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8 de noviembre de 2014

Llegó el libro anaranjado









Estos mundos en los que me sumerjo unos meses y después abandono y después vuelven así, y es lindo.

6 de noviembre de 2014

Muestrita



En esta extraña inmovilidad o postración, como una voz grave y obstinada, se introducían mil pequeños accidentes: la picadura de insecto, la mano resbalándose sobre el abrelatas, una pérdida de equilibrio en los tablones de la escalera, erupciones, ollas caídas, objetos rotos o perdidos; una constante, absurda comunicación susurrada desde el reino de la incidencia fortuita. Durante medio día las canillas de la cocina se negaron a dar agua de cualquier tipo, después gotearon un licor lento y oxidado aun cerradas; cuatro tejas se cayeron del techo en una tarde de aire inmóvil; la mujer de Lyall se volvió súbitamente alérgica al sol, y andaba por ahí desfigurada.

de M. John Harrison, Running Down.

22 de octubre de 2014

Otro comienzo

El minuto exacto en que se empieza a traducir un nuevo libro: intensidad de la voluntad y de la fe.
Pero miren qué buena cara me tocó: M. John Harrison.


27 de julio de 2014

Everybody Else Is Doing It, So Why Can't We?

Jugando con los dos clásicos de Guillermo Charles para que los trabajemos en el taller de los lunes
Mi propia versión, tras tanto buscar versiones:


This Is Just to Say                                      Sólo quería decirte

I have eaten                                                  que me comí
the plums                                                      las ciruelas
that were in                                                   que estaban en
the icebox                                                     la heladera

and which                                                     y que
you were probably                                        probablemente
saving                                                           guardaras
for breakfast                                                 para el desayuno.

Forgive me                                                   Perdoname
they were delicious                                       estaban deliciosas
so sweet                                                       tan dulces
and so cold                                                   y tan frías





The Red Wheelbarrow                             La carretilla roja

so much depends                                         tanto depende
upon                                                            de

a red wheel                                                  una carretilla
barrow                                                         roja

glazed with rain                                           glaseada con agua
water                                                          de lluvia

beside the white                                           junto a las gallinas
chickens.                                                      blancas.



William Carlos Williams

7 de julio de 2014

Del italiano con amor

Hace casi dos años puse acá y acá, con ánimo juguetón, unos textitos de Gianni Rodari que había traducido. Porque me encanta Rodari y porque mis estudios de italiano me pareció que estaban lo bastante avanzados como para permitirme ese desvarío intelectual.
Y ahora miren qué: es justo un Rodari mi primera traducción del italiano publicada. 
Atisbitos de justicia como para compensar un poco todo lo demás.



15 de mayo de 2014

Otro O'Hara y me calmo


Escultura heroica                                                          

Nos unimos a los animales  
no cuando cogemos
             o cagamos
no cuando cae la lágrima

sino cuando
         mirando fijo hacia la luz
         pensamos.

30 de abril de 2014

¿Quién no escribió como mínimo un poema sobre objetos?

Éste es de Frank O' Hara, y me gusta bastante. Lo traduje hace mucho y lo retraduje hoy.

Interior (con Jane)

El afán de los objetos por
ser lo que tememos hacer

no puede sino conmovernos   ¿Es
esta voluntad de motivarnos

lo que rechazamos?   Las
cosas más estúpidas, como

una lata de café, un arito
de 35 centavos, un mechón de pelo, ¿qué es

lo que nos hacen estas cosas?
Entramos al cuarto, las ventanas

están vacías, el sol débil
y resbaloso sobre el hielo   Y nos

sale un sollozo, simplemente porque es
la más fría de las cosas que conocemos

25 de abril de 2014

De vez en cuando la vida







te deja participar de cosas muy lindas, y para mí una fue ésta: haber traducido este libro hermoso de Kyo Mclear e Isabelle Arsenault, editado por Natalia Méndez y Verónica Chamorro para La Bestia Equilátera.

El libro es increíble, y esos tres links que puse también.



8 de febrero de 2014

Traducido al pasar

¿Es triste este poema o yo estoy triste? Capaz las dos cosas. Frank O' Hara, de Lunch Poems, fotografiado unos posts más abajo.


