11 de julio de 2010

Invita Paz Levinson desde su Inventario




FESTEJO

ANIVERSARIO INVENTARIO

INSTALACIÓN Y LECTURA

EN MERIDIÓN AC EL 17 DE JULIO A LAS 18 HRS. (VENEZUELA 1549)

ESTÁN TODOS INVITADOS


LEEN: CECILIA PAVÓN, LAURA WITTNER, INÉS ACEVEDO Y EZEQUIEL ALEMIÁN

7 de julio de 2010

John Koethe, o cómo describir la tarde del domingo


No soy muy partidaria de combinar música con poesía. Si se lee, se lee y si se escucha, se escucha, me suele parecer, aunque reconozco que es una falencia mía. La poesía, además, trae su propia música. No sé, me cuesta. Después de esta declaración, por supuesto, me desdigo: es que en este caso el poema y la música vinieron juntos de entrada. La primera vez que leí "Sunday Evening" de John Koethe sonaba a mi alrededor "What If", de Kenny Barron, con Barron en piano y Regina Carter en violín. Era en otro país, departamento ajeno y piso alto, y todo confluyó y la unión me pareció perfecta. Me pareció que "What If" reproducía el deambular, las cavilaciones y los saltos de energía de un domingo a la tarde, y hasta el murmullo de abejas del final, ambiguas ondulaciones. Por eso se me ocurrió poner el poema, traducido, y la música, como para invocar esa primera vez. Para que se pueda leer mientras se escucha. Poner el archivo de música en el blog no me salió; tuve que armar el videíto.
El poema lo traduje con ayuda y supervisión de mi amigo Mark Dow, que también es poeta y vive en Brooklyn. Una vez Mark se encontró en algún tipo de evento con John Koethe y le contó que habíamos traducido varios poemas suyos, y al parecer a Koethe le agradó la cosa, aunque el intercambio no pasó de ahí.
Bueno, acá va. El que quiere pone play y el que no, no.




Domingo a la tarde


Ideas como cristales y la lógica del violín:

otra vez las intrincadas evasiones se preparan

para avanzar sobre lo inarticulado. Y pronto

comienza la melodía matinal, las naranjas y el té,

la caminata introspectiva por el barrio,

el ruido ambiente, el grave lenguetazo de agua sobre piedras.

La paz que uno consigue lo encuentra a uno solo,

en recuerdos de libros, de partes de canciones,

o en los dulces encantos del modo pasivo:

dudar, cavilar, demorarse en la biblioteca y finalmente,

como de una silla verde y soleada, levantarse y partir.

Los mediodías parecen más oscuros, y los adolescentes

que siempre andaban por el estacionamiento ya no están.

Más agua en los ojos, más músicos desentonados en los subtes,

y desde la fuente de sentido un constante canturreo incidental.

Es una especie de reconfiguración, y el ejercicio solitario

que busca reafirmar su nombre suena hueco. En el cielo, el sol

     está más bajo,

y cuando uno se vuelve hacia lo que sentía el hogar,

las ventanas empiezan a llamear con una luz desamorada,

como si las alcobas que ocultan estuvieran vacías. ¿Es así

el paraíso? ¿La misma perspectiva desde otra habitación,

poblar un paisaje visto desde el balcón de alguien

en un instante suspendido – un avión plateado asciende silencioso

y la vida, al menos la que uno ha conocido, se va alejando?



Yo pensaba que la gente entendía estas cosas.

Padecen la intrusión gradual de un vasto,

impersonal sistema de intercambios en el más íntimo dominio

donde cada objeto se refería a otro, cantándose entre ellos

en una hermosa regresión de olvido. La naturaleza como idioma

fiel a sus términos, pero con una cara casi humana

que tomó los románticos, oscuros movimientos de deseo, amor y pérdida

y les dio cuerpo, y los puso a la vista;

reemplazados por emblemas de lo más sublime,

como el Paraíso de Cantor, o Edward Witten con la vista perdida

mientras las hojas caen y un perrito corre entre ellas en el parque.

¿Algo de eso era mío? ¿Fue alguna vez de alguien?

