28 de mayo de 2015

Sobre ser niño y que te lean y sobre leerle a un niño

Este año, en la Feria del Libro, la Secretaría de Cultura de México me invitó a participar de una charla llamada "Pibes y chamacos: nuevos lectores", junto al simpatiquísimo Francisco Hinojosa. Esto que copio es el texto que llevé para leer, ya que improvisar en público es lo que menos me sale después del salto en alto y el fliflá.


El otro día en la puerta de la escuela (perdón pero cuando uno tiene hijos hay un montón de reflexiones que empiezan con “El otro día en la puerta de la escuela”) la madre de una compañera de mi hija me preguntó: “¿Cómo hacés para que a Amelia le guste leer?” (siendo Amelia mi hija). Me causó un poco de gracia la estructura semántica de la pregunta, que además fue formulada en un tono casi quejoso, casi como un “ya hice de todo pero”, porque desconfío de la noción de “hacer que a alguien le guste” algo. No veo cómo el gusto podría surgir de algún voluntarismo, y mucho menos de ningún autoritarismo. Volví a pensar en ese pequeño diálogo cuando me invitaron a esta mesa, y entonces recordé eso que dice Daniel Pennac: “El verbo leer no tolera el imperativo”.
La propuesta de este encuentro es discutir de qué manera se escribe para los nuevos lectores de nuestra época o, tal vez, cómo son estos nuevos lectores. No soy capaz de responder ninguna de las dos preguntas. Ante todo porque nunca escribí con los lectores en mente: para mí la tarea de escribir, en una primera instancia, es un acto puramente egoísta, que hago conmigo misma en la mayor intimidad. En ese momento la recepción de lo que estoy escribiendo es una posibilidad lejana, fuera de cuadro – de hecho, muy pero muy lejos del cuadro.
Sin embargo, ahora que describí ese momento de intimidad, de soledad y silencio que es la situación de escritura, me di cuenta de lo complicado que se está poniendo preservar estas cápsulas: la capacidad de estar solo frente a una hoja o una pantalla en blanco, o frente a una pintura o una foto e incluso frente a otra persona. Estar solo con una persona, prestándose mutua atención y sin atender al llamado ancestral y visceral del mensaje de texto, el whatsapp, los mails o twitter es ya una situación poco común. No enuncio esto como una defensa desgarradora de lo que fue y ya no es sino sólo para pensar si esa relación simbiótica y pasional que conocimos algunos entre una persona y un libro sigue y seguirá existiendo.
Por lo que pude observar como madre, los chicos conservan esa cápsula de atención  hasta cierta edad, cuando juegan solos. Aunque al lado les resuenen las alarmas, aunque tengan tele, Play Station y computadora y el Ipad les avise que “alguien está arrasando tu aldea” en el Clash of Clans, si tienen hasta 8 o 9 años los chicos pueden seguir alimentándose de la escena imaginaria que se han planteado como juego o, en algunos casos, de la lectura. Tal vez a las niñas les dura un poquito más, pero la verdad es que estoy guiándome por la observación de sólo dos sujetos y algunos sujetitos esporádicos: mi hijo, mi hija y sus amigos.
Entonces acá vuelvo a las cuestiones anteriores: cómo a un chico llega a gustarle la lectura y cómo leen los que están empezando a leer en esta época. No es que vuelva porque haya encontrado respuestas. Pero lo primero que se me ocurre es que la actitud de mostrarle a un niño que leer puede dar placer no tiene tanto que ver con escribir como con leerle. Leer junto con los chicos en esa época en que todavía son capaces de pasar ratos en la cápsula. Leerles como padres, o tíos, o abuelos, o maestros, o incluso como hermanos mayores. Hay una intimidad en el acto de leer y escuchar leer que casi parece crear penumbra alrededor. O como dice, nuevamente, Pennac (en ese ensayo hermosísimo que se llama Como una novela): “En el límite entre el día y la noche, nos convertimos en su novelista”. Y después agrega algo que también me resulta muy iluminador: “Le enseñamos todo sobre el libro en esos tiempos en que no sabía leer”. Entonces pienso: no sabía leer pero sí sabía hablar. ¡Y cómo!
Que los niños son capaces de generar argumentos inesperados y desprejuiciados para sus historias viboreantes e infinitas es algo que casi todos, escribamos o no, pudimos comprobar si tuvimos suficiente contacto verbal con alguno de ellos. Pero como yo escribo más poemas que historias, y mi atención suele fijarse en esa misteriosa relación entre percepción y lenguaje, las conversaciones con los niños suelen tenerme de asombro en asombro. Lo que está ahí es el nudo de la poesía. Hay una densidad de temas vitales y un desconocimiento de los lugares comunes del lenguaje que hace que la poesía surja con más facilidad en la conversación de un niño –la mayoría de las veces sin intención, claro– que en los intentos de escritura de un adulto. Me parece que esto es así ahora y lo fue antes, acá y en México y en cualquier parte, entre pibes o entre chamacos. Por eso me da la impresión de que no es difícil que a un chico chiquito le guste leer, o que le lean: todavía está muy cerca de esa relación casi táctil, casi gustativa con el lenguaje.
