5 de septiembre de 2016

Su atención por favor


29 de agosto de 2016

Leído en territorio ajeno y móvil

Si escribiera ensayos intentaría alguno sobre la influencia que tiene la circunstancia sobre la recepción de lo leído. Hace poco puse por acá un poema de Patrizia Cavalli que me deslumbró cuando lo leí en un colectivo que avanzaba a velocidad por la avenida Córdoba. Siempre pienso que Jorge Teillier no se hubiera convertido de inmediato en uno de mis poetas más afines si no lo hubiera leído en un micro por cuya ventanilla iban pasando los paisajes del sur de Chile que aparecen o se sugieren en tantos de sus textos. A veces creo que lo que se lee en viaje (en distintos tipos de viajes) se lee distinto de lo que se lee en la quietud y la familiaridad de la casa o del bar de una. Y después ya queda esa impresión para siempre. Como en el caso de este poema de Nicole Sealy, que leí en el New Yorker viajando en un subte 3 desde Crown Heights hacia Manhattan. Para una semana más tarde descubrir que Nicole Sealy, a quien nunca había oído nombrar, vive, justamente, en Crown Heights. 
Lo traduzco:


Una violencia

Oís los alaridos de los gatos callejeros
peleando por las sobras lanzadas desde una ventana.
Suenan como niños que podrías haber tenido.
Si hubieras querido niños. Si tuvieras instinto maternal
te lo arrancarías de la panza para arrojarlo
desde las escaleras de incendios. Como si fuera la tenaz esquirla
ahora alojada en tu muñeca. No, lo ocultarías.
Sí, lo ocultarías en una mamushka estéril
que tenés desde chica. Su sonrisa
te recuerda a tu padre, que no sonríe.
Ni cree que seas suya. "Sos idéntica
a tu madre", dice, "que es idéntica a un fuego
de origen sospechoso". Un cuerpo, leí, puede aguantar
su quemazón enfermiza, su propio infierno, durante horas.
Es la mente. Es la mente que no puede.

1 de agosto de 2016

Inglesa, rara, como encendida

 Estos últimos tiempos estuve traduciendo a Claire-Louise Bennett; viviendo por lo tanto, un poco, en esa cabañita en algún lugar de Irlanda junto a esa voz que trata de reproducir los vaivenes mentales de una mujer contemporánea, sola, filosa, titubeante, potente, lingüísticamente consciente y viviendo en esa cabañita en algún lugar de Irlanda.
Éste que pongo a continuación es el segundo texto del libro, que se llama, en castellano, Estanque, y va a salir a fin de año por Eterna Cadencia. No se dejen asustar por los guiones con aire alrededor o la escasez de puntuación o los modismos repetidos: son parte del asunto. Ya van a ver. 