El tiempo vuelve las cosas más sólidas de lo que fueron;

sin embargo, estas cosas imaginarias – delfines y campanas, la terraza

     soleada

y las alas verdes y brillantes, el islote lejano sobre el lago –

nunca fueron barreras, sino simples condiciones de ser, una niebla encantadora

que envuelve y luego cede como sorpresa blanda,

como si las cosas contra las que uno había empujado fueran cascotes de

     espacio.

El aire de la tarde parece más dulce. La luna,

surgiendo de un laberinto de nubes en el cielo abierto,

arroja una luz tenue sobre los árboles. Infinitamente lejos,

uno casi cree oir – como si los dedos de un gigante solitario

dibujaran el esquema puro y abstracto de esas cuerdas

en un momento privado de deleite – las ambiguas ondulaciones

de las silentes sílabas, como un murmullo de abejas.

2 de julio de 2010

Noy y Cortese leen un poema mío


Esto fue antes de ayer, en el Café Rivas, en San Telmo. También leyeron poemas de Martín Rodríguez y Estela Figueroa. Para mí, fue una muy buena opción a la monotonía grave en la que caigo cuando tengo que leer en voz alta. Brinca un poquito la cámara en "tu papá está grave" porque me reí -- Noy habló como una verdadera bobe Elena. Es raro que otro lea lo que una escribió. Es una pista de cómo entran esas palabras tan propias en la mente de los otros. Yo me siento muy honrada y estoy muy agradecida con Rita y Fernando. Abajo copio el poema; en el video no se escucha la primera línea.


Cómo hacer cosas con palabras


El zeide Aarón, en sus últimos años,

me compró el María Moliner,

el Simon & Schuster’s y el Garzanti,

y en el cauce ídish del porteño

con un beso y un abrazo, sentenció:

“No te entregues tan fácil”.

Do not go gently. Rabia y risa, y después,

cartas vía aérea con su letra trabajosa.

Y a la vuelta, almuerzos sencillitos

en el silencio austero de su departamento.

Se murió, claro. Yo ahora hago buen uso

de las palabras que se ocupó de conseguirme.



El zeide Leo, a mis ojos,

vivió entre pajaritos enjaulados

y máquinas de coser.

No me habló: pero puso mi nombre

en hilo rojo de bordar, en gran cursiva

en una bolsa de tela azul marino

que se ocupó de fabricar.

Él se murió; yo seguí usando

la bolsa unos dos años más.

El zeide Leo, entonces, dice Laura.



La bobe Elena: “Tu papá está grave.

Esa verruga es venenosa.

Es un secreto entre nosotras.

No lo fastidies”. ¡Mentira!

Cantó, jugamos,

me mostró qué tiene de importante

la forma en que la luz decide

atravesar cada grupo de hojas

en hileras de árboles,

me convirtió al chocolate de taza

y me mintió.



La Baba Etia. ¿Qué palabras...?

¿Cómo armamos tanta cosa en siete años?

¿En qué tonos y voces?

Cruce fugaz, pero fulminante.

Sólo puedo citar: “No aguanto más.

Nunca voy a salir de este hospital”.

Yo huí por un pasillo blanco

oníricamente interminable.


1 de julio de 2010

Qué bronca

Que para "impermanence" no exista "impermanencia". Hay que poner "transitoriedad" que no es igual, porque "impermanencia" se detiene en el hecho de no quedarse, mientras que "transitoriedad" más bien sigue a la idea mientras pasa de largo.
Broncas semánticas que pueden hacerme perder una hora de trabajo en la mañana gris.

*El budismo sí usa la palabra, como concepto específico. Pero a mí no me la aprueba ningún diccionario ni academia.

30 de junio de 2010

Frank O'Hara: el famoso cuentito de las sardinas y las naranjas


Supongo que será el más conocido de O'Hara. Frank el Bello, del que gustaban todos, que vivió rápido y poco. El amigo de Schuyler, el poeta de acá abajo. Otro día pongo un poema menos traducido. Quiero decir, uno que no sepamos (que no hayamos traducido) todos. Igual, éste me sigue gustando. Así que pongo mi versión, que es de hace varios años. La pintura es de Mike Goldberg.




 
 
 

 







Por qué no soy pintor


Yo no soy pintor, soy poeta.

¿Por qué? Creo que preferiría ser

pintor, pero no soy. Bien,


por ejemplo, Mike Goldberg

está empezando un cuadro. Paso a verlo.