En su Gramática de la fantasía, Gianni Rodari vuelve sobre la famosa imagen del guijarro arrojado en el estanque y todos los movimientos y efectos que va produciendo mientras cae. “Cuando finalmente toca fondo”, dice, “remueve el limo, golpea objetos caídos anteriormente y que reposaban olvidados, altera la arenilla tapando alguno de esos objetos y descubriendo otros”. Este fenómeno, que Rodari describe para referirse a la invención literaria, creo que también explica lo que producen las lecturas tempranas. Y cuando digo “tempranas” me refiero a tempranísimas, en esa edad que mencionaba Pennac: cuando todavía no se sabe leer y todavía se sabe escuchar.
Antes de que yo aprendiera a leer mi papá nos leyó a mi hermana y a mí, durante muchas noches, Las doce hazañas de Hércules de Monteiro Lobato. Es un libro de 567 páginas con alguna que otra ilustración. No sé si es cierto o si es sólo parte de mi mitología personal pero yo creo que fue ese libro el que me instaló en esta relación íntima con el lenguaje que me sigue acompañando hasta hoy, por más que la cápsula inicial se haya desbaratado y ya no pueda pasar más de media hora sin tuitear o sin mirar los mails si estoy en mi casa. Aunque en verdad, ¿qué es tuitear sino seguir moldeando lenguaje?
A los nueve años, después de haber leído varias novelas de Monteiro Lobato y haberme familiarizado con Naricita, Perucha, Emilia, el Vizconde de la Mazorca y sus demás personajes, leí otra vez, pero ahora sola, y durante muchísimas noches también, Las doce hazañas de Hércules. Como el guijarro que va cayendo hacia el fondo, esas palabras regresadas modificaban todo. Siempre recuerdo la noche que terminé el libro: lo cerré y me puse a llorar. No aguantaba la idea de quedarme fuera de ese mundo. “¡Adiós, Hércules, gran amigo!”, saludan los personajes de Monteiro Lobato antes de abandonar la Grecia mitológica para volver a su presente y su Brasil. La frase, inscripta debajo de la ilustración, me hacía llorar todas las veces que la leía.
Antes de la despedida, Hércules les había dicho:
“Amigos míos, no sé hablar. No recibí la educación que transforma a la criaturas. Mi educación fue solamente física (...). Me criaron al aire libre; me enseñaron a desarrollar solamente los músculos y la agilidad. En cuanto a lo demás, quedé tal como nací: un terreno baldío, como dice Emilia, en el que las plantas crecen sin disciplina. (...) Con vosotros aprendí mucho. Mis conversaciones con Emilia, Perucho y el Vizconde fueron verdaderas lecciones de las que jamás me olvidaré”.
Hace dos o tres semanas mi hijo, de tendencia eminentemente deportista, me manifestó su gusto por la mitología griega. Viene leyendo una saga de ésas interminables que mezclan fantasía con mitología (de ésas en traducción ante las que fruncimos instintivamente el ceño), pero ahora además lo están viendo en la escuela. Claro que los nombres no le eran ajenos, y claro que los he hostigado a los dos esgrimiendo inesperadamente el Pierre Grimal o la Ilíada semideshecha en medio de la cena desde que eran chicos, pero nunca hasta ahora mi hijo había sacado voluntariamente el tema y mucho menos con semejante entusiasmo.
A los pocos días agarramos Troya en la tele, ya empezada. La vimos los tres: un chico de 12, una nena de 8 y esta tonta que habla lagrimeamos por Patroclo, por Héctor y por Aquiles.
Como el guijarro que se hunde no deja nunca de producir ondas y sacudones, esa primera lectura en la penumbra, que me llevó a leer por mí misma apenas pude y casi al mismo tiempo a escribir, sigue, en palabras de Rodari, “apartando algas y asustando peces”. Y así fue que la semana pasada, tras décadas de darlo por perdido, interrogué a mi padre sobre el mítico libro y resultó ser que, disfrazado con un contact blanco, había estado todo el tiempo ahí, en su biblioteca.
Rodari sigue diciendo después que “De forma no muy diferente [a la del guijarro] una palabra dicha sin pensar, lanzada en la mente de quien nos escucha, produce ondas de superficie y de profundidad, provoca una serie infinita de reacciones en cadena, involucrando en su caída sonidos e imágenes, analogías y recuerdos, significados y sueños, en un movimiento que afecta a la experiencia y a la memoria, a la fantasía y al inconsciente, y que se complica por el hecho de que la misma mente no asiste impasible a la representación”.
Así la palabra dicha, recitada, leída de forma no premeditada, por diversión, por amor, por ayudar a un niño a dormirse, probablemente permanezca iluminando y modificando todas las palabras que vengan después, de manera sutil, densa pero liviana, como la conversación de cualquier chico.