Poema

Café instantáneo con crema levemente ácida
agregada, y un llamado telefónico
al más allá, que no parece estar más cerca.
"Ay, papi, quiero estar borracho muchos días"
en el poema de un amigo nuevo
mi vida precariamente sostenida en la visión
de las manos de otros, sus y mis imposibilidades.
¿Esto es amor, ahora que el primer amor
finalmente murió, donde no había imposibilidades?

6 de diciembre de 2013

Tres que traduje de mi nueva favorita



Te quiero mucho a vos
y a tu pelo corto
a tus cordones sueltos
y a tus medias caídas
a cómo sos si te reís
y a cuando ponés la trompa
en las rodillas huesudas
y a tus ojos serios
a cómo movés las manos
y a cómo te viene el sueño
a cómo me saludás
y a cómo corrés en la plaza
cuando con nosotros está el viento
y el cielo sobre las casas
es como una capa
violeta


Lagartija, dale, te arranco la cola
¡si total sabés que te vuelve a crecer!
¿Y vos qué tenés que te vuelva a crecer?
Nada. Nada, ¡yo no tengo cosas así!
Y entonces cómo hacés, sin cola cómo hacés
para aprender a seguir viviendo
aunque te falte algo
y esperar el tiempo necesario
para que lo que te falta no te falte
más. Sin cola ¿cómo hacés? ¡Casi             
casi te la presto!


Ahora que sé leer
las palabras escritas
le leo a mi hermano
las historias que no sabe
Basta, no tengo ganas
le dije anoche
¡arreglátelas solo!

y él que no sabe leer
con el libro en las piernas
me leyó serio serio
una historia que no está
Una historia que volaba
tan arriba de las piernas
que las palabras escritas
nunca la atraparán



De E sulle case il cielo, Giusi Quarenghi y Chiara Carrer. Milán, Topipittori, 2007.

18 de septiembre de 2013

Mecánica de preparación de un fuego

Madonna santa, lean este párrafo de Spaesamento, la segunda novela del italiano Giorgio Vasta. 
Lo traduje io.


“(...) el pánico natural que asedia la vida de los cuaren-cincuentones que se han corrido de la vida regulada y regular de las generaciones precedentes para concentrarse en el presente dándolo por ilimitado, un lugar reversible y palíndromo, y que en un cierto punto han sido arrinconados por una fisiología cada vez más angustiosa, no solamente los brazos disueltos y las células acumuladas sino el primer disgregarse de todos esos mecanismos hasta entonces silenciosamente implícitos que de pronto empiezan a fallar y a agrumarse manifestándose periódicamente resentimientos musculoesqueléticos, en particular en la región lumbosacra, y en puntadas y espasmos e impiadosos reflujos esofágicos y en supuestas isquemias y en una arritmia cardíaca que te para en seco y te perla la frente hasta que la alarma se atenúa y se intenta volver de a poco a las acciones normales diciéndose –con un gusto a cenizas en la boca– que no era nada, no era nada.
   El pánico de la mujer cosmética también es el mío, porque mío es el miedo cotidiano al tiempo estéril, al cuerpo que se refriega contra sí mismo; los órganos internos se refriegan, los huesos se refriegan, el cuerpo envejece y envejecer es este refregarse continuo, esta mecánica de preparación de un fuego, pero mi cuerpo es una piedra mojada, es ramitas que se quiebran, el tiempo que pasa sin fricción, sin chispa”.

4 de septiembre de 2013

Miren lo que tengo


Esto convertido al castellano.

10 de julio de 2013

Fiebre, deseo, hipocondría, poesía

Otro cuentito de Sandro Penna que estuve traduciendo:


