30 de junio de 2010

Frank O'Hara: el famoso cuentito de las sardinas y las naranjas


Supongo que será el más conocido de O'Hara. Frank el Bello, del que gustaban todos, que vivió rápido y poco. El amigo de Schuyler, el poeta de acá abajo. Otro día pongo un poema menos traducido. Quiero decir, uno que no sepamos (que no hayamos traducido) todos. Igual, éste me sigue gustando. Así que pongo mi versión, que es de hace varios años. La pintura es de Mike Goldberg.




 
 
 

 







Por qué no soy pintor


Yo no soy pintor, soy poeta.

¿Por qué? Creo que preferiría ser

pintor, pero no soy. Bien,


por ejemplo, Mike Goldberg

está empezando un cuadro. Paso a verlo.

“Sentate a tomar algo”, me

dice. Tomo, tomamos. Levanto

la vista. “Dice SARDINAS”.

“Sí, ahí necesitaba poner algo”.

“Ah”. Me voy y pasan los días

y paso otra vez. El cuadro

avanza, y me voy, y los días

pasan. Paso a verlo. El cuadro está

terminado. “¿Dónde está SARDINAS?”

No quedan más que

letras, “Era demasiado”, dice Mike.


¿Pero yo? Un día estoy pensando en

un color: naranja. Escribo una línea

sobre el naranja. Muy pronto es una

página entera de palabras, no líneas.

Luego otra página. Debería haber

tanto más, no de naranja, de

palabras, de lo terrible que es el naranja

y la vida. Los días pasan. Incluso es en

prosa, soy un poeta de verdad. Mi poema

está terminado y no hablé todavía

del naranja. Son doce poemas, lo llamo

NARANJAS. Y un día en una galería

veo el cuadro de Mike, llamado SARDINAS.
 

29 de junio de 2010

El fin de las ideologías

24 de junio de 2010

Lydia Davis: la que se me escapó de entre las manos

Mientras yo pasaba el verano desmaterializándome y rematerializándome en este libro de sobrecubierta color salmón, Farrar, Straus and Giroux le vendía a Seix Barral España -- ¡a mis espaldas! -- sus derechos de traducción para todo el fucking mundo de habla hispana. Cuando, convencida de que nadie sino yo tenía que traducir esas admiradas 733 páginas, empecé a mandar e-mails a varias puntas del mundo (sí, el mundo es puntiagudo) para lograr mi objetivo, fue la propia Lydia quien me dio la mala nueva ("espero que esto no te decepcione demasiado", me escribió). Hice mi humilde intento, aun así, con Seix Barral. No funcionó. Hay en este momento otra persona traduciendo lo que me tocaba a mí. ¿Ven que el mundo es puntiagudo y pincha? Sin embargo, yo también la traduzco. Sin paga, oh, a la luz de la vela, por no decir a la luz de la luna, en mi oficio o arte sombrío, ejercido en la noche silenciosa, etc. Aquí una muestra.
Miedo

Prácticamente todas las mañanas, cierta mujer de nuestro barrio sale corriendo de su casa con la cara pálida y el sobretodo flameando. Grita “¡Emergencia, emergencia!”, y uno de nosotros va corriendo y la sostiene hasta que sus miedos se calman. Sabemos que está inventando; no es que de verdad le haya pasado algo. Pero entendemos, porque difícilmente alguno de nosotros no haya sentido alguna vez el impulso de hacer lo que ella acaba de hacer, y cada vez hizo falta toda nuestra fuerza, y hasta la fuerza de nuestros amigos y familias, para tranquilizarnos.


Buenos momentos

Lo que les estaba pasando era que cada mal momento producía una mala sensación que a su vez producía varios malos momentos y otras varias malas sensaciones, de manera que su vida en común se llenó de malos momentos y malas sensaciones; tan llena quedó que no podía crecer casi nada más en ese campo oscuro. Pero una mañana ella tuvo una sensación de paz que persistía desde la noche anterior, en que había estado cosiendo mientras él leía en el cuarto de al lado. Y uno o dos días después tuvo una sensación de bienestar que persistía, a la mañana, desde la noche anterior, cuando él le había hecho compañía en la cocina mientras ella lavaba los platos de la cena. Si se incrementaban los buenos momentos, pensó, cada buen momento podría producir una buena sensación que a su vez produciría varios buenos momentos más que producirían varias buenas sensaciones más. Lo que quería decir era que los buenos momentos quizás se multiplicaran a una velocidad del cuadrado del cuadrado, o tal vez más rápido, como ratones, o como hongos que brotan de la noche a la mañana de la espora esparcida de un hongo padre que a su vez había brotado de la noche a la mañana junto a una multitud de otros de la espora esparcida de un padre, hasta que su vida con él estaría tan llena de buenos momentos que los buenos momentos podrían desplazar a los malos como los malos momentos habían, a esa altura, desplazado a los buenos.

