Mostrando entradas con la etiqueta fui al cine. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta fui al cine. Mostrar todas las entradas

10 de mayo de 2013

Otra del género "película de aula"

El aula de primaria siempre me pareció un mundo en sí misma; un universo aparte donde todo está en quieta ebullición: se está produciendo día a día la alquimia que arrastra hacia el futuro pero nadie se da cuenta porque es tan rutinaria la cosa que el fogonazo queda oculto por el zumbido de la repetición. Cuando estaba en primaria no dudaba de que yo iba a ser maestra de primaria (me llamaría Marta o Susana). Los maestros de primaria me emocionan pero no sólo ahora: me emocionaban mis propias maestras; aun siendo chica las imaginaba envejeciendo en esa burbuja ideal y recibiendo a ex-alumnos adultos que pasaban a saludarlas. A ver si nos entendemos: esta escena imaginaria me hacía llorar a los 9, 10 años. Sí, ya sé, bueno, así salí.

Todo esto para decir que me gustó mucho esta película:





Y para mandarles un saludo a mis señoritas Marta (capa del mi mamá me ama, maestra de maestras), Dina (la ídola de mi infancia: me enseñó las reglas de acentuación y le legó su nombre a mi hijo); Leda (que era bizca y medio mala); María Esther (una abuela sabia y buena); María Elena (cool y joven: me regaló "Katy va a la escuela" para mi cumpleaños); Silvia y Liliana (competían por mi cariño); y Coty (toleró toda mi melancolía de egresada). A Marta la tuve en primero y en séptimo: justo para mí la simbología del hola y el adiós. 

28 de septiembre de 2011

Ma grazie a Dio...

Habemus Nannem*


*(suponiendo que "Nanni" sea de la tercera en -is; en fin). 

27 de septiembre de 2011

Seguro en el top 5

De peores películas que vi en mi vida. Fue hace dos meses. No era un buen día. Claro que no ayudó la versión bajada de Internet traducida con Google que nos ofreció el Savoy -- buen, Arteplex. La imagen borrosa hasta la adivinanza y los locos subtítulos lejos de toda convención lingüística.
Pero de todas formas, desde mi punto de vista, esta peli no tiene salvación. Despierta una violencia inusitada. A esos monjecitos que ven ahí uno los quiere ver acribillados, decorando la nieve con su sangre, cosa que ellos mismos temen todo el tiempo pero tarda tanto, tanto en suceder. No; en vez de reventar los monjes cargan leña, lavan los platos y a cada rato rompen en un cántico religioso que uno debe soportar entero, porque la elipsis no es una opción cuando de cantarle a Dios se trata.


De verdad, creí que me desintegraba de aburrimiento.


Ahora: lo curioso es que cada vez que comento esto aparece quien me dice: "A mí me encantó".
Y ahí, claro, es cuando empiezo a dudar de mí misma.

23 de septiembre de 2010

El hombre de al lado: diseñame ésta

El hombre de al lado me gustó por varias cosas, pero lo que más me gustó de la película es que me hizo volver a pensar, esta vez con un poco más de atención, en una noción que me viene fastidiando sorda pero insistentemente desde hace un tiempo, que es la noción de "jefe de contenidos". La noción y la expresión elegida para nombrarla. Cada vez que la escucho se me remueve una incomodidad occipital. Será que soy medio vieja chota o que, como me sugirieron la semana pasada, "no entiendo el progreso", pero para mí decir "jefe de contenidos" es lo mismo que decir "jefe de relleno". 
Porque pienso: antes, se tenía una idea. La idea debía tener algún tipo de soporte. Y el soporte había que diseñarlo de alguna manera. Entonces se buscaba un diseñador. Ahora me parece que es al revés: la idea ES el soporte. Después, secundariamente, hay que pensar qué soporta ese soporte. Es decir, rellenarlo. Entonces aparece el jefe de contenidos.
¿Es cierto, como me parece a mí, que el contenido pasó de ser LA categoría que definía un proyecto a estar a la misma altura que el diseño para, gradualmente, ir descendiendo hacia las profundidades, dejando el diseño al mando de todo?  
Esto pensaba mientras veía El hombre de al lado: que al personaje de Leonardo, ese diseñador exitoso y admirado, el diseño le absorbió las ideas. Claro que el diseño también puede tener contenido (no sé, teórico, estético, comunicacional, obviamente estoy improvisando), pero llevado a un extremo, acorralado como lo acorrala Leonardo, tal vez te sorbe los sesos, te seca las ideas y hasta la ideología. Es lo que parece pasarle a Leonardo cuando manotea asustado algún último recurso: "cómo voy a mandarle a la policía...". Pero hasta esa mínima intención se desvanece entre las paredes blancas, y él parece pensar: "necesito YA un jefe de contenidos para mi cerebro".