“Sentate a tomar algo”, me

dice. Tomo, tomamos. Levanto

la vista. “Dice SARDINAS”.

“Sí, ahí necesitaba poner algo”.

“Ah”. Me voy y pasan los días

y paso otra vez. El cuadro

avanza, y me voy, y los días

pasan. Paso a verlo. El cuadro está

terminado. “¿Dónde está SARDINAS?”

No quedan más que

letras, “Era demasiado”, dice Mike.


¿Pero yo? Un día estoy pensando en

un color: naranja. Escribo una línea

sobre el naranja. Muy pronto es una

página entera de palabras, no líneas.

Luego otra página. Debería haber

tanto más, no de naranja, de

palabras, de lo terrible que es el naranja

y la vida. Los días pasan. Incluso es en

prosa, soy un poeta de verdad. Mi poema

está terminado y no hablé todavía

del naranja. Son doce poemas, lo llamo

NARANJAS. Y un día en una galería

veo el cuadro de Mike, llamado SARDINAS.
 

29 de junio de 2010

El fin de las ideologías

24 de junio de 2010

Lydia Davis: la que se me escapó de entre las manos

Mientras yo pasaba el verano desmaterializándome y rematerializándome en este libro de sobrecubierta color salmón, Farrar, Straus and Giroux le vendía a Seix Barral España -- ¡a mis espaldas! -- sus derechos de traducción para todo el fucking mundo de habla hispana. Cuando, convencida de que nadie sino yo tenía que traducir esas admiradas 733 páginas, empecé a mandar e-mails a varias puntas del mundo (sí, el mundo es puntiagudo) para lograr mi objetivo, fue la propia Lydia quien me dio la mala nueva ("espero que esto no te decepcione demasiado", me escribió). Hice mi humilde intento, aun así, con Seix Barral. No funcionó. Hay en este momento otra persona traduciendo lo que me tocaba a mí. ¿Ven que el mundo es puntiagudo y pincha? Sin embargo, yo también la traduzco. Sin paga, oh, a la luz de la vela, por no decir a la luz de la luna, en mi oficio o arte sombrío, ejercido en la noche silenciosa, etc. Aquí una muestra.
Miedo

Prácticamente todas las mañanas, cierta mujer de nuestro barrio sale corriendo de su casa con la cara pálida y el sobretodo flameando. Grita “¡Emergencia, emergencia!”, y uno de nosotros va corriendo y la sostiene hasta que sus miedos se calman. Sabemos que está inventando; no es que de verdad le haya pasado algo. Pero entendemos, porque difícilmente alguno de nosotros no haya sentido alguna vez el impulso de hacer lo que ella acaba de hacer, y cada vez hizo falta toda nuestra fuerza, y hasta la fuerza de nuestros amigos y familias, para tranquilizarnos.


Buenos momentos

Lo que les estaba pasando era que cada mal momento producía una mala sensación que a su vez producía varios malos momentos y otras varias malas sensaciones, de manera que su vida en común se llenó de malos momentos y malas sensaciones; tan llena quedó que no podía crecer casi nada más en ese campo oscuro. Pero una mañana ella tuvo una sensación de paz que persistía desde la noche anterior, en que había estado cosiendo mientras él leía en el cuarto de al lado. Y uno o dos días después tuvo una sensación de bienestar que persistía, a la mañana, desde la noche anterior, cuando él le había hecho compañía en la cocina mientras ella lavaba los platos de la cena. Si se incrementaban los buenos momentos, pensó, cada buen momento podría producir una buena sensación que a su vez produciría varios buenos momentos más que producirían varias buenas sensaciones más. Lo que quería decir era que los buenos momentos quizás se multiplicaran a una velocidad del cuadrado del cuadrado, o tal vez más rápido, como ratones, o como hongos que brotan de la noche a la mañana de la espora esparcida de un hongo padre que a su vez había brotado de la noche a la mañana junto a una multitud de otros de la espora esparcida de un padre, hasta que su vida con él estaría tan llena de buenos momentos que los buenos momentos podrían desplazar a los malos como los malos momentos habían, a esa altura, desplazado a los buenos.

