21 de julio de 2013
15 de julio de 2013
10 de julio de 2013
Fiebre, deseo, hipocondría, poesía
Otro cuentito de Sandro Penna que estuve traduciendo:
Desde hacía varios días tenía
un poco de fiebre. Estaba claro que se trataba de un síndrome tuberculoso. Sabía,
en suma, que debía morir. Pero igualmente tenía que cortarse el pelo y
afeitarse. Así es: había comprendido que ni el que sabe que va a morir puede
escapar de las cosas de todos. Los pensamientos en este estado de ánimo, sí,
son diferentes; pero se acaba por ir igualmente al peluquero. Todo se hace con
esa lenta angustia de fondo, pero sin duda lo más triste es darse cuenta de que
no hay más que hacer que lo de siempre.
Así entró a lo del barbero.
Barba y cabello. Inútil ya ahorrar una lira y afeitarse solo. Además había
presentido algún placer en entretenerse un rato largo allí. (Cuando no estaba
enfermo le parecía un suplicio).
El muchacho que había empezado
a hacer jueguitos con la tijera sobre su cabeza era vulgar en extremo. Rosado
casi rojo, cara ancha casi redonda, carnoso casi gordo. Lindo todavía, por
joven. El dueño, por lo demás, habría sido aun peor. Manchado de barba blanca y
negra, con olor a cigarro y a sudor, tal vez con manos húmedas y frías que le
habrían acariciado el rostro. Y sin embargo a él se le pagaba; a él se sometía
el muchacho.
En este punto de sus
observaciones, el enfermo vio entrar al local, raudo pero callado e
inadvertido, a un chico de unos doce o trece años. Nadie le prestó atención.
También es cierto que después de entrar se apoyó en la pared y se quedó mirando
el techo. El enfermo comprendió de inmediato que iba a quedarse allí gustosamente
un rato largo. Él, que debía morir, tenía permitido regalarle toda su atención
a un jovencito. Que parecía suspendido en esa atmósfera de cosméticos, ausente
o leve, con los ojos verdes que no miraban “verdaderamente” cómo caían al piso
los pelos del enfermo.
Tenía unos shorts de ninguna
forma y de ningún color. Los llevaba sujetos al cinturón tal vez con una
cuerda. Los botones seguro que no estaban. Tenía una camisa o remera de un
blanco incierto. En suma, un pobre atorrantito como tantos otros: pero el
enfermo se embelesaba con la expresión suspendida de aquel muchacho. Además la
boca parecía ni cerrada ni abierta. De tanto en tanto interrumpía aquel
encantamiento alguna orden del patrón: “toma la escoba; enciende el gas;
muchacho, cepillo”. Pero él obedecía como un ángel prisionero al traficante.
Sin orgullo, sin enojo, no humillado, así simplemente obedecía; después
rápidamente retomaba esa actitud que al enfermo le resultaba tan misteriosa. No
sonreía nunca; su cara estaba inmersa en un flujo uniforme de dulzura ligera. Probablemente
pensaba en sus amigos, en las piedras del río, en las muchas zambullidas en el
agua y el cálido sol de después. Y pensaba también en su mamá pobre, en su
padre muerto y en esa necesidad de ganar cinco liras por día. Pero estas cosas
no le eran feas o dolorosas. A él le eran ajenas. No así los compañeros, las
zambullidas en el río. Esto le era, en su interior, dulcemente cercano.
En un cierto momento el chico
recibió una breve pero seca reprimenda. El enfermo no entendió por qué. Habría
dado una propina por saberlo. Y dos por librar al muchachito de la reprimenda. Pero
el muchachito hizo algo para remediarlo; se levantó, se dirigió, veloz, a la
trastienda, le llevó alguna cosa al patrón y todo fue como siempre. Se apoyó
contra la pared y sus ojos verdes no se habían oscurecido, su boca pequeña y
leve no estaba –ni abierta ni cerrada– fruncida; las mejillas apuntando
dulcemente al cuello grácil y altivo.
¿Y qué eran para él las miradas
del pobre enfermo? Ah, las había notado desde un primer momento, pero era
imposible saber cómo las había recibido. Quién sabe si ese chico sería capaz de
reacciones sociales. Ruborizarse por timidez. Observar al cliente con viril
ironía a manera de defensa. Pero no. Él no podía estar presente. Tal vez lo
estuviera entre sus amigos, sobre las piedras del río. En su elemento natural,
tal vez. Pero habría sido una presencia idéntica, animal. Más lindo este
desconcierto dentro de la peluquería.