Mañana, mediodía y noche

A veces una banana va bien con el café. No tiene que estar demasiado madura: de hecho debería haber un claro resto de verde a lo largo del tallo; si no, olvídenlo. Aunque es cierto que es más fácil decirlo que hacerlo. Las manzanas pueden olvidarse, pero las bananas no; la verdad que no. De hecho no se toman para nada bien que se las olvide. Se marchitan, huelen a podrido y se ponen casi negras.
            Unas galletas de avena acompañan bien, de las gruesas. Las galletas de avena gruesas combinan especialmente bien con la banana, ya que estamos; y ya que estamos, la banana podría enfriarse un poco. Esto puede suceder, por supuesto, en la heladera durante la noche, dependiendo de cuán profético y resuelto sea uno en relación a sus vituallas matinales, o puede ser, y de hecho es mucho más deseable, que la ventana tenga un alféizar lindo y fresco donde siempre se ponga un bol especial para las frutas.
            Un alféizar ancho, espléndido, sin revestimiento de madera, sólo piedra enyesada, linda y fresca: el lugar perfecto para un bol. Incluso varios, varios bols. El alféizar es tan grande que entran tres bols de buen tamaño sin que luzca para nada recargado. Así que es muy agradable vaciar las alforjas y acomodar todo con cuidado en los bols sobre el alféizar. La berenjena, la calabaza, los espárragos y los tomatitos en rama quedan súper elegantes todos juntos y no sorprendería para nada que alguien sintiera el súbito impulso, en cualquier momento del día, de sentarse a intentar, con pincel y paleta, transmitir la exótica pátina de tan incontenible reunión de vegetales ilustres, ahí sobre el alféizar lindo y fresco.
            Las peras no son fáciles de combinar. Las peras deberían ser siempre pequeñas y estar dispuestas una contra otra en un bol para ellas solas y tal vez muy de vez en cuando incorporarse a un racimo de grosellas fresquísimas, que no habría que apoyar como un manto sobre la panza pecosa de la pera de arriba de todo, sino esparcir un poco más abajo de manera que algunas de las bayas escarlatas cuelguen y se deleiten entre los espacios que se van formando.
            Por cierto las bananas y las galletas de avena son un sustituto muy satisfactorio para esas mañanas en que de golpe pasa el momento del porridge. Si se escuchó hablar a un vecino o ya se doblaron las toallas el día está muy avanzado y el porridge, a esa altura, se sentirá vertical y opresivo, como un alimento del inframundo. Por lo tanto, es muy probable que un muñón de resentimiento hundido empiece a reavivarse con el primer bocado y probablemente rija, silencioso, el día entero. Hasta que por fin hacia las cuatro de la tarde pase a estar injusta pero inevitablemente ligado a alguien cercano, o más bien a un aspecto en particular de su conducta, un aspecto siempre irritante que puede aislarse y ampliarse sin dificultad y por lo tanto señalarse como la causa principal de esta premonitoria sensación de resentimiento, que ha estado incrementándose, inexplicablemente, todo el día, desde aquel primer bocado de porridge.
            Algún tipo de mermelada negra en el medio del porridge va muy bien, de hecho es
 muy vistosa. Y después unas almendras fileteadas. Pero cuidado, mucho cuidado con las almendras fileteadas; no son en absoluto aptas para los lúgubres o los pusilánimes y no se deben arrojar como papel picado. Por el contrario, las almendras fileteadas no deberían tocarse entre sí y hay que disponerlas de manera sencilla, como al costado de una pavlova, y de esa forma son muy lindas y totalmente inocuas. Pero sacudan un puñado de almendras fileteadas y verán que se parecen mucho a uñas desprendidas de una mano que acaba de ver la luz.
            ¡Mermelada negra y uñas blanqueadas hundiéndose de a poco en el estofado rezumante! Últimamente, de mañana, Ravel, varias veces seguidas, ha sido en verdad un muy lindo acompañamiento. Y así es cómo, por ahora, con pequeñas variaciones, comienza el día.
            Mis propias uñas por cierto están muy bien, la verdad que no sé si alguna vez estuvieron mejor. Si insisten les cuento que me las pinté en la cocina el miércoles pasado después del almuerzo, y el tono con el que me las pinté, ahí mismo en la cocina, se llama Niebla de montaña. Que es un muy buen nombre; resultó ser un nombre muy apropiado. Porque miren, el color natural de mi uña, tanto la parte blanca como la parte rosa, se sigue viendo apenas por debajo del esmalte, no está del todo tapado. Y a medida que pasa el tiempo el esmalte no se descascara, solamente va como gastándose en los bordes, entonces ahora, además de la parte blanca y la parte rosa, también se ve con claridad la suciedad debajo de las puntas. Ahí, a través de la niebla, que por supuesto es color brezo, puedo verme el polvo de carbón debajo de las uñas. Cuando no tengo las uñas pintadas toda esa tierra no produce ningún efecto más allá de hacérmelas lucir sucias y descuidadas, pero bajo el brillo debilitado de la Niebla de montaña se me ocurre otra cosa cuando observo mis manos. Parecen las manos de alguien muy encantador y fino, que han tenido que cavar para salir de algún sitio horrible, frío y húmedo donde nunca deberían haber caído. Y eso me divierte, me divierte en serio.