Visita al marido

Ella y su marido están tan nerviosos que durante la conversación se la pasan entrando al baño, cerrando la puerta y utilizando el inodoro. Después salen y prenden un cigarrillo. Él entra y orina y deja la tapa del inodoro levantada y ella entra y la baja y orina. Hacia el final de la tarde, dejan de hablar del divorcio y empiezan a beber. Él toma whisky y ella toma cerveza. Cuando llega el momento en que ella tiene que irse para tomar el tren él ha bebido mucho y va al baño a orinar una última vez y no se molesta en cerrar la puerta.
Se preparan para salir y ella empieza a contarle la historia de cómo conoció a su amante. Mientras ella habla, él descubre que perdió uno de sus guantes caros y de inmediato está alterado y distraído. Se va abajo a buscar el guante. La historia está por la mitad y él no encuentra su guante. Cuando vuelve a entrar en la habitación sin haber encontrado su guante tiene menos interés en la historia. Más tarde, cuando caminan juntos por la calle, él le cuenta alegremente que le compró a su novia zapatos de ochenta dólares porque la quiere tanto.
Cuando vuelve a estar sola, está tan preocupada por lo que pasó durante la visita a su marido que camina por la calle muy rápido y se choca con varias personas en el subterráneo y en la estación de tren. Ni siquiera las ve, sino que les cae encima como algún elemento natural, tan de repente que no tienen tiempo de evitarla y ella hasta se sorprende de que haya alguien ahí. Algunas de estas personas se dan vuelta a mirarla y dicen “¡Por Dios!”.
Más tarde en la cocina de sus padres trata de explicarle al padre algo difícil en relación al divorcio y se enoja cuando él no entiende, y después al final de la explicación descubre que está comiendo una naranja, aunque no recuerda haberla pelado o siquiera haber decidido comérsela.




22 de junio de 2010

Reloj, no marques las horas (otra que el Bodegón de las Cebollas)


 "¿Qué lograba? Lograba eso que el mundo y el dolor de este mundo no lograban producir, a saber: la lágrima esférica y humana. Aquí se lloraba. Aquí, por fin, volvíase a llorar. Se lloraba discretamente, o sin reserva, abiertamente. Aquí corrían las lágrimas y lo lavaban todo. Aquí llovía, aquí caía el rocío."

(El de la foto es Andy, créanlo o no, en contacto visual con sus amigos fieles. El del textito es Gunther Grass, El tambor de hojalata, del capítulo "El Bodegón de las Cebollas", versión de Carlos Gerhard).


19 de junio de 2010

Tos: no le agarro la onda


A esta altura tal vez ya debería, pero la verdad es que la tos no me genera ningún pensamiento interesante.

18 de junio de 2010

James Schuyler: lo que nos es indispensable sin que lo sepamos

Que el humo se tuerza como planta marina y así vetee un bosque que recuerde la textura de una piedra de la que está hecha un abrecartas: a mí también me gustaría relacionar y encadenar de esta manera.
La de abajo es la zostera.












Un cuchillo de piedra

                                                                               26 de diciembre, 1969


Querido Kenward,

Qué perla

de abrecartas. Es justo

lo que necesitaba, algo

donde descansar los ojos, siempre

deseado, es decir

es eso que

sentía que me

faltaba pero

no lo sabía, sin uso

real y sin embargo

esencial como una caja

de botones, o los mapas, los verdes

cielos mañaneros, las islas y

canales en la avena, el vapor

del guiso de ostras. Ágata

marrón, veteada como un bosque

por un humo que presenta

la acuosa torsión de la zostera

en rápida concavidad desteñida de

herrumbre. Ondulantes líneas de

atardecer norteño –un Munch

sin la ansiedad– una

insinuación de casi ámbar:

a la nariz, un pensamiento

resinoso, al ojo,

una aguja laqueada, verde

allí donde no hay verde, una

post-imagen presente.

Pulido como un hacha, desnudo

y elegante como un lago,

varonil como un lingam,

petrificado clima de noviembre,

es la cosa justa

¿para hacer qué? ¿Para

abrir cartas? No,

es justamente la cosa, un

objeto, oscuro, feroz

y hermoso en el que

la sorpresa es que

la sorpresa, una vez

que pasa, sigue estando:

en el que disfrutar

no es consumir. Lo i-

rrecuperable retorna

en un mundo marrón

hecho de madera,

jaspeado de nieve, epi-

centro de tempestad

todavía en piedra.