Más o menos a esa hora estaremos leyendo en Humbert Humbert.
Mostrando entradas con la etiqueta cosas con palabras. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta cosas con palabras. Mostrar todas las entradas
1 de octubre de 2013
9 de septiembre de 2013
22 de agosto de 2013
David Grossman sobre la paternidad
De Tu serás mi cuchillo (Buenos Aires, Random House Mondadori, 2012. Traducción de Ana María Bejarano). La pintura es "Melany and Me Swimming", de Michael Andrews.
Etiquetas:
cosas con palabras
19 de agosto de 2013
¡Chicos, chicos, poemas y dibujos!
Valeria Cervero, de www.poesiaargentina.com, editó esta hermosa antología de poesía para chicos de la que me alegra muchísimo ser parte. Es digital (por ahora) y se baja gratis en http://poesiaargentina.com/fichaebook.php?idEbook=25.
Los poemas son de Iris Rivera, Ruth Kaufman, María Cristina Ramos, Nelvy Bustamante, César Bandin Ron, Didi Grau, Eduardo Abel Giménez, Luciana Mellado, Roberta Iannamico y quien les habla. Las ilustraciones de Marisa Eylenstein, Julieta Laztra, Daniel Roldán, Mariel Fariña, Alejandra Ferrada, Nuria Bolzán y Romina Santos.
Etiquetas:
cosas con palabras
4 de agosto de 2013
30 de julio de 2013
Con la pluma y la palabra
Otro con quien solemos entendernos: David Grossman. Justo cuando pensaba cómo ponerle un límite sano a esta relación entre mi cuerpo y la palabra de otros -- incluso mis palabras. Lo que sigue es de su novela Tu serás mi cuchillo, con traducción de la admirada Ana María Bejarano.
"(...) y es que hasta conocerte a ti no me imaginé que la forma de expresarse de un extraño pudiera producirme una conmoción tan fuerte como el primer contacto con su cuerpo, su olor, la textura de su piel, su cabello y sus lunares..".
"(...) y es que hasta conocerte a ti no me imaginé que la forma de expresarse de un extraño pudiera producirme una conmoción tan fuerte como el primer contacto con su cuerpo, su olor, la textura de su piel, su cabello y sus lunares..".
Etiquetas:
cosas con palabras
15 de julio de 2013
28 de mayo de 2013
Abran la barrera
Hoy alguien que quiero me habló (bien) de mi libro para chicos La noche en tren. Hacía mucho que no pensaba en ese libro, al que le tengo muchísimo cariño. Está publicado por Ediciones Tres en Línea y tiene unas increíbles ilustraciones de Gabriela Regina.
La cosa es que fui y lo releí, y me dieron ganas de mostrarlo. El libro está agotado. Por lo cual a continuación y muy descaradamente rompo mi autopromesa de no poner en este blog poemas míos.
Pienso que la indisciplina lleva, por lo general, a cosas buenas.
La noche en tren
Buenas noches. ¿Se están yendo a dormir?
¿Ya apoyaron la cabeza en la almohada?
¿Se les cierran los ojos de sueño?
¿O hay por ahí alguna niñita desvelada,
algún bostezo que no encuentra dueño?
Tengo algo para contar, ¿quieren oir?
Se trata, precisamente, de dormir.
Algunos piensan que dormir es aburrido.
Que es muy larga la noche, y sin sentido.
Eso depende de adónde vayan los dormidos.
En mi barrio, por ejemplo, existe un tren
mágico y misterioso: en el andén
todos están dormidos, pero ven.
el secreto tren nocturno, silbando.
“¿Nadie despierto?”, se asegura el
maquinista.
Y los chicos le responden: “¡Ni soñando!”.
“Muy bien: entonces paso a tomar lista:
Tania, Patricio, Piero, Reina, Selva, Mia.
Rapidito, que no nos sorprenda el día”.
Al llegar a este punto
me detengo un momento
a aclarar un asunto
que es central para el cuento.
Les pregunto:
¿ustedes duermen con algún muñeco?