            De hecho no sería del todo injustificado sugerir que podría, en rasgos generales, tener el aspecto y en ocasiones irradiar la actitud de alguien que cultiva cosas. Es decir, podría, de vez en cuando, ser considerada terrena en su acepción más estrecha. Sin embargo lo cierto es que he propagado muy poco y poseo sólo una curiosidad cortés por los empeños hortícolas. No niego que en una maceta junto a mi puerta crece un perejil de color verde intenso pero yo no planté las semillas, para nada: simplemente lo compré ya crecido en un supermercado cercano, saqué la planta de su envase de plástico y metí su red compacta de raíces y tierra aquí, en la maceta junto a la puerta.
            Antes de eso, hace algunos años, cuando vivía cerca del canal, veía claramente desde la ventana de mi dormitorio un terrenito de lo más idílico, rodeado por los jardines traseros de las casas de la manzana, lo que lo volvía aislado y tentador. Parecía imposible llegar a ese jardín pero un día temprano perseguí a un gato que me llevó directo hasta ahí, tras lo cual se escabulló en el acto y me dejó acunando y plegando un chochín torturado. El pájaro había cantado encima de mi cabeza durante varias semanas al rayo del sol mientras yo escribía cartas por la mañana, así que fue lógico que pegara un grito cuando lo vi mudo y desfigurado sobre el musgo debajo del ligustro. Me enojé tanto que quise poner al gato en una sartén caliente y chamuscarle esa cola nauseabunda en una explosión de aceite. Te voy a freír, mierdita. Pero bueno. Estaba en ese jardín que no era de nadie o donde nadie mandaba y ahora que había ido una vez podría volver a ir, seguramente. Al menos así funcionaba cuando yo era chica, y no creo que esas cosas cambien mucho.
            Hice indagaciones solapadas como las que hacen los chicos pero lamentablemente al contrario de lo pasa con los chicos me escucharon con demasiada atención así que enseguida concebí un motivo honesto para querer saber quién era el dueño del terreno y si me permitía ir de vez en cuando. Seguro que sería un lugar excelente para cultivar cosas, dije y a pesar de no haber demostrado jamás entusiasmo alguno por la jardinería y a pesar de que declaré mi interés con bastante vaguedad mi propuesta fue tomada en serio y como resultó que el terreno era propiedad de la Iglesia Católica me indicaron una casa grande en la esquina donde residía el propio párroco. Esta situación no me la vi venir, para ser franca no tenía intenciones demasiado firmes. Creo que solo me gustó la idea de tener un lugar apartado adonde ir a pasar un rato, un jardín secreto, si se quiere. Y no debería haber dicho una sola palabra porque como de costumbre en el instante en que lo hice todo se volvió deforme y para nada lo que tenía en mente, y sin embargo había algo tan extraño y absurdo en la manera en que iba pasando todo que no pude evitar seguir adelante.
             Por suerte fue somero y no mencionó nada respecto de Dios, aunque pronunció la palabra generosidad con bastante énfasis, pero yo ni parpadeé. Dónde vives, dijo. Ahí en esa casa, dije, y señalé por la ventana una casa de enfrente. No miró en la dirección que marcaba mi dedo, le fue suficiente que pudiera quedarme donde estaba y al mismo tiempo señalar mi casa, de manera que aceptó. No recuerdo el interior de la casa del cura. Creo que el empapelado del pasillo puede haber sido verde salvia. Tal vez no pasé del pasillo. Tal vez me quedé parada en la puerta mirando el pasillo. Y después hacia abajo, al escalón de plástico. Sí, creo que tenía zapatillas, de hecho.
            Despejar una porción decente de terreno y dejarla lista para plantar papas fue una tarea dura y monótona sumado a lo cual el comienzo de la primavera tiende a ser bastante húmedo en esta zona y en efecto así fue aquel año. No comprendo del todo qué me llevó a extirpar toda esa maleza encrespada día tras día en el calor prematuro. Por momentos paraba y me quedaba muy quieta, preguntándome qué clase de ilusiones se había hecho mi mente, pero en general no podía recordarlo. Sin embargo, a pesar de mi propia confusión, por primera vez en mi vida adulta los otros sabían exactamente qué estaba haciendo. Para ellos era claro como el agua. Había vuelto con las herramientas y las había apoyado contra la pared de la casa y había entrado a lavarme las manos y sería evidente para cualquiera que me viera qué había estado haciendo ese día. Creo que durante aquel período la gente fue, a pesar de dos o tres incidentes específicos, notablemente más agradable conmigo.
            Como en la mayoría de las áreas mensurables de la vida, no demostré ningún tipo de ambición en tanto horticultora y elegí solamente cultivos de bajo mantenimiento. Papas, espinaca y habas. Eso fue todo. Eso me bastó. La gente me decía lo fácil que era plantar zapallitos, calabazas, zapallos, zanahorias, pero en realidad nada había cambiado: no es que de golpe me hubiera convertido en jardinera – y me molestaba que me hablaran como si así fuera. Las plantas estaban creciendo lo más bien cuando recibí una invitación para ir a una universidad muy ilustre al otro lado del charco a hablar sobre un tema en el que de verdad estaba muy interesada; aunque no necesariamente de modo meritorio. Es decir que mi interés era demasiado personal y no académico en un sentido estricto de manera que mi metodología sonaba nostálgica y mi perspectiva bastante cándida porque desconocía los marcos teóricos habituales que de todas formas me resultaban incomprensibles y en cambio entresacaba al azar de toda la historia de la literatura occidental con el objetivo de fortalecer mi argumento, que ahora no puedo recordar. Era algo en relación al amor. Sobre la brutalidad esencial del amor. Sobre esas almas adventicias que buscan deliberadamente el amor como agente primordial de la autoinmolación absoluta. Sí, así es. Trataba de demostrar que en toda la historia de la literatura es muy común que el amor sea descripto como un proceso envolvente de sufrimiento extático que por fin, misericordiosamente, nos anula y nos conduce hacia el olvido. Desmembrados y despachados. Algo así. Algo por el estilo. Estoy loca por ti. Estoy fuera de mí. Mi corazón está en llamas. Ardo. Ya no hay nada más que tú. Perdida, totalmente perdida. Ese tipo de cosas. Creo que no cayó muy bien.