18 de mayo de 2015

Dylan Thomas, su oficio taciturno o solitario

Hace un tiempo, para el taller de traducción, propuse volver a la vieja y querida declaración de principios del viejo y querido Dylan Thomas, In My Craft or Sullen Art. Me pareció todo un desafío no sólo por las dificultades propias del poema (el vocabulario, rima y métrica bastante sutiles -- en fin: que sea Dylan Thomas) sino también porque creo que para todos nosotros la versión en castellano cristalizó en la muy buena traducción de Elizabeth Azcona Cranwell
Lo pensamos como un ejercicio doble: intentar una primera traducción fiel al tono, tratando de atenerse a algún esquema de metro y rima cercano (no necesariamente idéntico) al original, y luego componer una versión más "actual", o más juguetona. Veáse en este segundo caso como la reducción al octosílabo sumada a la construcción del primer verso nos lleva de inmediato al Martín Fierro.
Copio acá mis dos intentos, entonces, y antes el poema original, el que nos acompaña desde siempre.

In My Craft or Sullen Art

In my craft or sullen art
Exercised in the still night
When only the moon rages
And the lovers lie abed
With all their griefs in their arms,
I labour by singing light
Not for ambition or bread
Or the strut and trade of charms
On the ivory stages
But for the common wages
of their most secret heart.

Not for the proud man apart
From the raging moon I write
On these spindrift pages
Nor for the towering dead
With their nightingales and psalms
But for the lovers, their arms
Round the griefs of the ages,
Who pay no praise or wages
Nor heed my craft or art.

En este oficio o taciturno arte

En este oficio o taciturno arte
que en la calma de la noche ejerzo
cuando sólo la luna se enfurece
y los amantes yacen acostados
abrazando entre ambos sus dolores,
en la luz cantarina yo me esfuerzo
no porque la ambición me haya tomado
ni por estar ávido de honores
sobre los ebúrneos escenarios
sino por el más básico salario
que su secreto corazón imparte.

No para el orgulloso que se aparte
de la luna furiosa son los versos
que en estas páginas de espuma crecen
ni para los muertos encumbrados
con sus salmos y sus ruiseñores
sino para los antiguos dolores
que los amantes abrazan, solitarios
sin impartir elogio ni salario
a mi oficio o taciturno arte.

En este arte solitario

En este arte solitario
que ejerzo en forma constante
mientras duermen los amantes
abrazados al dolor
y la luna se arrebata,
acá bajo el velador
trabajo, no por la plata
ni por salir en el diario
ni por mera vanidad:
es sólo su intimidad
mi pretendido salario.

No para el autoritario
que la luna desbarata
es mi escritura insensata
ni para ese gran señor
muerto con todo esplendor
sino por el centenario
abrazo de los amantes
que se mantienen distantes
de mi arte solitario. 

29 de abril de 2015

8 de abril de 2015

Ésta soy yo contenta



y extrañamente con las uñas sin pintar. El libro lo editó Limonero, las ilustraciones son de Carlos Junowicz y pronto, en mayo, andará por las librerías. Si quieren leer algo (elogioso, claro, pero además preciosamente escrito) sobre Eso no se hace les recomiendo esta reseña de Germán Machado en su blog Garabatos y Ringorrangos.