¿Superhéroe, princesa, osito o coche
que les haga compañía de noche?
Los chicos de mi barrio también.
Así, en cuanto oscurece pasa el tren
que los lleva a recorrer, de nueve a siete,
el lugar donde nació cada juguete.
Tania se duerme con una muñeca rusa.
Patricio, con un pato de goma.
Piero con un autito fatto in Roma
que tiene asientos forrados en gamuza.
Reina no saca a la princesa del estuche
para que no se le arrugue la capa.
Pero la acuesta a su lado y la tapa.
Selva se abraza a un leoncito de peluche.
La muñeca de trapo de Mia
hace muchos años perteneció a su tía.
Ahora es de ella, y como es una antigüedad
no la presta ni por casualidad.
“¿Qué pasó?”, se preocupan los nenes.
“¡Primera parada!”, grita el maquinista.
“Pueden bajar y contemplar la vista”.
Tania se extraña: “Pero, ¿dónde estoy?”.
Grita su propia muñeca: “¡En el Bolshoi!
¡El teatro donde yo era bailarina
antes de mudarme a la Argentina!”.
Salta del tren, y Tania ni lo duda;
los otros van detrás, alucinados:
“¿Qué es esto: un lugar encantado?”.
Cúpulas doradas, puntiagudas,
adornadas como caramelos
que parece que giran hacia el cielo.
“¡Es Moscú, señores y señoras!”.
Y se oye desde la locomotora:
“Recuerden que tienen sólo media hora”.
En media hora, la muñeca vivaracha
los embarca en un paseo por el río,
les regala un reloj,
les baila un cosachok,
y, para calmar un poco el frío,
los invita con sopa de remolacha.
Patricio tiene un año, duerme en cuna.
Y su patito nació en una laguna.
La laguna está dentro de una historia
que casi todos sabemos de memoria.
“¿Entraron alguna vez a un cuento?”,
pregunta el pato. “Éste es un buen momento.
Se trata, claro, del Patito feo:
escuchen... se acerca un aleteo”.
Los seis chicos quedan boquiabiertos:
"¡Pero entonces este cuento era
cierto!”.
El famoso pato raro, cisne bello
en vivo y en directo está ante ellos.
El cisne viene con sus cisnecitos;
son siete: todos a los gritos.
“Hijos”, les dice, “conozcan a su tío.
Este pato es casi casi hermano mío”.
Uno por uno, empiezan a llegar
las aves y los peces del lugar.
El maquinista interrumpe el momento:
“¡Tenemos que seguir; lo siento!”.
El pato se despide: “¡Hasta prontito!
Cualquiera de estos días los visito.
Ahora me tengo que ir: me espera
mi espumosa y calentita bañadera”.
“Todo muy lindo”, dice Piero y bosteza,
“¡pero ya basta de
naturaleza!
Mi autito extraña la velocidad
y yo quiero conducir por su ciudad”.
“Siamo
arrivati”, dice el auto en su idioma.
“Llegamos”, les traduce Piero.
Voces, silbatos, motores y bocinas
interpretan un concierto callejero.
La gente espera largo rato en las esquinas
para cruzar. ¡Bienvenidos a Roma!
¿Velocidad aquí? ¡Ni en broma!
“Los llevo de paseo sin apuro”,
dice el autito. “Les aseguro
que se van a divertir. Iremos lento
entre palacios, plazas y monumentos.
Pero eso sí: no salten en mis asientos.
Al que mejor se siente
le mostraré una fuente
que dicen que cumple los deseos.
Después vamos a comer fideos
con mejillones, y les compro un helado
si prometen no mancharme el tapizado”.
Ruidos de celofán en el vagón...
Música de fanfarria en el salón...
A ver; silencio: escuchen.
Creo que hay alguien saliendo de su estuche.
Reina peina y besa a su princesa:
“¡Basta de siesta, hay fiesta en el
palacio!”.
Al pelo lacio da brillo con cepillo.
Después la suelta; muy desenvuelta
se marcha la princesa, pero regresa.
Y a los chicos en pijama llama:
“¡La fiesta con orquesta es para mí!