            De hecho creo que lo consideraron muy poco sofisticado y recuerdo haberme sentido, pese a mi nuevo vestido de florcitas, súbitamente sombría, prácticamente gótica. En verdad, ahora que me pongo a pensarlo, creo que el punto central de mi razonamiento era sencillamente que el amor es en efecto una desintegración brutal y divina de la individualidad y que las representaciones artísticas que así lo entienden no son para nada infrecuentes o extravagantes y no tienen nada pero nada que ver con un intento de escandalizar al público. Resulta que la obra del dramaturgo que la conferencia supuestamente se dedicaba a repasar tenía una tremenda cantidad de violencia y en líneas generales dicha violencia había sido hasta el momento interpretada como una estrategia dramática concebida para escandalizar, cosa que de verdad yo no podría terminar de aceptar porque ¿qué puede tener de escandaloso la violencia? Como sea, debo confesar que con el objeto de establecer un lenguaje amoroso perenne que diera cuenta de la abominable emancipación que se produce a falta de otra hice en efecto referencia no solo a Safo, Séneca, Novalis, Roland Barthes, Denis de Rougement y el historiador holandés Johan Huizinga sino que también incluí letras de PJ Harvey y Nick Cave, con la intención un poco inapropiada de demostrar que la cosa nunca se detiene. Que el deseo de deshacerse irrevocablemente siempre será tan fuerte como el impulso de establecerse, si no más fuerte. As deep as ink and black, black as the deepest sea.
            Después, cuando la gente se paseaba y asentía en pequeños grupos, y yo consideraba de cuál de las varias salidas iba a hacer uso inmediato, uno de los peces gordos de la academia se me acercó a comentar mi trabajo. Por cierto esto pasó hace varios años – y no sé del todo por qué lo estoy contando acá dado que no me deja muy bien parada – como sea, no recuerdo con exactitud qué me dijo, pero fue tremendamente condescendiente y sí recuerdo con mucha pero mucha claridad haber pensado por qué no te caes. Por qué no te enredas en esos cables cerca de la pantalla de adelante cuando estás saliendo y por qué no te das la cabeza contra una punta bien filosa del escritorio donde me senté para leer esa epístola, oh, tan encantadora y te abres apenitas la cabeza como para que te salga un poco de sangre. Nada más un hilito de sangre para que parezcas no herido, solo estúpido y un poco dubitativo. Muchas gracias, dije. Y de pronto mi espalda se puso tan fría que deduje que el exterior debía estar justo ahí detrás; me di vuelta y caminé hacia él y muy pronto el terreno en efecto cambió. Había humedad y el estacionamiento estaba casi vacío y olía exclusivamente a trapo.
            También podría mencionar que estaba parando en lo de una chica que había conocido en Londres el año anterior. Era una académica muy talentosa y su capacidad de formular una opinión impactante en respuesta a algo que acababa de suceder o ser dicho nunca dejaba de impresionarme y desconcertarme. Cómo alguien era capaz de esgrimir ideas indefectiblemente bien formuladas y de rigor, tan rápido y en cualquier situación, me resultaba incomprensible. Vivía en una de esas casas en hilera con otros varios estudiantes de posgrado, uno de los cuales de hecho era un tipo, y más tarde, cuando mi amiga se fue a dormir, vino al living donde yo estaba sentada con un gran libro desparramado sobre el regazo y me puso una bolsa de agua caliente debajo de los dedos de los pies. Ahí no nos besamos, nos besamos después, unas semanas después. Primero volví a casa y después nos escribimos y después realmente necesitamos vernos. Así que volví, y ahí fue que nos besamos.
            Por cierto nada de eso tiene relación alguna con ahora. Por más prometedor que haya hecho sonar el encuentro con este hombre y la bolsa de agua caliente en verdad fue una aventura desafortunada y, lo cual es aun menos sorprendente, la inviabilidad de mi carrera académica adquirió finalmente una evidencia de carácter tan insidioso que un día salí de un comercio abriendo un paquete de cigarrillos y no fui a ningún lado durante una media hora. Resultó que mis recursos se habían secado por completo, los había desdeñado tanto tiempo que se habían secado por completo y por lo tanto había quedado paralizada, sin saber si doblar a la izquierda o ir para la derecha. Y la razón principal por la que me moví después de media hora fue que la gente no dejaba de acercárseme para preguntarme si el autobús ya había pasado. No sé, decía yo. No sé, volvía a decir. No sé. Entonces era como si retrocedieran y desaparecieran por completo y yo me quedara ahí parada absolutamente sola y sin objetivo – no creo haber experimentado desde entonces semejante sensación de redundancia fundamental. La inutilidad de todo aquello con lo que trataba de entretenerme era por fin absolutamente clara.