Cuando el enfermo tuvo que irse
esperó largo rato los cincuenta centavos de vuelto que el propietario no
lograba encontrar. Le fueron pedidos en préstamo al chico que, entregada la
moneda, la vio de inmediato volver a su propia mano. El traspaso lo maravilló
finalmente y, finalmente, el enfermo recibió una mirada que lo interrogó. Una
mirada luminosa y calma, como de lejos, sin “gracias” alguno ni humildad, una
mirada que entonces terminó por hacer naufragar dulcemente toda tentativa
psicológica del pobre enfermo.
Pero aquella misma tarde la fiebre
desapareció. Y se rió de sus aprensiones, de pronto tan funestas. Se dijo que
era un tonto, tanto que ya había revelado, temeroso, sus miedos. Pero al volver
a pasar por la peluquería al día siguiente, volviendo a ver a aquel chiquillo
como cualquier otro, sucio y elemental, comprendió que la fiebre puede, después
de todo, ser útil para hacer poesía.
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1 de julio de 2013
Poema (porno) traducido a pedido
Un día Ale Méndez me tiró la onda de qué bueno si Laura tradujera este poema que me encanta. A mí también me gustó y además una vez que alguien me pide algo, si es alguien a quien quiero, ya el pedido queda registrado en cerebrito y alguna vez, más tarde que temprano en este caso, lo complazco.
Así que va este poema ultrasensual de Edwin Morgan, el escocés de la foto acá a la izquierda (¿habían pensado que era Ale?).
Frutillas
Nunca hubo otras frutillas
como las que comimos
esa tarde agobiante
sentados en el escalón
de la ventana abierta
uno frente al otro
tus rodillas en las mías
platos azules en las faldas
las frutillas reluciendo
bajo la luz quemante
las metíamos en azúcar
y nos mirábamos
sin apurar el festín
para pasar al que vendría
los platos vacíos
juntos sobre la piedra
tenedores cruzados
y me incliné hacia vos
dulce en el aire aquél
sin resistencia entre mis brazos
de tu boca deseosa
el sabor de las frutillas
en mi memoria
me recliné otra vez
que pueda amarte
que pegue el sol
sobre nuestro abandono
una hora de todas
el calor intenso
relámpagos de verano
en las colinas de Kilpatrick
que la tormenta lave los platos.
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19 de junio de 2013
13 de junio de 2013
La trillada metáfora me viene al pelo
El punto final a ciertas traducciones es un tirón melancólicamente placentero. Ay -- la astilla que te arrancan pero podrías haber conservado un rato más. Hasta pronto, David. Farewell and be kind.
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28 de mayo de 2013
Abran la barrera
Hoy alguien que quiero me habló (bien) de mi libro para chicos La noche en tren. Hacía mucho que no pensaba en ese libro, al que le tengo muchísimo cariño. Está publicado por Ediciones Tres en Línea y tiene unas increíbles ilustraciones de Gabriela Regina.
La cosa es que fui y lo releí, y me dieron ganas de mostrarlo. El libro está agotado. Por lo cual a continuación y muy descaradamente rompo mi autopromesa de no poner en este blog poemas míos.
Pienso que la indisciplina lleva, por lo general, a cosas buenas.
La noche en tren
Buenas noches. ¿Se están yendo a dormir?
¿Ya apoyaron la cabeza en la almohada?
¿Se les cierran los ojos de sueño?
¿O hay por ahí alguna niñita desvelada,
algún bostezo que no encuentra dueño?
Tengo algo para contar, ¿quieren oir?
Se trata, precisamente, de dormir.
Algunos piensan que dormir es aburrido.
Que es muy larga la noche, y sin sentido.
Eso depende de adónde vayan los dormidos.
En mi barrio, por ejemplo, existe un tren
mágico y misterioso: en el andén
todos están dormidos, pero ven.
el secreto tren nocturno, silbando.
“¿Nadie despierto?”, se asegura el
maquinista.
Y los chicos le responden: “¡Ni soñando!”.
“Muy bien: entonces paso a tomar lista:
Tania, Patricio, Piero, Reina, Selva, Mia.
Rapidito, que no nos sorprenda el día”.