Un poco de fiebre                          
                                                                                               
   Desde hacía varios días tenía un poco de fiebre. Estaba claro que se trataba de un síndrome tuberculoso. Sabía, en suma, que debía morir. Pero igualmente tenía que cortarse el pelo y afeitarse. Así es: había comprendido que ni el que sabe que va a morir puede escapar de las cosas de todos. Los pensamientos en este estado de ánimo, sí, son diferentes; pero se acaba por ir igualmente al peluquero. Todo se hace con esa lenta angustia de fondo, pero sin duda lo más triste es darse cuenta de que no hay más que hacer que lo de siempre.
   Así entró a lo del barbero. Barba y cabello. Inútil ya ahorrar una lira y afeitarse solo. Además había presentido algún placer en entretenerse un rato largo allí. (Cuando no estaba enfermo le parecía un suplicio).
   El muchacho que había empezado a hacer jueguitos con la tijera sobre su cabeza era vulgar en extremo. Rosado casi rojo, cara ancha casi redonda, carnoso casi gordo. Lindo todavía, por joven. El dueño, por lo demás, habría sido aun peor. Manchado de barba blanca y negra, con olor a cigarro y a sudor, tal vez con manos húmedas y frías que le habrían acariciado el rostro. Y sin embargo a él se le pagaba; a él se sometía el muchacho.
   En este punto de sus observaciones, el enfermo vio entrar al local, raudo pero callado e inadvertido, a un chico de unos doce o trece años. Nadie le prestó atención. También es cierto que después de entrar se apoyó en la pared y se quedó mirando el techo. El enfermo comprendió de inmediato que iba a quedarse allí gustosamente un rato largo. Él, que debía morir, tenía permitido regalarle toda su atención a un jovencito. Que parecía suspendido en esa atmósfera de cosméticos, ausente o leve, con los ojos verdes que no miraban “verdaderamente” cómo caían al piso los pelos del enfermo.
   Tenía unos shorts de ninguna forma y de ningún color. Los llevaba sujetos al cinturón tal vez con una cuerda. Los botones seguro que no estaban. Tenía una camisa o remera de un blanco incierto. En suma, un pobre atorrantito como tantos otros: pero el enfermo se embelesaba con la expresión suspendida de aquel muchacho. Además la boca parecía ni cerrada ni abierta. De tanto en tanto interrumpía aquel encantamiento alguna orden del patrón: “toma la escoba; enciende el gas; muchacho, cepillo”. Pero él obedecía como un ángel prisionero al traficante. Sin orgullo, sin enojo, no humillado, así simplemente obedecía; después rápidamente retomaba esa actitud que al enfermo le resultaba tan misteriosa. No sonreía nunca; su cara estaba inmersa en un flujo uniforme de dulzura ligera. Probablemente pensaba en sus amigos, en las piedras del río, en las muchas zambullidas en el agua y el cálido sol de después. Y pensaba también en su mamá pobre, en su padre muerto y en esa necesidad de ganar cinco liras por día. Pero estas cosas no le eran feas o dolorosas. A él le eran ajenas. No así los compañeros, las zambullidas en el río. Esto le era, en su interior, dulcemente cercano.
   En un cierto momento el chico recibió una breve pero seca reprimenda. El enfermo no entendió por qué. Habría dado una propina por saberlo. Y dos por librar al muchachito de la reprimenda. Pero el muchachito hizo algo para remediarlo; se levantó, se dirigió, veloz, a la trastienda, le llevó alguna cosa al patrón y todo fue como siempre. Se apoyó contra la pared y sus ojos verdes no se habían oscurecido, su boca pequeña y leve no estaba –ni abierta ni cerrada– fruncida; las mejillas apuntando dulcemente al cuello grácil y altivo.
   ¿Y qué eran para él las miradas del pobre enfermo? Ah, las había notado desde un primer momento, pero era imposible saber cómo las había recibido. Quién sabe si ese chico sería capaz de reacciones sociales. Ruborizarse por timidez. Observar al cliente con viril ironía a manera de defensa. Pero no. Él no podía estar presente. Tal vez lo estuviera entre sus amigos, sobre las piedras del río. En su elemento natural, tal vez. Pero habría sido una presencia idéntica, animal. Más lindo este desconcierto dentro de la peluquería.
   Cuando el enfermo tuvo que irse esperó largo rato los cincuenta centavos de vuelto que el propietario no lograba encontrar. Le fueron pedidos en préstamo al chico que, entregada la moneda, la vio de inmediato volver a su propia mano. El traspaso lo maravilló finalmente y, finalmente, el enfermo recibió una mirada que lo interrogó. Una mirada luminosa y calma, como de lejos, sin “gracias” alguno ni humildad, una mirada que entonces terminó por hacer naufragar dulcemente toda tentativa psicológica del pobre enfermo.