            ¡Pero las plantas de papa seguían creciendo! Viajé muchas veces a ver a mi novio optimista, y a las papas, la espinaca y las habas no les importó en lo más mínimo y a veces cuando estaba de viaje acostada en la cama a su lado sin poder dormir pensaba en las papas, la espinaca y las habas allá afuera en la oscuridad y extendía los dedos hacia el techo y las anhelaba mucho. Recordaba muy bien el suelo, lo oscuro que era y el olor que tenía – como si nunca antes hubiera sido removido, y el canal corría allí cerca, y encima siempre estaba la luna, y las arañas bajaban por un rato de sus telas y entraban, vacilantes, en contacto con los bordes quietos de las cosas. No nos llevábamos muy bien pero eso no tenía ninguna influencia sobre nuestro entendimiento sexual que era inmune y persuasivo y durante un tiempo volvió bastante irrelevante cualquier aspecto menguante de nuestro relación. Nos escribíamos cientos de correos electrónicos lascivos, y con esto quiero decir gráficos y obscenos. Era fantástico. Nunca antes lo había hecho, nunca había escrito nada lujurioso, era completamente nuevo para mí y debo decir que le encontré la vuelta enseguida. Ojalá los hubiera conservado, ojalá no me hubiera desequilibrado tanto cuando finalmente reconocimos que dieciocho meses era lo máximo que podíamos pretender de una relación basada casi por completo en una ávida fornicación y procedí a eliminar nuestra correspondencia completa, que para entonces llegaba a casi dos mil correos electrónicos. Es que nunca podré volver a escribir mensajes así – es decir que nunca podré volver a escribir mensajes así por primera vez. Y eso era en verdad lo que los hacía tan excitantes – usar el lenguaje de una manera en que nunca antes lo había usado, transcribir una zona tan íntima de mí que nunca antes había intentado exponer lingüísticamente. Era muy lindo debo decir de vez en cuando hacer una pausa en el rejunte de otro resumen académico sobre más o menos el mismo tema para poner por escrito, con tanta precisión, cómo y dónde me gustaría que me cogieran hasta la inconciencia.
            Claro que no era solo eso. Él venía a verme, y de hecho comimos algunas de las hortalizas que había cultivado y me dijo que estaban buenísimas, lo cual era cierto. Comíamos naranjas, también, muy seguido – de hecho comer naranjas españolas pasó a ser toda una cuestión. Es muy lindo comerlas, las naranjas, después de haber tenido sexo durante siglos. Disuelven el aire viciado y tienen un olor muy organizado, por lo que se reactiva una especie de estructura y pasa a ser perfectamente posible hacer un plan, como salir a comer a un lugar lindo.
            De todos modos, como dije, nada de esto tiene relación alguna con el ahora. No sé con qué tiene relación y por cierto tampoco sé muy bien en qué consiste el ahora. Puedo decir que estoy esperando que me entreguen dos tapices japoneses que compré en Francia a principio de año, pero hasta eso es incorrecto y bien podría presentar una impresión engañosa de mí, una impresión tal vez grandilocuente, como si fuera soberbia pero sutilmente rica y gobernara el exclusivo emporio de las estanterías exóticas y los recherché objets d'art. Castillos en el aire, me temo; lo cierto es que apenas pueden ser considerados tapices – son solo dos pedazos de tela vieja en dos marcos separados, negros con unas motas de dorado rosáceo, sin mucho más, en uno, que un par de manos, y en el otro un perfil bastante triste. Por lo que recuerdo de cuando los compré parecía que originalmente habían tenido muchas más puntadas y por lo tanto una imagen más completa y detallada pero por un motivo que no logro en absoluto descifrar la mayoría de las puntadas fueron retiradas. De todos modos todavía se distingue con cierto esfuerzo la marca de donde estuvieron, así como los ínfimos agujeritos, por donde el hilo de seda, presumiblemente, entró y salió con destreza de la tela. Supongo que acá adentro solo van a parecer dos fragmentos enmarcados de tela negra. Eso si alguna vez llegan, claro – el hombre que iba a traerlos me dijo a las siete en punto y son y media pasadas.
            Después de eso viví en una casa compartida donde tenía baño propio. No en suite, por cierto. No entiendo qué es toda esa cosa de los baños en suite. En mi opinión casi siempre son bastante deprimentes, y por lo general me parece mucho más lindo salir completamente de una habitación antes de entrar en otra. Sumado a lo cual no toleraba estar desnuda en mi habitación, hasta la idea de que mi habitación me viera desnuda me resultaba horrible, y al mismo tiempo tampoco toleraba estar vestida – vestirme me avergonzaba, me parecía patético e irrelevante, y desde ya nunca dejaba de pensar que los dedos que hacían pasar los botones por los agujeros serían los mismos dedos que después volverían a extraerlos. Cada vez más, ir a bañarme largamente al final del pasillo constituía mi único respiro – realmente no sé muy bien qué habría pasado si los dos cuartos hubieran sido contiguos. Al final pasaba ahí demasiado tiempo. Horas y horas, de hecho. Es que no sabía a qué otro lugar ir. De vez en cuando me sentaba en mi escritorio, pero todo eso había terminado. Así es, finalmente había tirado la toalla. No había funcionado. Dejé de hacer lo que en realidad no estaba haciendo y conseguí trabajo en una bicicletería lo que resultó de lo más afortunado porque al poco tiempo de haber empezado a trabajar ahí necesité con urgencia una bicicleta nueva. Tenía bicicleta pero necesitaba una nueva, diferente, con cambios, una que pudiera ir cuesta arriba, una que pudiera ir cuesta arriba y llevar las compras, una que se sintiera maciza y segura de noche por rutas sin iluminación, una que pudiera ir cuesta arriba.