¡Vengan así, en camisón de algodón,
en calzón, en pantuflas con pompón!”.
Entran despacio al palacio. La princesa
a todos embelesa: “¿Quién es ésa?”,
pregunta el conde, y una voz responde:
“¿Cuál? ¿La de zapatos de cristal?
¿La que tiene el vestido encendido
con puntilla amarilla que brilla?”.
(“La del traje de encaje”, aclara el paje).
“¿La que tiene el tocado adornado
con un broche dorado?
¿La que nunca se cansa en la danza
y avanza en la pista como equilibrista
seguida de cerca por el violinista
y a todos conquista?”.
“¡Ésa, sí! ¡Sí, sí, ésa!
¡La invitada sorpresa!
¡La que al príncipe besa!”.
El tren sigue hacia la próxima estación:
“¡Hogar, dulce hogar!”, ruge el león.
Selva no comprende; aquí algo falta:
¿Dónde están los altos árboles, las lianas,
la mona Chita, Tarzán que grita y salta?.
“No es la selva: yo vivo en la sabana
una tierra calurosa y plana.
¡Vengan a verla, salgan por la ventana!”.
“Esto es Kenia”, le enseña
el león a su dueña,
“y lo que viene desde el horizonte
agitando su cuerno, bien furioso,
es nada menos que un rinoceronte”.
Los chicos miran asustados. “¡Qué chistoso!”,
se enoja Selva, “¿y
ahora quién nos defiende?”.
El león vuelve a bromear: “No sé, depende.
Les puedo presentar al cocodrilo:
si no tiene hambre es un muchacho muy
tranquilo.
O aquí llega, justamente, el leopardo:
¡Corran al tren; hasta yo me acobardo!”.
A la carrera vuelven todos al vagón.
El maquinista los alienta: “¡Vaya susto!
Pero volver a casa ahora sería injusto:
nos falta solamente una estación”.
Arranca el tren, pero para el otro lado.
Marcha atrás se llega a los tiempos pasados,
donde viven los juguetes de antes.
Atendidas por una marioneta
toman el té dos peponas elegantes.
De vez en cuando les ofrecen galletas
a jefes indios, vaqueros y soldados
hechos de plomo y estaño, bien gastados.
La muñeca de trapo de Mia
salta del tren: "¡Ahí está mi alcancía
de hojalata! Y acá vienen mis hermanas,
Blanca y Clarita: son de porcelana”.
Mia frunce el ceño: “¿Y las de plástico?”.
“No existen”, le responden, “¿no es
fantástico?”.
“¿Y esas dos? ¿A qué juegan?”.
“¡Al elástico!”.
Son las seis, y el maquinista los apura:
el viaje acaba cuando acaba la noche
y ya la noche no parece tan oscura.
Las tres muñecas, el león, el pato, el coche
y los seis chicos, después de la aventura
se suben al vagón sin un reproche.
En un minuto, los chicos están dormidos.
Los que no pueden dormir son los juguetes.
Mientras conduce, el maquinista les promete
que volverán de visita muy seguido.
Amanece, y cada cual duerme en su cama
con camisón, con chupete, con pijama.
Tania, Patricio, Piero, Reina, Selva y Mia
sueñan bajo el acolchado. ¿Quién diría
que se pasaron la noche de paseo
en un tren conducido por Morfeo?
Porque Morfeo se llama el maquinista
que transforma a los durmientes en turistas,
en paseantes, en expedicionarios.
Si creen que el viaje es cansador
sepan que ocurre exactamente lo contrario:
el que durmiendo la pasa mejor,
mejor descansa, y está de buen humor
por la mañana, cuando canta el canario
y al mismo tiempo suena el despertador.
Ahora me voy,
me voy yendo,
para dejarlos dormir.
¿Apago la luz? ¡La prendo!
Algo más quiero decir.
No se pongan impacientes,
tengo una noticia urgente
–que creo que es excelente–:
el tren nocturno, desde hoy
ha ampliado su itinerario.
¡Pasa por todos los barrios!