   Pero aquella misma tarde la fiebre desapareció. Y se rió de sus aprensiones, de pronto tan funestas. Se dijo que era un tonto, tanto que ya había revelado, temeroso, sus miedos. Pero al volver a pasar por la peluquería al día siguiente, volviendo a ver a aquel chiquillo como cualquier otro, sucio y elemental, comprendió que la fiebre puede, después de todo, ser útil para hacer poesía. 

1 de julio de 2013

Poema (porno) traducido a pedido




Un día Ale Méndez me tiró la onda de qué bueno si Laura tradujera este poema que me encanta. A mí también me gustó y además una vez que alguien me pide algo, si es alguien a quien quiero, ya el pedido queda registrado en cerebrito y alguna vez, más tarde que temprano en este caso, lo complazco.

Así que va este poema ultrasensual de Edwin Morgan, el escocés de la foto acá a la izquierda (¿habían pensado que era Ale?).









Frutillas

Nunca hubo otras frutillas
como las que comimos
esa tarde agobiante
sentados en el escalón
de la ventana abierta
uno frente al otro
tus rodillas en las mías
platos azules en las faldas
las frutillas reluciendo
bajo la luz quemante
las metíamos en azúcar
y nos mirábamos
sin apurar el festín
para pasar al que vendría
los platos vacíos
juntos sobre la piedra
tenedores cruzados
y me incliné hacia vos
dulce en el aire aquél
sin resistencia entre mis brazos
de tu boca deseosa
el sabor de las frutillas
en mi memoria
me recliné otra vez
que pueda amarte
que pegue el sol
sobre nuestro abandono
una hora de todas
el calor intenso
relámpagos de verano
en las colinas de Kilpatrick
que la tormenta lave los platos.

22 de mayo de 2013

Fantasías rimadas de ayer y hoy







¿Ya hablé acá de Hilaire Belloc, catolicón ultrarrecalcitrante de fina estampa? Ah, no, fue en Twitter. Como sea, estuve jugueteando con un libro suyo que por lo que sé nunca le hizo visita alguna al castellano. Se llama Cautionary Tales for Children y corre al lado de Edward Lear, o al menos por esos caminos. Son todos poemitas de advertencia fiera; poemas de sinsentido. Traducirlos, me parece, es en gran medida reescribirlos. A mí me divierte pero nunca encuentro tiempo. Pongo uno: original y copia trucha.





                             

                                   Franklin Hyde,

                      Who caroused in the Dirt and was corrected by His Uncle.     



His Uncle came on Franklin Hyde
Carousing in the Dirt.
He Shook him hard from Side to Side
And Hit him till it Hurt,

                               Exclaiming, with a Final Thud,
                               "Take that! Abandoned Boy!
                               For playing with Disgusting Mud
                               As though it were a Toy!"
                                   
Moral
From Franklin Hyde’s adventure, learn
To pass your Leisure Time
In Cleanly Merriment, and turn
From Mud and Ooze and Slime
And every form of Nastiness—
But, on the other Hand,
Children in ordinary Dress
May always play with Sand.

Luis Pascual,
 el que parrandeó en el barro y fue reprendido por su tío.   




Su tío encontró a Luis Pascual
de parranda en el barro.
Le dio un zarandeo brutal
y le pegó a lo guarro.


Exclamó, con la última tunda:
“¡Ahí tienes, niño meterete!
¡Por jugar con esta tierra inmunda
cual si fuera un juguete!”.

Moraleja
Aprende, pues, de esta aventura
a divertirte con aseados modos
y a alejarte, por senda segura,
de la mugre, del barro y del lodo
o cualquier otro hediondo betún.
Sin embargo, una noticia buena:
que los niños en ropa común
siempre pueden jugar con arena.





20 de mayo de 2013

Espiando el Markson nuevo



   En Pisa, cuando lo dejaban salir de su jaula militar para hacer ejercicio, a veces Ezra Pound balanceaba un palo de escoba como si fuera un bate de béisbol.