La vi por primera vez a través del cerco de ligustro. Era verano y el ligustro estaba muy tupido y no se veía casi nada pero si se apartaban con cuidado las hojas, apenas un poquito, se veía perfectamente; pero había que tener cuidado con esas flores de colores que se extendían, como bailarinas en puntas de pie, por entre las ramas del ligustro. No puede ser, le dije a mi amiga. ¿Te parece que es? Retrocedí y quedé parada en el camino y miré colina abajo y después colina arriba. Debe ser, dije. No hay ninguna otra cosa. Es perfecta, dijo ella. No lo puedo creer, dije. Después las dos espiamos en silencio por el ligustro y supe que sin duda era.
            Los individuales si les soy sincera no me gustan demasiado pero parece que voy a tener que comprar algunos para poner debajo de los bols en el alféizar. Evidentemente la piedra se puso demasiado fría y tal vez un poco húmeda porque el otro día una naranja se echó a perder muy rápido y hoy veo que la berenjena desarrolló una pelusa húmeda con la forma y el color de una ostra. Tendría que bajar hasta la compostera, creo que lo estuve postergando. Me parece que perdí el interés, la verdad, se puso muy aburrido. El otro día alguien me dijo que de la suyo salían gusanos, y me sonó muy trascendental. Me gustan los gusanos y no tengo problema en agarrarlos, lo que no es común y por lo tanto me da una clara ventaja en ciertas situaciones porque significa que puedo arrojárselos a la gente si tengo ganas y eso siempre me pone de buen humor. Hay un bol de plástico azul en la cocina sobre la mesada donde junto sobras, cáscaras, saquitos de té, cortezas, tallos, hojas caídas, etc. para la compostera y la idea era usar un recipiente más bien chico para poder vaciarlo con frecuencia, de hecho todos los días, pero no lo hago. No lo hago y se amontona, se amontona todo y a veces, aunque no pasa tan seguido, vuelco todo en un recipiente más grande y prosigo.
            ¿Prosigo con qué? Bueno, para que sepan, siempre hay cosas que hacer – después de, en primer término, haber encendido el fuego. Hay que alimentar a los pájaros como mínimo una vez por día en este época del año. Y después de un rato hago la cama. Subo los escalones y reviso el buzón. Me gusta tomar un café antes que nada. A veces lo acompaño con una banana. A veces solo necesito eso. Y el bol azul se vacía, o no, en la compostera. Y el balde enlozado se lleva sin falta a un costado de la cabaña y se llena de carbón una y otra vez. Y como no hay escalón se mete todo acá adentro y no hay momento en que el piso no necesite una buena barrida. Y por supuesto siempre hay algo para doblar.
            Le mandé un mensaje de texto al hombre este, que está separado de una amiga muy querida, y le pregunté si se había quedado dormido – realmente no se me ocurrió qué otra cosa podía haberle pasado. Me respondió de inmediato diciendo que estaba en camino. Trajo una bolsa con leña proveniente de los árboles de su propio jardín y una botella de vino proveniente de la zona donde vive ahora la mujer – mi querida amiga– de la que se separó. El vino me era familiar y fue perturbador tomarlo acá, a esta hora, sin ella. Los marcos japoneses y sus placas traseras estaban dentro de una gran bolsa de algodón que apoyó contra la otomana debajo del espejo. No me acerqué a la bolsa y tal vez supuso que no me interesaba demasiado su contenido pero no quería mirar los tapices delante de él, quería estar sola, porque así no tendría que pensar algo para decir sobre ellos. Muchas veces, en circunstancias así, cuando se expresa una opinión por satisfacer a alguien que anda cerca, lo que se dice no es para nada evocador y en cuanto es dicho se elude algo intrínseco que más tarde no puede ser recuperado. De todas formas, no me molestaba esperar – esperar era un placer, de hecho. La expectativa, cuando tiene lugar, suele ponerme animada y expansiva, como si estuviera tal vez resucitando y afilando mis sentidos, preparándome para el objeto esperado: así es, el mundo es un lugar centelleante y fascinante cuando un misterio semirecordado empieza a estar a nuestro alcance. Se quedó una hora y conversamos sobre los tres hijos y sobre alquilar departamentos en el extranjero y los últimos sucesos de un amigo en común y de vez en cuando presentó posturas deliberadamente autocráticas con la intención de irritarme pero de hecho perdía el tiempo porque no había modo de ofenderme – al contrario, muchas de esas cosas me divertían, y tal vez mi actitud irreverente lo desconcertó; alguna gente prefiere hacerte enojar, parece. Tal vez mencionamos Navidad, no lo recuerdo. Incluso una vez que se fue no me acerqué directamente a la bolsa: llevé a la cocina su vaso vacío y el enfriador de vino, acomodé la leña que amablemente me había traído, colgué un abrigo; es que el vino vagabundeaba por mi sangre y no quería llegar a los cuadros aturdida y con la cabeza llena de ideas fantasiosas. Así que esperé un poco más, hasta reestablecer un clima más contenido, y después me acerqué a la bolsa y levanté los pesados marcos – concentrada e inmutable, como una experta.