30 de marzo de 2015

Pequeño y amoroso adelanto

del libro de M. John Harrison que saldrá por Edhasa cuando yo tenga a bien terminar de una vez de traducirlo y entregarlo. Al final viene una serie de textos cortos y autobiográficos y algunos son deliciosos (a mi juicio, al menos) como éste que copio:

un lugar oscuro & tenso

Al mediodía voy & vengo por Church Street, una calle no muy animada en este horario. Voy & vengo mirando las vidrieras hasta que llego al Rose & Crown, en la esquina de Albion Road. Tres o cuatro pasos más adelante una mujer joven intenta abrir puerta tras puerta, pero todo está cerrado. Los negocios de ropa, las jugueterías, las librerías, los negocios esos que tienen solamente cosas con lindo diseño. Nadie le quiere vender nada. Ella no puede entenderlo. Una o dos veces intercambiamos miradas & nos encogemos de hombros. Como si dijéramos: Qué se le va a hacer. ¿Es en Londres que estamos? Y allí termina la conversación sin palabras puesto que tenemos tan poco en común. Es agradable que el Rose & Crown esté vacío, sólo un par de viejos de barba blanca que toman cerveza & alguien que pide un whisky con Coca en la barra interminable ahí donde empieza a internarse en las sombras & en las listas de vinos escritas en tiza. Me tomo una Becks; un paquete de papas fritas, cheddar irlandés sabor a chutney de cebolla. Aunque los ingredientes no rocen el queso ni el chutney ni Irlanda, estas cosas son una ficción agradable de la que todos podemos tener un poco. La palabra “sabor” está impresa en letras más chicas que el resto. Yo real & honestamente me conformo con eso, con la vista de Church Street, que apenas parece estar despierta & luce como una calle junto al mar. No lucía así la última vez que vine. Era un lugar oscuro & tenso & yo también estaba en bastante mal estado. En esa época no me conectaba mucho con las escenas en las que me encontraba. La única conexión que lograba era a través de una especie de terror. Creía que estaba embrujado: pero el embrujo era yo, & entender eso, con el tiempo, me enseñó muchísimo.

9 de marzo de 2015

La vez que vino Raymond

Ultramarine es un libro que me encantó once upon a time. La semana pasada volví a tomarlo entre mis brazos y en el taller de traducción trabajamos arduamente este poema. Acá mi versión (provisoria siempre), por allí y allá andan también las otras cuatro versiones.




El regalo

La nieve empezó a caer anoche tarde. Copos húmedos
pasando junto a las ventanas, nieve cubriendo
las claraboyas. Miramos un rato, sorprendidos
y felices. Contentos de estar ahí y no en otro lado.
Yo puse leña en la estufa. Ajusté el tiro.
Nos fuimos a la cama y cerré los ojos de inmediato.
Pero antes de dormirme, por alguna razón,
recordé la escena en Buenos Aires
en el aeropuerto, la noche que nos fuimos.
¡Qué inmóvil y desolado parecía el lugar!
Silencio total salvo por nuestros motores
cuando nos alejamos de la puerta de embarque
y carreteamos lento bajo una nieve suave.
Las ventanas de la terminal a oscuras.
Nadie a la vista, ni el personal de tierra. “Parece
que todo el lugar estuviera de duelo”, dijiste.

Abrí los ojos. Por cómo respirabas
dormías profundo. Te cubrí con un brazo
y pasé de Argentina a recordar un lugar
donde viví una vez, en Palo Alto. No hay nieve en Palo Alto.
Pero tenía una habitación y dos ventanas a la autopista Bayshore.
La heladera estaba al lado de la cama.
Si me deshidrataba en mitad de la noche
para saciar la sed no tenía más que estirarme
y abrir la puerta. La luz interna señalaba el camino
hasta la botella de agua fría. Había un calentador
eléctrico en el baño cerca del lavatorio.
Mientras me afeitaba, hervía el agua en la olla
sobre la placa junto al frasco de café.

Un día me senté en la cama, vestido y afeitado al ras,
con un café, posponiendo lo que había pensado hacer.
Por fin marqué el número de Jim Houston en Santa Cruz.
Y le pedí 75 dólares. Dijo que no tenía.
Su mujer se había ido a México por una semana.
Sencillamente no tenía. Se había quedado corto
ese mes. “Todo bien”, dije. “Lo entiendo”.
Y así era. Conversamos un poco
más, después cortamos. No tenía.
Me terminé el café, más o menos, justo cuando el avión
despegaba rumbo al anochecer.
Me di vuelta para mirar una vez más
las luces de Buenos Aires. Después cerré los ojos
para el largo viaje de regreso.

Esta mañana hay nieve por todas partes. Lo comentamos.
Me decís que no dormiste bien. Digo
que yo tampoco. Pasaste una noche pésima. “Yo igual”.
Tenemos una calma y una ternura extraordinarias
como si sintiéramos lo endeble que está el otro.
Como si supiéramos lo que el otro siente. No es así,
claro. Nunca sabemos. No interesa.
Es la ternura lo que a mí me importa. Es el regalo
esta mañana que me conmueve y me sostiene.