   ¿Quién finges que está lanzando, tío Ez?
   ¿Acaso no puede ver a Dizzy Dean, soldado?


David Markson, "Esto no es una novela".
Próximamente por La Bestia Equilátera.

10 de abril de 2013

Trailer escrito

del nuevo Markson:



   Albert Camus, en la única ocasión en que estuvo con William Faulkner:
   El tipo no me dijo ni tres palabras.

(...)

   Con insistencia, Brahms usaba los pantalones demasiado cortos.
   A veces incluso les metía tijera a las botamangas.

(...)

   Fue cuando siendo aprendices hacían reproducciones de los frescos de Masaccio en la Santa María del Carmine que Miguel Ángel criticó a Pietro Torrigiano como dibujante:
   Hueso y cartílago cayeron como galleta, le diría más tarde Torrigiano a Benvenuto Cellini.
   Respecto de la nariz de Miguel Ángel.

(...)

   Richard Strauss: ¿Por qué tienes que escribir así? Tienes talento.
   Paul Hindemith: Herr Professor, usted hace su música y yo hago la mía.

(...)

   Roberto de Nápoles: Giotto, si fuera usted, con este calor dejaría de pintar por un rato.
   Giotto: También yo, definitivamente –si fuera usted.

(...)

   Hay una sola persona con derecho a criticarme, ¿entienden? Y es Picasso.
   Dijo Matisse ya entrado en años.

(...)

   Antes de que los normandos trajeran despair, la palabra anglosajona era wanhope.

(...)

   La vida consiste en lo que una persona se pasa el día pensando, dijo Emerson.

(...)

   El pequeño Marcel, solían llamar a Proust. Toda su vida.

(...)


   Filipo de Macedonia: Si llego a Lacedemonia, no dejaré piedra sobre piedra.
   Los espartanos: Si.


(...)

   Anni 68 Cenzza Ochiali, firmó Canaletto un dibujo en 1766.
   A los sesenta y ocho años, sin anteojos.


Bueno, no puedo develar más. Estaría buena una versión pero con los dimes y diretes de los artistas del veinte y ventiuno.





18 de marzo de 2013

Volvió Markson y me lleva de paseo

Cuando traducía La soledad del lector de David Markson, que publicó La Bestia Equilátera, cada día de trabajo era distinto. Porque la novela está compuesta de fragmentos que disparan y se disparan en todas direcciones, y una traducción íntima y responsable, me parece, pide que una corra un poquito, aunque se agite, detrás de cada uno de esos disparos. Así es que conocí nombres, obras y situaciones y revisité otros/as que ya conocía.
Bueno, la cosa es que ahora estoy traduciendo This is not a novel, también de Markson y también para La Bestia y también estructurada sobre este collage --o assemblage, como dice Markson-- de párrafos. Y hoy el paseo me llevó a reencontrarme con este cuadro de Turner que me encanta: Lluvia, vapor y velocidad. Imaginad: hay tren y lluvia, falta el café y caigo de rodillas.



Escribe Markson sobre el cuadro:


Una mujer llamada Mrs. Simon:
   Que vio a un anciano en un tren sacar la cabeza por la ventanilla durante una implacable tormenta de noviembre y dejarla allí fuera diez minutos completos.
   Y un año más tarde en la Royal Academy se topó con Lluvia, vapor y velocidad de Turner en exhibición. 

Obviamente no pude detenerme (después me preguntan por qué tardo tanto en traducir un libro) y busqué la referencia de esta historia: parece que esta tal señora Simon había visto a Turner, un tiempo antes, en el tren, durante bestial tormenta eléctrica, saltando como loco ante el espectáculo, abriendo la ventanilla e instándola (a ella, a Simon; se ve que Turner hablaba con cualquiera como yo) a acercarse para ver el espectáculo.
La historia la leí en este ensayo de Jean Robert sobre el cuadro. No sé si será cierta pero, como se suele decir, se non è vera e ben trovata.