            Hay seis flores chicas y media. Sus pétalos son chicos y en forma de corazón. Desparramados alrededor hay pétalos sueltos, esos no tienen forma de corazón y son un poco más oscuros, como si estuvieran cayendo más lejos. Un par de manos se eleva hacia las flores, solo el contorno de un par de manos y el borde de una manga de un kimono. Hay una cara, girada, que no mira en dirección a las manos, totalmente desvinculada de la actividad de las manos: la frente, los párpados pesados, los labios fruncidos y un aro. Todo esto ocurre solo en un área diagonal de la tela, el resto es negrura. Y está la misma cara en el segundo marco, donde hay incluso menos puntadas. Y mientras miro este perfil cabizbajo y las pocas líneas verticales que denotan, otra vez, la tela de un kimono pesado, me doy cuenta de que estaba muy equivocada. Nada fue deshecho; nunca hubo más que esto. Lo que vi, lo que todavía puedo ver si me paro lo suficientemente cerca, fue la idea –el plan – ¡claro! Quien los haya creado no retiró puntadas con la intención, como sospeché en un principio, de volver a empezar; sencillamente dejó de hacer lo que estaba haciendo. No se sintió obligado a completar el plan y por lo tanto no completó el plan. Solo esto, solo estos pocos detalles mostraban lo suficiente. Y de verdad debe haberlo sentido así y debe haber quedado muy satisfecho, ya que si no ¿por qué iba a poner estos dos fragmentos oscuros en unos marcos tan hermosos?
            Los puse sobre la repisa de la chimenea – puede decirse que se les dio un puesto de honor. Están cerca uno del otro pero no exactamente al lado: están relacionados, pero no son un par. Algunas personas no los notan en absoluto y otras se sienten intrigadas de inmediato, caso en el cual me meto en la cocina para que tengan la oportunidad de quedar completamente absortas sin sentirse obligadas a hablar de eso, lo que arruinaría todo. Sí, tal vez podría pararme en la cocina y vigilar desde ahí y quizá un día el corazón me salte hasta el paladar cuando sienta que alguien se va compenetrando cada vez más hasta que por fin me llama, con asombro y entusiasmo, y dice: "¡Mira! ¡Todo el tiempo estuvo sosteniendo una sombrilla!".
            Había tantas plantas ya florecidas cuando me mudé: glicinas, fucsias, rosas, laburnos y muchos otros tipos de árboles y arbustos en flor que no sé cómo se llaman – muchos de ellos silvestres – y todo en abundancia. El sol brillaba la mayoría de los días así que naturalmente pasaba la mayoría de los días afuera, entrando y saliendo silenciosamente durante todo el día, y el aire estaba repleto de zumbidos con tantas especies distintas de abejas y avispas, mariposas, libélulas y pájaros, y todos tan ocupados. Todo: cada planta, cada flor, cada pájaro, cada insecto en lo suyo. De mañana revoloteaba por mi cabaña sacando la vajilla del escurridor y organizándola en vivaces pilas a lo largo del alféizar, cortando duraznos y picando avellanas, plegando el edredón y alisando la sábana, regando plantas, limpiando espejos, barriendo pisos, lavando vidrios, doblando ropa, pasándole el trapo al marco de las ventanas, cortando tomates, picando cebolla de verdeo. Y más tarde, después del almuerzo, me llevaba una manta al bosquecito junto al camino y me recostaba bajo los árboles a escuchar cosas.
            Escuchaba un escarabajito que me cruzaba la frente bordeándome el nacimiento del pelo. Escuchaba una araña que venía por el pasto hacia la manta. Escuchaba un par de herrerillos pendencieros que se mecían a mis espaldas. Escuchaba las alas de la torcaza golpear entre las ramas medias de una haya cubierta de hiedra y los estorninos arriba en los cables, y las gaviotas y los vencejos mucho más alto todavía. Y cada sonido era un peldaño que me llevaba más y más arriba, y de esta forma me era posible llegar muy alto, trepar más allá de las nubes hacia una exuberancia aviar, donde no hay nada en absoluto salvo una luz continua y hectáreas de azul. Más tarde, hacia el anochecer, cuando refrescaba, me acurrucaba un poco más en mí misma y escuchaba cada vez menos hasta que, muy de a poco, regresaba a la noche y a la tierra. Y después pronto empezaba a tener mucho hambre así que me colgaba la manta sobre un hombro y volvía a subir hasta la cabaña para empezar con la cena. Que a menudo incluía habas, limones, tal vez un poco de espinaca y gran cantidad de nueces y queso feta.

