sé, a veces un libro es perfecto para un momento. Muchas veces, por cierto y por suerte.
Ahora voy a copiar uno que... en fin. Es de llorar. Y cómo mide esta señora, eh. Dios le conserve la métrica.
Regreso
Estábamos tan acostumbrados
al ruido de los niños,
–gritos, cantos, peleas–
que este brusco silencio, de pronto...
Nada grave. Salieron.
Sin embargo
en pocos años será lo mismo
y no nos sentaremos a esperarlos.
Habrán salido de verdad.
Se saldrán del correr en escaleras.
¡No corran, niños! De sus cantos gritados
de su empujarse y su reir, habrán salido.
Volverán sólo en ráfagas-recuerdos,
en fotos alineadas.
Tiempo de mamaderas y pañales.
Tiempo de túnicas y de carteras.
Tiempo quedado atrás de alguna puerta
que no será posible abrir. Habrán salido.
Por eso toco y miro, como de gran distancia
este cuarto en silencio
con juguetes tirados por el piso
con camas destendidas.
Me siento regresando.
Como quien ya se iba y da vuelta.
Como alguien que olvidó despedirse.
Desde afuera, de lejos, he regresado
a la resbaladiza sustancia de la vida.
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18 de marzo de 2014
4 de noviembre de 2013
Amos Oz: el día que fui groupie
Resulta que este año Amos ganó el premio Franz Kafka y lo fue a recibir a Praga justo cuando yo llegaba. Así es que el 23 de octubre dio una lectura pública en la Franz Kafka Society (can't stop linking), que es una librería chiquita en la calle Sĭroká -- si preguntás a media cuadra mucha gente ni te sabe indicar;la atravesás, cruzás un patio y bajás unos escalones, hay una sala angosta, oscura, llena de libros.
Fui temprano y con ansias. Tuve el impulso de abrazarlo cuando llegó y me pasó por al lado sin que nadie notara que había llegado.
Después habló en inglés y se fue dejando trasladar al checo, leyó en hebreo una parte de Una historia de amor y oscuridad y del primer cuento de Escenas de la vida rural (que yo hipercanchera seguí desde mi edición en castellano) y contestó varias preguntas de las que sólo, claro, entendí la respuesta.
Dijo entre otras cosas que debajo de la oscuridad siempre hay humor y debajo del humor más oscuridad. Que su abuela le decía: cuando no te queden más lágrimas para llorar, empezá a reirte.
Dijo: si me piden que explique en una sola palabra sobre qué escribo, digo: familias. En dos palabras: familias infelices. En tres: lean mis libros.
Porque, agregó, las familias felices -- si es que existen, que lo duda (apenas puede creer que sigan existiendo las familias, "casi nadie es monógamo por naturaleza") -- no necesitan una historia.
Contó lo culpable que se sentía en el kibbutz por tener asignado un tiempo semanal para escribir -- y ni siquiera lograrlo -- mientras que los demás "trabajaban en serio".
Y obviamente habló sobre Israel y Palestina, esos vecinos que "tienen que dividir la casa en dos departamentos más chicos y no intentar quererse, sino respetar pactos".
Al final se sentó pacientemente ante una larga fila a firmar libros.
"Nice to see the Spanish edition", me dijo con una sonrisa, levantando la vista para hablarme.
Yo le dije que tenía muy buenas traductoras al castellano. Y que estaba muy emocionada de verlo. Y le di una notita medio arrugada que le escribí mientras esperaba que llegara, aclarándole que yo nunca, pero nunca, me había comportado como semejante groupie.
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