Como cada mañana.

12 de febrero de 2015

Retomando


22 de enero de 2015

Por el camino de M. John

Una oración sencilla y hermosa que me tocó en la traducción del día, y una torta muy simpática -- "torta Battenberg"-- que conocí también hoy y también gracias a la traducción:

"Ella adoraba los cafés, tal vez porque la vida que allí se desarrolla, aunque doméstica y cómoda, no te demanda nada: no hay nada de lo que tengas que participar." 





1 de enero de 2015

De vez en cuando la tradux / nos besa en la boca

Perdón pero tuve que venir corriendo a contar lo que acaba de pasarme mientras traducía el libro de M. John Harrison; justamente el cuento que dará nombre al libro ("Egnaro"). Es ese tipo de coincidencias que la traducción produce muy pero muy de vez en cuando; una magia forjada por la búsqueda perpetua. Casi creo que es la inmersión en esa neurosis traductiva la que lleva a esto, como un conjuro, una palabra mágica de consistencia lacaniana.
A ver si logro explicarlo sin tener que contar el cuento entero. Aunque debería contarlo, porque en verdad este cuento increíble se trata justamente de este tipo de "señales" que yo misma suelo ver en las coincidencias. Lo cual lo vuelve todo triplemente sobrecogedor.
Hace unas páginas aparece una chica malaya, moza de un restaurant chino. Quiere ofrecerles postre a los personajes y, con su acento, le sale "costa" en lugar de "custard". Los personajes tardan un rato en entender qué es "costa". Siguen unas líneas de juego y broma con ese "costa" que en verdad es "custard". Yo en principio, provisoriamente, reproduje con un juego entre "flá" y "flan".
Ahora el juego de palabras vuelve a aparecer aplicado a otra cosa. El terror del traductor. Va a haber que rever todo o fijarse si el juego original coincide de algún modo con este nuevo juego. En este caso el personaje menciona un lugar de veraneo llamado (en el original) "Costa Blanca" y a continuación hace alusión al ofrecimiento de la moza malaya. Bueno, paren, les fotografío el juego:


¿Cómo hago para unir el flan al juego sonoro con la costa? Entonces hago un primer tiroteo en Google, algo completamente absurdo como "playas veraneo fla". Es decir, un lugar de veraneo que tenga la sílaba "fla" en el nombre. Pero sabiendo que es bastante arduo, porque tiene que ser un lugar que los ingleses de clase no muy alta puedan llegar a considerar para ir de vacaciones. Sin embargo, todavía ni busqué dónde queda Costa Blanca.
Pues bien, mis queridos amigos. La primera opción en mi lista de azul sobre blanco es "Playa Flamenca". Sonoramente se prestaría al juego, pienso. Pero ¿dónde queda? Véanlo con sus propios ojitos:



  WHAT ARE THE FUCKING ODDS.

Y con esto me retiro, le escribo a Harrison y le digo que el misterio de Egnaro volvió a manifestarse durante su traducción al castellano.

26 de diciembre de 2014

No sé cuánto me guste Marianne Moore

De verdad; y tampoco la leí tanto. La cosa contenida me dificulta la empatía. Pero no cejo, porque me gusta su figura, y muchos de sus versos, y me gusta su nombre y quiero que me guste. 
Acá traduje uno, hace unos meses, pero no de los "difíciles". Hoy vamos a intentar otro en el taller de traducción. Si sale bien lo pongo.


Silencio

Mi padre solía decir:
“La gente superior nunca hace visitas largas,
ni pide que le muestren la tumba de Longfellow
o las flores de vidrio de Harvard.
Autosuficiente como el gato
–que con su presa se va a la intimidad,
la cola del ratón colgando de la boca–
disfruta a veces de la soledad
y puede quedarse sin palabras
ante palabras que la han deleitado.
El sentimiento más profundo se expresa con silencio;
no con silencio, sino con moderación”.
Y no era hipócrita cuando decía: “Haz de mi casa tu posada”.
La posadas no son residencias.

Silence
My father used to say,
"Superior people never make long visits,
have to be shown Longfellow's grave
nor the glass flowers at Harvard.
Self reliant like the cat --
that takes its prey to privacy,
the mouse's limp tail hanging like a shoelace from its mouth --
they sometimes enjoy solitude,
and can be robbed of speech
by speech which has delighted them.
The deepest feeling always shows itself in silence;
not in silence, but restraint."
Nor was he insincere in saying, "`Make my house your inn'."
Inns are not residences.