11 de febrero de 2013

Sandro apunta

Sigo ejercitándome con el italiano (¿ya dije que me produce una intensa felicidad sensorial? Gustativa, casi.)
Vuelvo con Sandro Penna, pero esta vez son unos textitos autobiográficos publicados en un libro que se llama Un po' di febbre. El cuento que da título al libro me encanta, y es mi próximo objetivo. En verdad este libro ya está traducido al castellano (Algo de fiebre, Pre-textos) por un poeta español, Luis Antonio de Villena, sobre el que me estuvo contando un poco mi nuevo amigo vía Twitter Fabricio Tocco (@chiquidebachin). No pude acceder a la traducción de Villena, pero sí conté con la colaboración de Fabricio y de mi súper-profesora de italiano, Claudia Delpino, para sobrellevar una frase particularmente peliaguda. 
Bueno; tanta aclaración para pasar a transcribir dos parrafitos miserables, dirán ustedes. Y la razón que tienen. Me callo.






Apunte triste

   Conversación con el muchacho que dice tener diecisiete años. Tiene el aspecto de un chico de catorce, y además... ese otro aspecto – se me revela tras las primeras palabras. Pero él no sabe nada por ahora. No sabe que no alcanza el hecho de haber tenido una aventura, que me cuenta, para salvarlo. Sin embargo siento en él la resistencia más fuerte; como si fuera a atacarlo. Vuelvo a mirar a los otros muchachos: su masculinidad sólida y natural, que cede generosamente. Él, que es ya la planta que veo, y no otra, y que crecerá como yo sé y de ninguna otra manera, él en cambio ahora se aferra a su sexo verdaderamente como el náufrago a la roca. Pero no sabe nada.

Apunte

   Está frío y nublado. Entro en una lechería; enseguida un muchacho calienta la leche para mí. En la caja la dueña lee absorta. Se está en silencio, incluso si el muchacho va y viene por el local. Después entra un hombre y habla, hablará siempre. De su pan, de la leche que quiere en abundancia, del cansancio, de su edad. Y no sólo de él. “Estás bien acá, calentito. Si todavía anduvieras con las ovejas, allá arriba, entre la nieve... Pero ahora, en invierno, ya no estarías en la montaña”. “Pastorcito”, me digo del muchacho, y lo miro. Miro si se ofendió. Pero él se acerca al vidrio largo y vacío de la puerta, abre la guía telefónica y la hojea, lentamente.
   El peón calla, veo su pan amarillo deshecho, el pelo gris, la piel curtida por el viento. También él me da la espalda. Y vuelvo a quedar solo con la cajera, que no existe, doblada sobre la lectura. El muchacho pasa lento las páginas frente al vidrio de la puerta. En la calle empieza a nevar.

6 de febrero de 2013

Rápida y furiosa

Siri Hustvedt que no es particularmente mi taza de té cita en su novela The Summer Without Men este haiku de Ron Padgett. Ron Padgett era amigo de Joe Brainard que es el de I Remember (libro que alguna vez pensé en traducir y al final no) y los dos fueron amigos de mi amigo James Schuyler. Fueron medio la segunda generación de ese grupo que se llamó la escuela de Nueva York.
El poema es como un hachazo, es puro efecto. Lo puse en Facebook con una posible traducción y varios se animaron a otras versiones. Van todas (espero que ninguno de los traductores se moleste por verse incluido. El que no quiera estar me dice y lo saco).

That                                                      Uy,                                                    
was fast.                                               qué rápido.
I mean life.                                            La vida, digo.

Ron Padgett                                          (Mi versión)


qué fue eso?                                         Pasó
ah, la vida.                                            rápido, ¿no?                                          
                                                            La vida.                                            
(Alejandra Ventura)                          
                                                           (Martín Schifino)

ESO                                                   Eso
fue rápido.                                          pasó rápido.
La vida, digo.                                     Quiero decir: la vida.

(Verónica Pascual)                             (Jorge Ariel Madrazo)


Qué rápido                                        ¡Guau! ¿Qué
ha sido.                                              fue?
La vida, digo.
                                                         (Mark Dow)
(María Quevedo)

Che,                                         Pasó
qué rápido                                a toda velocidad.            
pasó la vida.                             La vida, digo.
                                                       
(Ezequiel Zaidenwerg)            (Liliana García Carril)
                                                     

Faaa
pasó re rápida.
O sea, la vida.

(Cristian De Nápoli)