(Siempre con el mismo horario).
Lo van a reconocer
aunque es mágico y secreto
porque el conductor, coqueto,
tiene enganchado un clavel
en el ojal, y un cartel
pegado en la ventanilla
explica, en forma sencilla,
qué es lo que tienen que hacer:
“A ninguno de estos mundos
se puede viajar despierto
ni durmiendo así nomás
con los ojos entreabiertos.
Sólo el que duerma profundo
y respirando al compás
del quetrén-quetrén quizás
se suba al tren vagabundo”.
Etiquetas:
cosas con palabras
3 de mayo de 2013
5 de abril de 2013
Somos inseparables
Dame una linda biografía, gorda gorda; no sé qué hay mejor que meterse en la vida de otros.
A ver cómo diantres hicieron ellos.
Etiquetas:
cosas con palabras
23 de noviembre de 2012
18 de octubre de 2012
You talkin' to me?
Yes; this bastard me ha estado hablando exclusivamente a mí toda la semana, arrastrándome de estado en estado, como si no hubiera yo pensado ya todo lo que dice en su nuevo libro, que no es por otra parte ninguna novedad; y aun así.
Un ejemplito es el dañino romance mente-cuerpo, esos dos que quedaron abrochados desde la eternidad y uno o una que se empeña en discernirlos para aplicarles a cada cual su vara. Pues no.
"Al hablar --muy a menudo-- de la angustia en este diario no hablo del alma, ni siquiera hago psicología, permanezco más que nunca en el registro del cuerpo, ¡ese jodido nudo de nervios!".
Después de años de investigación estoy en condiciones de transmitirles la buena nueva de que podemos acceder a una a través del otro y al otro a través de una. Disolver la angustia del músculo rotador con una conversación estimulante o desbaratar lo que se perfila como el salto a la apatía con un café negro y una medialuna de grasa de las brillantitas. ¡Ajá! ¡Creyeron que me iba a salir con la obviedad del psicoanálisis y el yoga!
"¡El recuperado sabor del café tras todos esos años de achicoria! El café negro, fuerte, amargo. Ese mordisco en la boca que requiere, en cuanto se ha bebido el trago, un pequeño y satisfecho chasquido de la lengua. Esa quemadura detrás del esternón que azota y despierta, que acelera los latidos del corazón y conecta las neuronas".
(La traducción es de Manuel Serrat Crespo, que logra solucionar muchas de la puteadas --aunque no todas-- sin caer en españolismos. Está muy bien la tradux).
Etiquetas:
cosas con palabras
10 de septiembre de 2012
Cholulectura
La primera vez que leí a Fabio Morábito fue de unas fotocopias, o tal vez no exactamente, pero tengo la sensación de que eran cosas sueltas -- algo online, puede ser. Me pareció que me hablaba sólo a mí y yo ni sabía bien quién era; lo encontré por casualidad. Entonces procedí a poner varias líneas de un poema suyo en uno mío; entre comillas me pareció suficiente, se ve, porque no aclaré en ningún lado a quién citaba.
Más tarde supe y leí más de Morábito y además maduré un poco y me di cuenta del casi-afano que había cometido. Conseguí su mail y confesé, y le pedí disculpas, y cuando el poema volvió a publicarse, en una antología, tuve la decencia de agregarle un asterisco y explicar a quién pertenecían esos versos entrecomillados.
Después lo conocí en persona y otra vez con las disculpas. Creo que lo harté.
El domingo que viene comparto con él mesa de lectura. Imagínense.
También con Samira Negrouche, a quien no conozco pero tengo muchas ganas de conocer. A ella no le robé nada, pero ya se presentará la ocasión.
No sé si leer el poema con los versos entrecomillados; es viejito. ¿Como una gracia, tal vez? O como un "gracias".
Seguro voy a leer otra apropiación: algunas traducciones de James Schuyler, ya que pronto va a salir el libro por Gog y Magog.