31 de agosto de 2010

Tranquilicemosnón, sentemosnón y hablemos

Cuando me pongo militantemente testaruda lanzo mi mantra pueril: una palabra vale más que mil imágenes. Muchas veces me harto y proclamo lo contrario: ya basta de palabra, tratemos de llegar por otro lado. Pero la verdad es: la palabra me tira, me tira a lo loco y debe ser por eso que después de años de andar esquivando series me encadené a ésta. Nos encadenamos, matrimonialmente hablando. 
Porque en el otro extremo de los elencos multitudinarios, las ideas "ingeniosas", las imágenes amontonadas de choques y vidrios astillándose (perdón, esto es porque el otro día vi El origen, no me quiero ni acordar), In Treatment sienta a dos personas cara a cara y las pone a hablar. En principio lo digo más allá del psicoanálisis (son sesiones de psicoanálisis). Ver y escuchar a dos personas hablando, interesadas. Interesadas en hablar. Te llevan por sus laberintos. Paredones, falsas salidas, salidas. Bla, bla, bla, sí, pero cómo quiero que llegue la noche y me encuentre con un poquito de atención intacta para el doctor Weston y sus pacientes.
Y viene de Estados Unidos, ¿eh? Así tan despojadita. Ahora eso sí: la rehicieron sobre el original israelí Be-Tipul, de Hagai Levi, y la escribe y la dirige Rodrigo García, el hijo de García Márquez.


Igual a mí sí me gusta que en las películas haya movimiento, idea, acción a lo grande. A veces. En principio necesito que la acción esté justificada por un argumento sólido. Puede ser pelotudo, pero tiene que ser sólido; así me interesa quién gana y quién pierde. Y me gusta que la acción propiamente dicha pueda seguirse. Eso es fundamental. Que si un auto persigue a otro quede claro cómo progresa la persecución. Que si se cagan a trompadas se pueda ir siguiendo la secuencia de golpes. Y si se rompen vidrios en una bella coreografía de cristales, uno pueda saber qué vidrio se rompió y por qué, y para qué; y ahí sí, como se dice ahora, "disfrutar del espectáculo" del estallido caleidoscópico de cristalitos. Bueno, al final parece que sí me quiero acordar de El origen: dejame de joder. ¿Qué, Nolan tuvo una idea, armó un boceto en tres horas y después le dio fiaca desarrollar y filmó directamente sobre el boceto? ¿Pim, pam, pum, crash, etc.? ¿La noción de los subsueños y la implantación de ideas le pareció lo suficientemente buena como para no tener que explicar nada más, lo eximió de construir verdaderos personajes y de ponerse a trabajar en un guión en serio? ¿La idea misma se le habrá presentado, incluso, en sueños? ¿Como resto diurno, resto de un día en el que estuvo leyendo a Lem y a Dick?

No, ya sé que armar el guión le llevó un montón de años.

Perdón por el exabrupto. Mis opiniones sobre cine (creo que es obvio) son apasionadas pero absolutamente amateur(s).

22 de junio de 2010

Reloj, no marques las horas (otra que el Bodegón de las Cebollas)


 "¿Qué lograba? Lograba eso que el mundo y el dolor de este mundo no lograban producir, a saber: la lágrima esférica y humana. Aquí se lloraba. Aquí, por fin, volvíase a llorar. Se lloraba discretamente, o sin reserva, abiertamente. Aquí corrían las lágrimas y lo lavaban todo. Aquí llovía, aquí caía el rocío."

(El de la foto es Andy, créanlo o no, en contacto visual con sus amigos fieles. El del textito es Gunther Grass, El tambor de hojalata, del capítulo "El Bodegón de las Cebollas", versión de Carlos Gerhard).