Visita al marido

Ella y su marido están tan nerviosos que durante la conversación se la pasan entrando al baño, cerrando la puerta y utilizando el inodoro. Después salen y prenden un cigarrillo. Él entra y orina y deja la tapa del inodoro levantada y ella entra y la baja y orina. Hacia el final de la tarde, dejan de hablar del divorcio y empiezan a beber. Él toma whisky y ella toma cerveza. Cuando llega el momento en que ella tiene que irse para tomar el tren él ha bebido mucho y va al baño a orinar una última vez y no se molesta en cerrar la puerta.
Se preparan para salir y ella empieza a contarle la historia de cómo conoció a su amante. Mientras ella habla, él descubre que perdió uno de sus guantes caros y de inmediato está alterado y distraído. Se va abajo a buscar el guante. La historia está por la mitad y él no encuentra su guante. Cuando vuelve a entrar en la habitación sin haber encontrado su guante tiene menos interés en la historia. Más tarde, cuando caminan juntos por la calle, él le cuenta alegremente que le compró a su novia zapatos de ochenta dólares porque la quiere tanto.
Cuando vuelve a estar sola, está tan preocupada por lo que pasó durante la visita a su marido que camina por la calle muy rápido y se choca con varias personas en el subterráneo y en la estación de tren. Ni siquiera las ve, sino que les cae encima como algún elemento natural, tan de repente que no tienen tiempo de evitarla y ella hasta se sorprende de que haya alguien ahí. Algunas de estas personas se dan vuelta a mirarla y dicen “¡Por Dios!”.
Más tarde en la cocina de sus padres trata de explicarle al padre algo difícil en relación al divorcio y se enoja cuando él no entiende, y después al final de la explicación descubre que está comiendo una naranja, aunque no recuerda haberla pelado o siquiera haber decidido comérsela.




22 de junio de 2010

Reloj, no marques las horas (otra que el Bodegón de las Cebollas)


 "¿Qué lograba? Lograba eso que el mundo y el dolor de este mundo no lograban producir, a saber: la lágrima esférica y humana. Aquí se lloraba. Aquí, por fin, volvíase a llorar. Se lloraba discretamente, o sin reserva, abiertamente. Aquí corrían las lágrimas y lo lavaban todo. Aquí llovía, aquí caía el rocío."

(El de la foto es Andy, créanlo o no, en contacto visual con sus amigos fieles. El del textito es Gunther Grass, El tambor de hojalata, del capítulo "El Bodegón de las Cebollas", versión de Carlos Gerhard).


19 de junio de 2010

Tos: no le agarro la onda


A esta altura tal vez ya debería, pero la verdad es que la tos no me genera ningún pensamiento interesante.

18 de junio de 2010

James Schuyler: lo que nos es indispensable sin que lo sepamos

Que el humo se tuerza como planta marina y así vetee un bosque que recuerde la textura de una piedra de la que está hecha un abrecartas: a mí también me gustaría relacionar y encadenar de esta manera.
La de abajo es la zostera.












Un cuchillo de piedra

                                                                               26 de diciembre, 1969


Querido Kenward,

Qué perla

de abrecartas. Es justo

lo que necesitaba, algo

donde descansar los ojos, siempre

deseado, es decir

es eso que

sentía que me

faltaba pero

no lo sabía, sin uso

real y sin embargo

esencial como una caja

de botones, o los mapas, los verdes

cielos mañaneros, las islas y

canales en la avena, el vapor

del guiso de ostras. Ágata

marrón, veteada como un bosque

por un humo que presenta

la acuosa torsión de la zostera

en rápida concavidad desteñida de

herrumbre. Ondulantes líneas de

atardecer norteño –un Munch

sin la ansiedad– una

insinuación de casi ámbar:

a la nariz, un pensamiento

resinoso, al ojo,

una aguja laqueada, verde

allí donde no hay verde, una

post-imagen presente.

Pulido como un hacha, desnudo

y elegante como un lago,

varonil como un lingam,

petrificado clima de noviembre,

es la cosa justa

¿para hacer qué? ¿Para

abrir cartas? No,

es justamente la cosa, un

objeto, oscuro, feroz

y hermoso en el que

la sorpresa es que

la sorpresa, una vez

que pasa, sigue estando:

en el que disfrutar

no es consumir. Lo i-

rrecuperable retorna

en un mundo marrón

hecho de madera,

jaspeado de nieve, epi-

centro de tempestad

todavía en piedra.

17 de junio de 2010

James Schuyler: la luz que presiona y a la vez tironea


Schuyler es uno de los mejores descriptores de cielos que conozco. Otra cosa que le sale muy bien es explicar sensaciones y sentimientos a través de imágenes botánicas. Pero en este poema lo que me encanta es que parece haber agarrado al bosque desprevenido, como un corresponsal de incógnito: qué hace la naturaleza cuando nadie la ve -- cuando cree que nadie la ve.




Justo antes del otoño


en los intervalos quietos entre vientos de equinoccio

el silencio resplandece

o en un bosque de abetos

se muestra como troncos rayados, claros, oscuros

vistos entre ellos

todos iguales, cada uno diferente:

un bosque despojado de sus ramas más bajas

que yacen vagamente apiladas junto al sendero

musgosas, con liquen, pudriéndose.



El sol está en el cielo como si fuera su retrato.

A las áster las inclina una brisa

que para plantas más leñosas sería indigno notar.

Varas de oro erguidas como cúspides

o de otro tipo, que señalan en lenguaje gestual indio:

“Por aquí”.



Por la tarde temprano la luna sube al cielo

mientras el sol va hacia el oeste

su luz ingrávida se posa

sobre un zarzal de saucos y cerezos silvestres.

Parece que la luz los presionara

y los tironeara desde arriba

así como una lancha huye de la estela

que parece propulsarla

a través de ilusiones de verde

hechas por árboles negros reflejados en el agua astillada

que toma forma.



¡Maravillosa energía universal,

expresada en una estelar quietud!

La Vía Láctea desplegada

sobre la casa anoche

y las Pléyades

a la vista débilmente exclamaban:

“La mejor forma de ver las estrellas

es mirar un poco hacia un costado”

un universo en su red de espacio

debilitándose, concluyendo, continuando

Lluvias

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