Etiquetas:
cosas con palabras,
cosas que traduje
28 de agosto de 2012
Español y liliputiense
Anoche me llegó el sobre manila acolchado con remitente de Cáceres y la cálida nota de José María Cumbreño, el esmerado e inspirado editor de Ediciones Liliputienses. El catálogo de "La biblioteca de Gulliver" incluye varios poetas americanos que sospecho (la verdad es que no me puse a investigar) que, como yo, no habían sido publicados en España: Martín Gambarotta, Rocío Cerón, Luis Chaves, Frank Báez, Marcela Parra, Maurizio Medo, Gladys González, Rafael Courtoisie y otros (vayan al blog que además del catálogo hay recorridos internos por los bellos libros).
El mío, que acá se ve sostenido por la niña-que-falta-al-jardín, es una antología que incluye poemas de todos mis libros ("todos mis libros", buá).
Estoy contenta de integrar esta colección. Juro que no es sólo otro caso de triste egolatría. O que es un poco más que eso.
Etiquetas:
cosas con palabras
1 de julio de 2012
El pájaro y la noche
El amigo Luis Pereira se viene especialmente de la tierra del legalize it para presentar las dos antologías de Civiles Iletrados. Por fin voy a ir Otra Lluvia; siempre quería.
Etiquetas:
cosas con palabras
3 de junio de 2012
Una locomotora llamada melopeia
(Este textito lo escribí para un libro que se llama La música de la poesía, que publicó este año Ediciones Del Dock. La la la.)
¿Por qué me
tira tanto la temática ferroviaria? ¿De dónde me viene esa constante
inclinación a usar imágenes relacionadas con el tren? Porque me tira, me
tira... ¿O será que en realidad tira de
mí, igual que la locomotora da tracción a los vagones que la siguen? Tal
vez es eso: un motor que impulsa mi escritura y mis lecturas. Delante va el
motor y detrás los vagones, dejándose llevar. Pero dejándose llevar con cierta
musiquita: ta-tán, ta-tán, quetrén, quetrén... Sí; es posible que me
identifique con los trenes porque, como yo, tienen locomotora: la que los mueve
y les propone un ritmo. Y a mí se ve que tienen que moverme, y moverme con
ritmo.
La poesía que me gusta tiene tracción a
música. Está hecha de versos que se pueden canturrear. Guardo en la memoria
(entre tantas otras cositas sueltas) una colección de partes de poemas que sé
que me gustaron o me gustan pero que no recuerdo palabra por palabra. Lo que
recuerdo es su música, y ciertas características sonoras que vuelven a
desplegarse en su totalidad cada vez que los releo. Y son muchas las veces que
el impulso de releerlos lo provoca la aparición espontánea de su musiquita,
como desde un almacén mental de larga data que se autoactiva en random en los momentos más inesperados –en
la calle, caminando, bajo influencia de unos mazazos contra la pared o invocados
por el traqueteo del carrito de bebé sobre diferentes modelos de baldosas– y me ofrece pintorescos popurrís. (De larga
data, aclaro, porque los elementos incorporados en la infancia y la
adolescencia no sólo no se borran, sino que suelen ser los primeros en
aparecer).
Para armar un ejemplo:*
Wanted,
wanted: Dolores Haze.
Hair:
brown. Lips: scarlet.
Age:
five thousand three hundred days.
Profession: none, or "starlet".
Brillan las moreras y los carolinos,
se hinchan los sarmientos de las viñas prietas,
y hay en los caminos
y en las ríspidas sierras violetas
una triste alegría pagana
que es oro en la tarde y oro en la mañana.
Y en el pueblo no tendré nada que hacer,
sino echarme luciérnagas a los bolsillos
o caminar a orillas de rieles oxidados
o sentarme en el roído mostrador de un almacén
para hablar con antiguos compañeros de escuela.
Rage,
rage, against the dying of the light.
allá va
allá va
un satélite en el cielo...
Rage,
rage, against the dying of the light.