Al llegar a este punto
me detengo un momento
a aclarar un asunto
que es central para el cuento.
Les pregunto:
¿ustedes duermen con algún muñeco?
¿Superhéroe, princesa, osito o coche
que les haga compañía de noche?
Los chicos de mi barrio también.
Así, en cuanto oscurece pasa el tren
que los lleva a recorrer, de nueve a siete,
el lugar donde nació cada juguete.
Tania se duerme con una muñeca rusa.
Patricio, con un pato de goma.
Piero con un autito fatto in Roma
que tiene asientos forrados en gamuza.
Reina no saca a la princesa del estuche
para que no se le arrugue la capa.
Pero la acuesta a su lado y la tapa.
Selva se abraza a un leoncito de peluche.
La muñeca de trapo de Mia
hace muchos años perteneció a su tía.
Ahora es de ella, y como es una antigüedad
no la presta ni por casualidad.
“¿Qué pasó?”, se preocupan los nenes.
“¡Primera parada!”, grita el maquinista.
“Pueden bajar y contemplar la vista”.
Tania se extraña: “Pero, ¿dónde estoy?”.
Grita su propia muñeca: “¡En el Bolshoi!
¡El teatro donde yo era bailarina
antes de mudarme a la Argentina!”.
Salta del tren, y Tania ni lo duda;
los otros van detrás, alucinados:
“¿Qué es esto: un lugar encantado?”.
Cúpulas doradas, puntiagudas,
adornadas como caramelos
que parece que giran hacia el cielo.
“¡Es Moscú, señores y señoras!”.
Y se oye desde la locomotora:
“Recuerden que tienen sólo media hora”.
En media hora, la muñeca vivaracha
los embarca en un paseo por el río,
les regala un reloj,
les baila un cosachok,
y, para calmar un poco el frío,
los invita con sopa de remolacha.
Patricio tiene un año, duerme en cuna.
Y su patito nació en una laguna.
La laguna está dentro de una historia
que casi todos sabemos de memoria.
“¿Entraron alguna vez a un cuento?”,
pregunta el pato. “Éste es un buen momento.
Se trata, claro, del Patito feo:
escuchen... se acerca un aleteo”.
Los seis chicos quedan boquiabiertos:
"¡Pero entonces este cuento era
cierto!”.
El famoso pato raro, cisne bello
en vivo y en directo está ante ellos.
El cisne viene con sus cisnecitos;
son siete: todos a los gritos.
“Hijos”, les dice, “conozcan a su tío.
Este pato es casi casi hermano mío”.
Uno por uno, empiezan a llegar
las aves y los peces del lugar.
El maquinista interrumpe el momento:
“¡Tenemos que seguir; lo siento!”.
El pato se despide: “¡Hasta prontito!
Cualquiera de estos días los visito.
Ahora me tengo que ir: me espera
mi espumosa y calentita bañadera”.
“Todo muy lindo”, dice Piero y bosteza,
“¡pero ya basta de
naturaleza!
Mi autito extraña la velocidad
y yo quiero conducir por su ciudad”.
“Siamo
arrivati”, dice el auto en su idioma.
“Llegamos”, les traduce Piero.
Voces, silbatos, motores y bocinas
interpretan un concierto callejero.
La gente espera largo rato en las esquinas
para cruzar. ¡Bienvenidos a Roma!
¿Velocidad aquí? ¡Ni en broma!
“Los llevo de paseo sin apuro”,
dice el autito. “Les aseguro
que se van a divertir. Iremos lento
entre palacios, plazas y monumentos.
Pero eso sí: no salten en mis asientos.
Al que mejor se siente
le mostraré una fuente
que dicen que cumple los deseos.
Después vamos a comer fideos
con mejillones, y les compro un helado
si prometen no mancharme el tapizado”.
Ruidos de celofán en el vagón...
Música de fanfarria en el salón...
A ver; silencio: escuchen.
Creo que hay alguien saliendo de su estuche.
Reina peina y besa a su princesa:
“¡Basta de siesta, hay fiesta en el
palacio!”.
Al pelo lacio da brillo con cepillo.
Después la suelta; muy desenvuelta
se marcha la princesa, pero regresa.
Y a los chicos en pijama llama:
“¡La fiesta con orquesta es para mí!
¡Vengan así, en camisón de algodón,
en calzón, en pantuflas con pompón!”.