            Picando.
            Mañana, mediodía y noche, al parecer.
            Cómo adoro picar.

Dentro de estas profundas paredes de piedra el sonido de un cuchillo grande golpeando contra una tabla de picar suele ser dulce y eufónico; como un canto arrullador me cautiva y me aplaca. Otra veces, en especial a la noche tarde, la reverberación entusiasta del filo es más accidentada e insistente y tengo que hacer un esfuerzo de coordinación para mantener la mirada hacia abajo y las manos firmes. Continúo guillotinando y reduzco metódicamente esta despampanante cosecha de solanáceas hasta que pierde el color. Picar, cortar todo en pedacitos, en una especie de estupor contraído, mañana, mediodía y noche; tratando de no prestarle atención a mi reflejo en el espejo. No puedo soportarlo – sobre todo no puedo soportar ver el reflejo de mi cintura, moviéndose para atrás y para adelante, ahí en el espejo a mi derecha – como si pudiera levantar vuelo cuando sé muy bien que no puede.

             

14 de junio de 2016

The silver

Como decía Jimmy Page en The Song Remains the Same: it is tomorrow.




21 de abril de 2016

De Hungría a su mesa

Pasando por el inglés, sí. Y bueno. Acá mi amoroso intento para la versión castellana.





19 de abril de 2016

El idioma puertorriqueño

Claro que fui con esa idea previa generalizada y purista en vano: que el castellano de Puerto Rico blá, que el inglés blá... Resultó que cualquiera que me hablara en Puerto Rico parecía celebrar conscientemente el castellano, y ahondarlo y expandirlo en múltiples direcciones. Me recitó un poema el cuidador de un estacionamiento junto a la cascada, y otro el vendedor de dulce de coco en la playa (él era dominicano pero puertorriqueño por adopción). España todavía resuena en el idioma puertorriqueño, y resuena, claro, el inglés, pero fagocitado, y el resultado para mí fue encantador. Todo esto es una impresión fugaz de siete días, sin ninguna base bibliográfica. Sin embargo, en el vuelo de vuelta leí a Juan Ramón Jiménez explayarse sobre el tema, sin duda con conocimiento real, ya que vivió muchos años en Puerto Rico. Y acordamos en todo. Y encima ¿no va y pone como ejemplo la palabra que yo había fotografiado días antes en el baño de la librería AC, de Santurce?




13 de abril de 2016

Patrizia: cinco más

Tenía la intención, después de éste, de seguir traduciendo sin parar a Cavalli. Pero vieron cómo es. Traduje sólo los que copio acá, y ni siquiera creo haber terminado de corregirlos. Los pongo igual: como para autoalentarme a seguir adelante.


Yo científicamente me pregunto
cómo es que fue creado mi cerebro
qué puedo hacer ahora con este error.
Finjo tener alma y pensamientos
para poder moverme entre los otros,
a veces hasta me parece amar
algunas caras y palabras, raras;
ser tocada querría poder tocar,
pero descubro que mis emociones
dependen de un temporal cercano.


¡Ay, dejá, silla, de ser así tan silla!
Y ustedes, libros, ¡no sean así de libros!
Como la ponés queda, la ropa abandonada.
Mucha materia, demasiada identidad.
Todos patrones de la propia forma.
Son. Son lo que son. Solitarios.
Y yo los veo uno por uno separados
y fija también yo hago de plazoleta
de estos objetos fijos, solos, congelados.
Se necesita mucha ternura espaciosa,
una prisa piadosa que mueva y que confunda
estas formas patrones siempre iguales, porque
no es cierto que se vuelve, no se vuelve
al vientre, se parte solamente,
se avanza hacia lo singular.


Un gato que duerme al mediodía
en la anchísima cama matrimonial
en un punto cualquiera, pero cómodo,
que se despierta a una hora cualquiera
porque cualquiera pasa y lo acaricia,
no se despierta del todo ni pregunta
quién lo acaricia, sino que se asoma
del sueño sólo un poco
para estirarse en dócil extensión
para que dure más esa caricia.
Tal vez así podría ser el amor.


La perfección del primer mal verdadero
no conoce licencias ni descanso.
Cobarde y maldita se aparece  
si leo un libro si miro por la ventana,
si veo amigos si hablo por teléfono
y sobre todo se aprovecha
del silencio de los días de fiesta.


Debo fingir vulgaridad y traición
para acomodarme en el sofá
para devolver miradas; explicando
los trece pliegues de un pensamiento
descifro la sagaz sentencia que se posa
sobre las palabras sentimentales que digo
que digo fingiendo también el amor
y en la ficción reconozco el punto perfecto
el único posible de la certeza.

4 de abril de 2016

Hay vacantes


30 de marzo de 2016

Bitácora de Puerto Rico: precuela




Borrosos pero felices: John Galán Casanova, la chica, Antonio José Ponte, José Antonio Mazzotti, Germán Carrasco y Alexis Díaz-Pimienta, que no leyó con nosotros pero nos deslumbró al día siguiente. Supongo que en la cámara estará el querido Luis Felipe Fabre. ¿Si no por qué no está en la foto? Ya pondré por acá poemas de todos ellos, ya van a ver.

Ah, y el director de lo que él mismo llamó "el circo latinoamericano": from Venezuela, París: Gustavo Guerrero.


Fui a Puerto Rico y necesito hablar de eso durante meses

Pero por ahora voy a dejar que hablen otros: acá Juan Ramón Jiménez y Mara Pastor
Variaciones sobre la imperfección.