Y ya que lo cité: igual que Dylan Thomas, me
enamoré primero del sonido de las palabras. También a mí me sedujeron, al
principio, las formas sonoras de las rimas infantiles más que las peripecias de
sus personajes. Y poco a poco pude ver que esas formas sonoras entraban en
contacto produciendo toda clase de música. No sólo la agradablemente melodiosa,
la de métrica regular y rima exacta, la equipada con acentos internos que
vuelven a un poema “poema cantable” (como el cantabilísimo Wanted, wanted de Nabokov). También la musical rispidez con que
ciertas palabras se miden entre sí, se entrechocan o se suben una encima de
otra:
What
are the roots that clutch, what branches grow...
O esas líneas sueltas que se nos instalan
como si fueran estribillos, resurgen una y otra vez convocadas por ¿qué? Nunca
se sabe: una idea que se mueve por el mismo camino sonoro, la intención de
decir alguna cosa con iguales altibajos... la intención, incluso, de moverse con iguales altibajos:
El pasto, el sábado, surcado por las huellas...
A esta hora dignísima de la noche...
La tua irrequietudine mi fa pensare
agli
uccelli di passo che urtano ai fari
nelle sere tempestose...**
¡“Nelle
sere tempestose”! Acá Montale, sin duda por medio de la alquimia, logra una
música tan breve y tan exacta que
repetir esta sucesión de tres palabras es casi como comer un caramelo. Y no es
sólo el sonido (hay frases donde sí); me parece que interviene, además, otra
cuestión, que es la musicalidad surgida del feliz alineamiento de una idea con
la manera en que es expuesta (cuando forma + contenido = música). Comparar una
sensación de inquietud con pájaros que se chocan contra los faros en las noches
de tormenta es ya, en mi opinión, una forma de composición musical. Decirlo con
las palabras de Montale es lograr que esa composición ofrezca no sólo placer
intelectual y auditivo, sino también una cierta voluptuosidad gustativa.
Y hablando de ponerse frases en la boca,
pienso que existen incluso palabras que funcionan como microcanciones. Cada uno
tiene, según su gusto, una serie de palabras que disfruta pronunciar, como
quien canta o tararea. Sílabas incluso o, para oídos sutiles, sonidos sueltos.
Cuando se escribe siempre están ahí a mano, como recurso para impregnar el
entorno con su posibilidad musical, para impulsar la frase (quetrén-quetrén) o
para dar la nota.
Esta muy breve reflexión me llevó del poema
a la estrofa, de la estrofa al verso suelto, y de ahí a la frase aislada, a la
palabra tentadora, al fonema solitario y sin embargo cantor. Sólo me queda
incluir el silencio, que arma y desarma melodías a un lado y otro de la barrera
de mutismo. Silencio músico que gira entre las ruedas del
quetrén...
quetrén...
enlenteciéndolas,
cuando vamos llegando a la estación,
cuando volvemos a arrancar.
* Se puede imaginar, entre fragmento y
fragmento, el chillido de la púa sobre el vinilo cuando el disc-jockey lo mueve
hacia atrás y hacia delante.
** (Los versos que
cité pertenecen –en orden– a Vladimir Nabokov, Alfredo R. Bufano, Jorge
Teillier, Dylan Thomas, Leónidas Lamborghini, T. S. Eliot, Jorge Aulicino,
Rodolfo Edwards y Eugenio Montale).
Etiquetas:
cosas con palabras
10 de mayo de 2012
Sobre una idea de Nanni Moretti*
La muerte de Artemio Cruz, de Carlos Fuentes, lo leí en mi primer viaje sola en micro, rumbo a Miramar, a los 14 o 15. De vez en cuando me servía un cafecito de la máquina del fondo. Casi todos dormían. Debo haberme sentido mil.
Los cuentos y diarios de Anaïs Nin los leí a los 30 en el noveno piso de la biblioteca de NYU, traducidos al inglés, ante el inmenso ventanal, sin nadie con quien compartir la sensación de zarpe.
Katy va a la escuela lo leí a los 10, boca abajo en el triángulo de sol que caía sobre el parquet de mi cuarto a la tarde. Muriéndome de ganas de que me pusieran pupila en un lugar así para sufrir primero y desafiar después. La secundaria, años más tarde, me demostró que no habría sido buena idea.