Entran despacio al palacio. La princesa
a todos embelesa: “¿Quién es ésa?”,
pregunta el conde, y una voz responde:
“¿Cuál? ¿La de zapatos de cristal?
¿La que tiene el vestido encendido
con puntilla amarilla que brilla?”.
(“La del traje de encaje”, aclara el paje).
“¿La que tiene el tocado adornado
con un broche dorado?
¿La que nunca se cansa en la danza
y avanza en la pista como equilibrista
seguida de cerca por el violinista
y a todos conquista?”.
“¡Ésa, sí! ¡Sí, sí, ésa!
¡La invitada sorpresa!
¡La que al príncipe besa!”.
El tren sigue hacia la próxima estación:
“¡Hogar, dulce hogar!”, ruge el león.
Selva no comprende; aquí algo falta:
¿Dónde están los altos árboles, las lianas,
la mona Chita, Tarzán que grita y salta?.
“No es la selva: yo vivo en la sabana
una tierra calurosa y plana.
¡Vengan a verla, salgan por la ventana!”.
“Esto es Kenia”, le enseña
el león a su dueña,
“y lo que viene desde el horizonte
agitando su cuerno, bien furioso,
es nada menos que un rinoceronte”.
Los chicos miran asustados. “¡Qué chistoso!”,
se enoja Selva, “¿y
ahora quién nos defiende?”.
El león vuelve a bromear: “No sé, depende.
Les puedo presentar al cocodrilo:
si no tiene hambre es un muchacho muy
tranquilo.
O aquí llega, justamente, el leopardo:
¡Corran al tren; hasta yo me acobardo!”.
A la carrera vuelven todos al vagón.
El maquinista los alienta: “¡Vaya susto!
Pero volver a casa ahora sería injusto:
nos falta solamente una estación”.
Arranca el tren, pero para el otro lado.
Marcha atrás se llega a los tiempos pasados,
donde viven los juguetes de antes.
Atendidas por una marioneta
toman el té dos peponas elegantes.
De vez en cuando les ofrecen galletas
a jefes indios, vaqueros y soldados
hechos de plomo y estaño, bien gastados.
La muñeca de trapo de Mia
salta del tren: "¡Ahí está mi alcancía
de hojalata! Y acá vienen mis hermanas,
Blanca y Clarita: son de porcelana”.
Mia frunce el ceño: “¿Y las de plástico?”.
“No existen”, le responden, “¿no es
fantástico?”.
“¿Y esas dos? ¿A qué juegan?”.
“¡Al elástico!”.
Son las seis, y el maquinista los apura:
el viaje acaba cuando acaba la noche
y ya la noche no parece tan oscura.
Las tres muñecas, el león, el pato, el coche
y los seis chicos, después de la aventura
se suben al vagón sin un reproche.
En un minuto, los chicos están dormidos.
Los que no pueden dormir son los juguetes.
Mientras conduce, el maquinista les promete
que volverán de visita muy seguido.
Amanece, y cada cual duerme en su cama
con camisón, con chupete, con pijama.
Tania, Patricio, Piero, Reina, Selva y Mia
sueñan bajo el acolchado. ¿Quién diría
que se pasaron la noche de paseo
en un tren conducido por Morfeo?
Porque Morfeo se llama el maquinista
que transforma a los durmientes en turistas,
en paseantes, en expedicionarios.
Si creen que el viaje es cansador
sepan que ocurre exactamente lo contrario:
el que durmiendo la pasa mejor,
mejor descansa, y está de buen humor
por la mañana, cuando canta el canario
y al mismo tiempo suena el despertador.
Ahora me voy,
me voy yendo,
para dejarlos dormir.
¿Apago la luz? ¡La prendo!
Algo más quiero decir.
No se pongan impacientes,
tengo una noticia urgente
–que creo que es excelente–:
el tren nocturno, desde hoy
ha ampliado su itinerario.
¡Pasa por todos los barrios!
(Siempre con el mismo horario).
Lo van a reconocer
aunque es mágico y secreto
porque el conductor, coqueto,
tiene enganchado un clavel
en el ojal, y un cartel
pegado en la ventanilla
explica, en forma sencilla,
qué es lo que tienen que hacer:
“A ninguno de estos mundos
se puede viajar despierto
ni durmiendo así nomás
con los ojos entreabiertos.
Sólo el que duerma profundo
y respirando al compás
del quetrén-quetrén quizás
se suba al tren vagabundo”.