El otro lado del dólar, de Ross Macdonald, lo leí a los 13 en un hotel de Torres, Brasil. Me quedé dormida con el libro en las manos y la cara sobre la pared, y cuando me desperté y abrí los ojos contra el blanco total tuve un instante de pánico: creí que me había quedado ciega.
Viajar de noche, de Claudia Prado, lo leí a los 39 en el bar El Torreón, en una horita de recreo de la maternidad, cuando Amelia tenía pocos meses. Me pedí un café doble y un strudel de manzana y no sé si alguna cosita más. Me tiré de cabeza a los poemas y nadé hasta el fondo, porque sabía que podía faltar mucho para el recreo siguiente.
Las travesuras de Naricita, de Monteiro Lobato, lo leí a los 6, pocos meses después de haber aprendido a leer. Mayormente en el balcón de la casa de mis abuelos, sobre la calle Carril, en una de esas reposeras plegables de tres cuerpos que siempre quedaban chuecas por algún lado.
Therapy, de David Lodge, lo leí a los 28 en colectivos, yendo y volviendo de mi propia terapia. Lodge me hacía reir y me permitía, por un rato, respirar. Aquella terapeuta gustaba de decirme que yo no diferenciaba muy bien entre vida y ficción. Latiguillo que nunca me sirvió de mucho.
Long Day's Journey Into Night, de Eugene O'Neill, lo leí a los 19 en la Biblioteca Lincoln. Era para Literatura Norteamericana. Costa Picazo me había dicho: "Usted, Wittner, podría leerlo directamente en el original". Fue el primer libro entero que leí en inglés y me sentí muy orgullosa. Gracias, Rolando.
Retrato del artista adolescente, de Joyce, lo leí a los 22 o 23 en el bar del Club Villa Crespo, después de nadar, con café y medialunas mazacote. El bar tenía un gran ventanal que daba a la pileta, con lo que se filtraba un poco de ese olor a encierro clorificado, y yo conservaba, mientras leía, la sensación de blandura y bienestar, los ecos indefinidos de debajo del agua. Me parecía que ese estado me acercaba a la posibilidad de ser Stephen.
*Vi el minicorto Diario de un espectador, de Nanni Moretti, y al principio creí que era parte de un largometraje y me ilusioné muchísimo. En realidad es sólo una parte de una película colectiva que se llama Chacun son cinéma. Moretti cuenta dónde y con quién vio algunas películas; habla de la circunstancia, no de la película en sí. Me habría quedado escuchándolo horas. Por eso después me puse a invocar circunstancias de lecturas. Recuerdos que tuvieran más que ver con la circunstancia que con el libro. Claro que viene todo junto. La textura del recuerdo, digo.
Yo escribo esto y pienso: a quién le puede interesar. Sólo sé que a mí me encantaría leer párrafos así escritos por otros. Aun por gente que no conozco, que leyó libros que no conozco. Así como me gusta ver fotos de desconocidos.
Los cuentos y diarios de Anaïs Nin los leí a los 30 en el noveno piso de la biblioteca de NYU, traducidos al inglés, ante el inmenso ventanal, sin nadie con quien compartir la sensación de zarpe.
Katy va a la escuela lo leí a los 10, boca abajo en el triángulo de sol que caía sobre el parquet de mi cuarto a la tarde. Muriéndome de ganas de que me pusieran pupila en un lugar así para sufrir primero y desafiar después. La secundaria, años más tarde, me demostró que no habría sido buena idea.
El otro lado del dólar, de Ross Macdonald, lo leí a los 13 en un hotel de Torres, Brasil. Me quedé dormida con el libro en las manos y la cara sobre la pared, y cuando me desperté y abrí los ojos contra el blanco total tuve un instante de pánico: creí que me había quedado ciega.
Viajar de noche, de Claudia Prado, lo leí a los 39 en el bar El Torreón, en una horita de recreo de la maternidad, cuando Amelia tenía pocos meses. Me pedí un café doble y un strudel de manzana y no sé si alguna cosita más. Me tiré de cabeza a los poemas y nadé hasta el fondo, porque sabía que podía faltar mucho para el recreo siguiente.
Las travesuras de Naricita, de Monteiro Lobato, lo leí a los 6, pocos meses después de haber aprendido a leer. Mayormente en el balcón de la casa de mis abuelos, sobre la calle Carril, en una de esas reposeras plegables de tres cuerpos que siempre quedaban chuecas por algún lado.
Therapy, de David Lodge, lo leí a los 28 en colectivos, yendo y volviendo de mi propia terapia. Lodge me hacía reir y me permitía, por un rato, respirar. Aquella terapeuta gustaba de decirme que yo no diferenciaba muy bien entre vida y ficción. Latiguillo que nunca me sirvió de mucho.
Long Day's Journey Into Night, de Eugene O'Neill, lo leí a los 19 en la Biblioteca Lincoln. Era para Literatura Norteamericana. Costa Picazo me había dicho: "Usted, Wittner, podría leerlo directamente en el original". Fue el primer libro entero que leí en inglés y me sentí muy orgullosa. Gracias, Rolando.
Retrato del artista adolescente, de Joyce, lo leí a los 22 o 23 en el bar del Club Villa Crespo, después de nadar, con café y medialunas mazacote. El bar tenía un gran ventanal que daba a la pileta, con lo que se filtraba un poco de ese olor a encierro clorificado, y yo conservaba, mientras leía, la sensación de blandura y bienestar, los ecos indefinidos de debajo del agua. Me parecía que ese estado me acercaba a la posibilidad de ser Stephen.
*Vi el minicorto Diario de un espectador, de Nanni Moretti, y al principio creí que era parte de un largometraje y me ilusioné muchísimo. En realidad es sólo una parte de una película colectiva que se llama Chacun son cinéma. Moretti cuenta dónde y con quién vio algunas películas; habla de la circunstancia, no de la película en sí. Me habría quedado escuchándolo horas. Por eso después me puse a invocar circunstancias de lecturas. Recuerdos que tuvieran más que ver con la circunstancia que con el libro. Claro que viene todo junto. La textura del recuerdo, digo.
Yo escribo esto y pienso: a quién le puede interesar. Sólo sé que a mí me encantaría leer párrafos así escritos por otros. Aun por gente que no conozco, que leyó libros que no conozco. Así como me gusta ver fotos de desconocidos.
Etiquetas:
brillitos biográficos,
cosas con palabras
2 de abril de 2012
La calle Durazno
Después de tanto cantarla, se presenta mi libro, junto con el de Horacio Fiebelkorn, ¡en la mismísima y jaimeroosiana calle Durazno!
Laura Wittner
Horacio Fiebelkorn
en
Uruguay
Presentación en Uruguay de
Noche con Posibilidades
de Laura
Wittner
Pájaro en el palo, antología personal
de Horacio
Fiebelkorn
Editados en la
colección Ojo de Rueda de civiles iletrados
Jueves 12 de abril, 20:30, Kalima (Durazno y Jackson, Montevideo)Viernes 13 de abril, 20:30, Jazz Café (Ledesma y Acuña de Figueroa, Maldonado)
Jueves 12 de abril, 20:30, Kalima (Durazno y Jackson, Montevideo)Viernes 13 de abril, 20:30, Jazz Café (Ledesma y Acuña de Figueroa, Maldonado)
Etiquetas:
cosas con palabras
22 de febrero de 2012
Este verano reincidí con mi amigo el francés
Me gustó mucho esto:
"No hay que despreciar los juegos de palabras. Los peores son para los mejores amigos. Es el precio inefable de la intimidad".
Igual no sé; así sacado de contexto... Pero me llevó a todos esos felices momentos de risa casi imbécil y cómplice con ciertos amigos, con quienes nos unieron, sobre todo, los peores juegos de palabras.
*El señor niño se llama Simón y es mi nieto guatemalteco.
Etiquetas:
cosas con palabras
Suscribirse a:
Entradas (Atom)


.jpg)


