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22 de mayo de 2013
Fantasías rimadas de ayer y hoy
¿Ya hablé acá de Hilaire Belloc, catolicón
ultrarrecalcitrante de fina estampa? Ah, no, fue en Twitter. Como sea, estuve jugueteando
con un libro suyo que por lo que sé nunca le hizo visita alguna al castellano.
Se llama Cautionary Tales for Children y corre al lado de Edward Lear, o al
menos por esos caminos. Son todos poemitas de advertencia fiera; poemas de
sinsentido. Traducirlos, me parece, es en gran medida reescribirlos. A mí me
divierte pero nunca encuentro tiempo. Pongo uno: original y copia trucha.
Franklin Hyde,
Who caroused in the Dirt and was corrected by His Uncle.
His Uncle
came on Franklin Hyde
Carousing in the Dirt.
He Shook him hard from Side to Side
And Hit him till it Hurt,
Carousing in the Dirt.
He Shook him hard from Side to Side
And Hit him till it Hurt,
Exclaiming, with a Final Thud,
"Take that! Abandoned Boy!
For playing with Disgusting Mud
As though it were a Toy!"
Moral
From
Franklin Hyde’s adventure, learn
To pass your Leisure Time
In Cleanly Merriment, and turn
From Mud and Ooze and Slime
And every form of Nastiness—
But, on the other Hand,
Children in ordinary Dress
May always play with Sand.
To pass your Leisure Time
In Cleanly Merriment, and turn
From Mud and Ooze and Slime
And every form of Nastiness—
But, on the other Hand,
Children in ordinary Dress
May always play with Sand.
Luis
Pascual,
el que parrandeó en el barro y fue reprendido por su
tío.
Su tío encontró a Luis
Pascual
de parranda en el
barro.
Le dio un zarandeo
brutal
y le pegó a lo
guarro.
Exclamó, con la
última tunda:
“¡Ahí tienes, niño
meterete!
¡Por jugar con esta
tierra inmunda
cual si fuera un
juguete!”.
Moraleja
Aprende, pues, de
esta aventura
a divertirte con
aseados modos
y a alejarte, por
senda segura,
de la mugre, del
barro y del lodo
o cualquier otro
hediondo betún.
Sin embargo, una noticia
buena:
que los niños en
ropa común
siempre pueden
jugar con arena.
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cosas que traduje
20 de mayo de 2013
Espiando el Markson nuevo
En Pisa, cuando lo dejaban salir de su
jaula militar para hacer ejercicio, a veces Ezra Pound balanceaba un palo de
escoba como si fuera un bate de béisbol.
¿Quién finges que está lanzando, tío Ez?
¿Acaso
no puede ver a Dizzy Dean, soldado?
David Markson, "Esto no es una novela".
Próximamente por La Bestia Equilátera.
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10 de mayo de 2013
Otra del género "película de aula"
El aula de primaria siempre me pareció un mundo en sí misma; un universo aparte donde todo está en quieta ebullición: se está produciendo día a día la alquimia que arrastra hacia el futuro pero nadie se da cuenta porque es tan rutinaria la cosa que el fogonazo queda oculto por el zumbido de la repetición. Cuando estaba en primaria no dudaba de que yo iba a ser maestra de primaria (me llamaría Marta o Susana). Los maestros de primaria me emocionan pero no sólo ahora: me emocionaban mis propias maestras; aun siendo chica las imaginaba envejeciendo en esa burbuja ideal y recibiendo a ex-alumnos adultos que pasaban a saludarlas. A ver si nos entendemos: esta escena imaginaria me hacía llorar a los 9, 10 años. Sí, ya sé, bueno, así salí.
Todo esto para decir que me gustó mucho esta película:
Todo esto para decir que me gustó mucho esta película:
Y para mandarles un saludo a mis señoritas Marta (capa del mi mamá me ama, maestra de maestras), Dina (la ídola de mi infancia: me enseñó las reglas de acentuación y le legó su nombre a mi hijo); Leda (que era bizca y medio mala); María Esther (una abuela sabia y buena); María Elena (cool y joven: me regaló "Katy va a la escuela" para mi cumpleaños); Silvia y Liliana (competían por mi cariño); y Coty (toleró toda mi melancolía de egresada). A Marta la tuve en primero y en séptimo: justo para mí la simbología del hola y el adiós.
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